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Javier Tomé - astorga
León

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Una de las imágenes más características y reconocibles de la ciudad se localiza en esta plaza nominada en homenaje al prelado don Julián de Diego y Alcolea, aquel hombre afable y cariñoso con el que Astorga mantiene eterna deuda. Antes de recordar la multitud de logros conseguidos por tan distinguido sacerdote, repasemos como es costumbre la estampa actual del céntrico enclave que lleva su nombre. A la plaza dan las calles de Enfermeras Mártires, la plaza de la Aduana, Lorenzo Segura, Marcelo Macías y Los Sitios, constituyendo un auténtico hervidero humano donde se guisan los mejores afanes cotidianos. Adornada con bancos, árboles y columnas de luz que muestran un diseño ultramoderno, esta zona de descanso y recreo acoge, entre su atractivo caserío, alguna casita que muestra la elegante solera de otros tiempos. A comienzos del siglo XXI se ha llevado a cabo un profundo proceso de remodelación y mejora en todo el entorno, que ha sacado a la luz algunas gratificantes sorpresas que servirán para arrojar luz sobre el rico pasado de nuestra ciudad. Allá por las Navidades del mítico año 2000, la arqueóloga municipal, Ángeles Sevillano, ya advertía sobre los restos que sin duda aparecerían al excavar en los números 5, 6 y 7 de la plaza Obispo Alcolea. Vestigios romanos Efectivamente, la siguiente primavera y en el solar de las conocidas como «casas de Miguélez» se encontraron vestigios de antiquísimas construcciones romanas e incluso algunos fragmentos de pinturas murales. En el verano de 2001 se cerró la plaza al tráfico, con las consiguientes molestias para los conductores, desapareciendo el quiosco de prensa y el emblemático roble aquí ubicado durante décadas, dentro de ese gran proceso de remodelación que ha cambiado la cara, y para mejor, al gran eje monumental astorgano. En el mes de abril de este mismo año y después de las excavaciones efectuadas en el número 11 de nuestro enclave protagonista se localizaron tres piletas de ladrillo que podrían corresponder a un hipocausto y restos de dos estancias romanas. Asimismo se hallaron cerámicas de los siglos XVIII y XIX, junto a monedas de distintas épocas. En definitiva, todo un pozo de sorpresas aparecido en esta ciudad donde, a cada paso, surgen las huellas de un glorioso pasado histórico y cultural. Estudiante «Meritissimus» Don Julián de Diego y Alcolea vino al mundo el 16 de febrero de 1859 en el pueblecito de Ontanares, provincia de Guadalajara y diócesis de Sigüenza. Siendo niño pasó a Mondoñedo al cuidado de sus tíos don Manuel y don Nicolás Alcolea, que eran respectivamente canónigo y beneficiado de aquella catedral. Allí se decantaría naturalmente por seguir la carrera eclesiástica, cursando Latín y Humanidades, tres años de Filosofía, seis de Sagrada Teología y tres de Derecho Canónico, obteniendo la calificación de Meritissimus. Asimismo, obtuvo en el instituto de Lugo el grado de Bachiller en Artes, y los de Bachiller, Licenciado y Doctor en Sagrada Teología y Licenciado en Derecho Canónico, conseguidos en el Seminario Central de Santiago de Compostela. Diócesis de Mondoñedo A los 19 años fue nombrado profesor de Latinidad en el Seminario Conciliar de Mondoñedo, siendo trasladado después a la cátedra de Lógica y Metafísica, y por último a las Instituciones Teológicas que desempeñó hasta 1889. Anteriormente don Julián había recibido el Sagrado Orden del presbiterado, con dispensa pontificia de edad, el 18 de diciembre de 1881. El año siguiente tomó parte en el concurso de curatos de la diócesis de Mondoñedo, logrando la censura suprema. En 1887 realizó una oposición a la Canonjía Lectoral de la catedral palentina, siéndole aprobados todos los ejercicios por unanimidad y obtenido votos. El día 14 de mayo de 1889 fue elegido canónigo magistral de Palencia, desempeñando en dicha diócesis el cargo de provisor y vicario general, hasta que en 1892 pasaría a ejercer el puesto de secretario de Cámara y Gobierno del Obispado de Madrid. Aquel mismo año fue nombrado, por la provincia y diócesis de Palencia, delegado en la importante Exposición Europea y en 1889 fue nombrado arcediano de Madrid por la misma reina de España. Aún llegaría más alto en su brillante carrera eclesiástica, tal como les contaremos la semana que viene.

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