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PEDRO V. ÁLVAREZ COLLAR
León

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POR DESGRACIA, hemos de insistir, ante la alarmante proliferación de nuevos incendios forestales en nuestro entorno más cercano, pues a los interminables focos existentes en Caboalles de Abajo, se suman otros nuevos en Villager, Caboalles de Arriba, de nuevos Caboalles de Abajo, Villarino, Matalavilla y Salentinos. Fuegos, en su mayoría provocados por el hombre con unas finalidades poco razonables, pues en su mayoría el efecto que consiguen no es otro que la destrucción sistemática de todo. Aunque desde la Junta se realizan declaraciones, acerca de que se están investigando las motivaciones de estos intencionados incendios, no podemos descartar ninguna de ellas, pues en muchos de estos, la cercanía con futuras explotaciones a cielo abierto dan pie a pensar cualquier cosa. Sea como fuere, aunque las labores de extinción no son todo lo rápidas que debieran de serlo, volvemos a recordar que de poco o nada sirve el dictar leyes como si fueran churros para contentar a alguien. Desde que entró en vigor el Real Decreto-Ley 11/2005, el 23 del pasado mes de julio hasta hoy, los incendios parecen haberse multiplicado de forma alarmante, sin que el citado decreto haya conseguido nada de nada. Pensamos, que la política a seguir no debería de estar basada en el castigo y la prohibición, sino en la educación-concienciación y en la prevención. Lo primero de todo es tratar de inculcar en el ciudadano una idea de respeto por el entorno que nos rodea, cosa que no se lleva a cabo desde ninguna de las administraciones que, tan solo se preocupan de recaudar nuestros impuestos y de sancionar de acuerdo a unas leyes, que en la mayoría de los casos están alejadas de la realidad cotidiana. Si desde los colegios se enseñara una asignatura que trata de la convivencia ciudadana, de la convivencia del hombre con el entorno que le rodea, sea este rural o urbano, cuando el niño llegase a hombre sabría algo al respecto, pero lo único que se enseña en estos días es a competir para ser el mejor en todo, imitando a héroes televisivos de pacotilla. Si a esto unimos una política de prevención, basada en la conservación del entorno, hemos de pensar que antaño en todos nuestros pueblos existía un aprovechamiento de nuestros bosques que hoy en día no se está llevando a cabo. La labor que hace apenas 30 años realizaban las veceras de cabras y ovejas en nuestros montes comiendo toda hierba y la maleza, debe de llevarse a cabo hoy por las brigadas que en el verano se dedican a las labores de extinción. El aprovechamiento y limpieza de nuestros bosques, sumado a una repoblación con elementos autóctonos, no utilizar árboles buscando una rentabilidad aún por demostrar, y unido a un sistema de accesos y cortafuegos bien realizado, dará lugar a unos montes en los que los incendios fortuitos no tendrán lugar y los otros, los provocados, esos hay que eliminar los motivos por los cuales se llevan a cabo. Si, por poner un ejemplo, en uno de nuestros montes está solicitada una explotación a cielo abierto y en el mismo se declare un incendio provocado este hecho debería dar lugar a que este permiso no se concediera bajo ningún pretexto. Quien dice un cielo abierto, podría decir una cantera, una urbanización o cualquier otro uso que pudiera llevarse a cabo. De esta forma muchos de los incendios provocados dejarían de existir. Lo dicho, si a una política de educación se une una política de concienciación y a estas otra conservación, posiblemente la extinción de los incendios sea, dentro de unos años, algo anecdótico. Pero claro, para ello deben de implicarse todas las administraciones, desde la pedanía más pequeña hasta los Ministerios de Medio Ambiente y Agricultura.

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