El zoológico de puertas abiertas

Decenas de personas llevan a sus animales de compañía a la bendición de su patrón, en un acto organizado por la Cofradía de San Antón, como prólogo a su fiesta grande de hoy La hermanda

El momento de la bendición ante la iglesia de El Salvador resultó multitudinario, un año más

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Maite Almanza - la bañeza
León

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La bañezana cofradía de San Antón cumplió ayer una vez más con la tradición centenaria de rogar al patrón de los animales protección para las mascotas. Mientras la iglesia de El Salvador acogía una misa previa concelebrada, en la explanada frente al templo se iban concentrando decenas de niños y adultos acompañados por sus mejores amigos. Los perros y los gatos fueron los más madrugadores, y algunos de ellos se olisqueaban mutuamente en una primera toma de contacto. Mientras tanto, y ya finalizados los oficios, que incluyeron varias interpretaciones musicales por parte de Tista y Sara, el párroco de El Salvador, Arturo Cabo, invitó a la feligresía a pregonar en sucesivas ediciones de esta fiesta las glorias del santo, antes de presentar al trovador de este año, el concejal y diputado provincial Luis Pérez Rubio. El edil, como mandan los cánones, entonó un pregón en verso y en clave jocosa, en el que se lamentaba por la inaccesibilidad de las musas y recordaba otros pregoneros que en tamaña responsabilidad le habían sucedido. Por fin, ante sus compañeros de equipo José Miguel Palazuelo Martín, alcalde, y el también edil José Manuel Pérez Villar, expresó sus preferencias por continuar siendo servidor público, aunque esta labor provoque críticas y reprobación, en lugar de gozar la suerte del cerdo, que despierta la alabanza general pero disfruta una vida más bien efímera. Terminado el ripio, ante el templo comenzaron a desfilar, amén de los citados, tortugas, decenas de aves de especies diferentes, hamsters y hasta conejos, todos reclamando la bendición que los librará de sobresaltos en los próximos doce meses. Ésta fue extensiva también al cerdo, de unos doscientos kilos de peso según los propios hermanos, que la cofradía de San Antón sortearía minutos después, y que esperaba pacientemente en el interior de un carricoche. Después de la tradicional oración a quien debe interceder por todos los animales presentes, los párrocos comenzaron a repartir agua bendita entre las mascotas que, portadas en brazos de sus dueños o en jaulas, desfilaron en orden ante los sacerdotes. Alguno de los bichos interpretó aquel recorrido como un juego e intentó patear alegremente los pliegues de la sotana del cura, que soportó estoicamente la inesperada situación. Los niños se llevaron, junto a los mejores deseos para sus compañeros de juegos, una bolsa de golosinas como recuerdo, mientras los cofrades de San Antón contemplaban la estampa vestidos con sus capas pardas. La concentración se deshizo de forma paulatina, y los asistentes se dirigieron hasta la casa consistorial, en la que aguardaba una nueva cita organizada por la cofradía.

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