OPINIÓN
El halo divino que seduce a Cistierna
EL HUNDIMIENTO de parte de la calle La Ladera de Cistierna no hace más que sacar a la luz el tratamiento que desde hace muchos años se da a unas zonas con respecto a otras en materia de inversiones. Están las calles centrales o casco urbano donde las obras son constantes cada legislatura, donde el dinero invertido conlleva más protagonismo, más foto y más parafernalia. Donde el voto se puede volver más etéreo ante la efervescencia de los ojos pasajeros que con el tiempo preconizan si las cosas han cambiado o simplemente permanecen estáticas tras decisiones que se miden en euros volátiles. Por otro lado nos encontramos con las zonas o calles denominadas perífericas, algunas de las cuales muchos de nuestros dirigentes ni siquiera han visitado en su periodo de mandato divino por orden municipal, dado que el rango que otorga el sillón les ha hecho pasar de la esfera del pueblo llano a traspasar las alturas de la divinidad. Así, estas zonas son las menos atendidas y las más abandonadas. No se ven, están en la sombra cubiertas por la tela de «¿y qué calle es esa?». Pero lo más lamentable de todo es que haya una vivienda cuyas constantes grietas preocupan a sus inquilinos por el hundimiento de la calle y aún no hayan recibido la visita de los divinos de las alturas, de los que están por encima, aunque sólo sea para comprobar que la preocupación de esa familia es real y «aunque los divinos también tengan grietas».