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Donde las fieras se vuelven compañía
Valdehuesa y Rucayo subsisten a la vera del Museo de la Fauna Salvaje, que recibió el premio de la Federación Española de Centros de Iniciativas Turísticas por original
Una de las excelentes vistas que ofrece el Museo de la Fauna Salvaje, afincado en Valdehuesa
La reciente concesión del máximo galardón turístico que se otorga en España por parte de la Federación Española de Centros de Iniciativas Turísticas (FECIT), al Museo de la Fauna Salvaje, en la persona de su fundador, el doctor Romero Nieto, nos ha llevado a considerar la zona en que está ubicado este singular museo, zona que recibe de una manera más directa el beneficio turístico que viene propiciando desde su apertura, por ahora hace un año, y su posterior inauguración oficial. El 14 de abril, presidida por el máximo responsable de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera. Como saben nuestros lectores, el museo está asentado en terrenos adscritos hoy al municipio de Boñar, pero que pertenecieron durante siglos al antiguo Concejo de Peñamián -después Vegamián- que perdió nada menos que siete pueblos anegados por las aguas del Embalse del Porma: Armada, Campillo, Ferreras, Lodares, Quintanilla, Vegamián y Utrero, que han pasado a la historia del moderno holocausto que obliga a los pueblos y sus moradores al sacrificio de la desaparición y diáspora obligada, en aras de un supuesto bien común. Pues bien, dos de los pueblos que se salvaron por los pelos -pues parte de su praderío bajo, quedó cubierto por las aguas -tienen hoy el privilegio de escoltar, en el más espectacular paisaje de la montaña leonesa al que se considera, sin duda alguna, el mejor museo faunístico del mundo de animales naturalizados, complementado convenientemente por sus asombrosas secciones de entomología y ornitología. Valdehuesa y Rucayo, dos pueblos que habían perdido las esperanzas de promoción integral por haber quedado arrinconados en una carretera de tercer orden sin salida posible con vehículos convencionales sin tener que volver sobre sus pasos hacia la carretera de Boñar a los Puertos de San Isidro o Tarna. De una antigua ermita Valdehuesa, que se encuentra en la cota de 1138 metros de altitud, está situado en un recoveco que hace el valle hacia la izquierda en su parte más baja -de ahí el nombre: «Vallis-Fosa»-, a orillas de un arroyo que baja de la Collada de Arintero pasando por un paraje conocido como «Santa Engracia», por haber albergado una antigua ermita bajo la advocación de esta santa.Camino de Rucayo, dejando atrás el Museo de la Fauna Salvaje nos encontramos con la desembocadura de un túnel que atraviesa el macizo montañoso que separa las cuencas del Curueño y Porma, que trasvasa las aguas de aquel río para alimentar las embalsadas en el Pantano de Vegamián, que puede alcanzar los 23 metros cúbicos por segundo, con un total de 100 millones al año, si fuese preciso este trasvase para regular ambos caudales. Llegó Valdehuesa, en sus horas más bajas, allá por la década de los ochenta, a quedar prácticamente deshabitado por el escasísimo reclamo que ofrecían sus casi nulas expectativas de supervivencia. Pero cuando en febrero del año 1996, el Presidente de la Diputación leonesa, José Antonio Díez y el doctor Eduardo Romero Nieto, firmaron el contrato de la que sería «la primera piedra» para el Museo de la Fauna Salvaje, despertó la zona de un letargo impuesto por la falta de iniciativas institucionales y, sobre todo, de la escasa conciencia localista de que la redención de la comarca descansa en la promoción turística. Valdehuesa despertaba con presteza al interpretar con nitidez aquellos clarines que le trasmitían el viejo lema de «levántate y anda». Hoy presume de ser uno de los puntos más visitados para degustar la sabrosa cocina montañesa y comparte ese tirón gastronómico con la elaborada cocina del propio Museo, que desde la atalaya de su esmerado restaurante «Nyala», ejercen de faro y guía para los amantes de la buena mesa. Valdehuesa supo remozar las caducas construcciones de sus antepasados restaurando armónicamente el conjunto de su caserío con un escrupuloso respeto a la nobleza de la piedra y la madera. Hasta la Edad Media La historia del otro pueblo de referencia, Rucayo, el antiguo «Río de Cayo», se remonta a los albores de la Edad Media. Pocos pueblos leoneses cuentan con una documentación tan abundante para no tener que recurrir a supuestas fundaciones ni leyendas adobadas. Cuatro escritos -del 5097 al 5140- se conservan en la catedral de León con expresa mención a diversos actos administrativos relacionados con el pueblo de Rucayo. Donaciones, cesiones, privilegios, ventas y trueques, hablan por sí solos de la densidad histórica de un lugar que a finales del siglo XVIII, en el censo de Floridablanca, viene definido de la siguiente manera: «Rucayo, con 158 habitantes, de los que son 89 solteros, 59 casados y 11 viudos; un cura, 29 hidalgos y 29 labradores de pan coger, siete pastores de la cabaña real tres jornaleros, cuando encuentran jornal». La importancia estratégica de Rucayo, en tiempos inestables, parece ser confirmada por las muestras que nos han dado hasta el momento actual. La primera de ellas se deduce de la presencia de una torre medieval, cuyas huellas aún pueden apreciarse en la llamada «Peñacastillo», muy cerca de la conocida por «Peña del Cuervo». La existencia de tal castillo, está más que avalada por el hecho de que las piedras sillares de sus ruinas fueron aprovechadas en 1817 para la construcción de la iglesia parroquial en el llamado Barrio de Arriba. La segunda de las muestras de referencia estratégica, nos la brinda el hecho de que durante la pasada Guerra Civil, en el vecino Pico de Mahons, se mantuvo un fuerte que primero fue controlado por los milicianos populares y más tarde por el ejército nacional, que dispuso de permanencia de tropas, hasta el fin de la contienda, para dominar el valle de Ferreras, así como el de los Argüellos en la otra vertiente de la zona.