Diario de León

| Entrevista | Angelines Baltasar |

«Michi me decía muchas veces que había venido a Astorga a morirse»

Compartió con la familia Panero once años de su vida, y guarda buenos recuerdos del matrimonio y, en especial, del hijo menor, al que confiesa que veía como a un hermano

Angelines Baltasar posa sentada en un banco de la plaza Mayor

Angelines Baltasar posa sentada en un banco de la plaza Mayor

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M. Almanza - astorga
León

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Aún dolida por la reacción social derivada de las películas anteriores sobre los Panero, confía en que esta cinta termine con el mito que pesa sobre la familia, para la que sólo tiene palabras de elogio. -¿Qué destacaría de Leopoldo Panero? -Era una bella persona, muy amigo de Luis Rosales, Dámaso Alonso, y muchos otros, que venían con frecuencia a comer o cenar a casa. No era afecto al régimen, le daban trabajo y él lo cumplía. No se metía en política. -¿Qué recuerdo le queda de Felicidad Blanc? -Era una buena señora, muy calladina. Ellos eran mis segundos padres. Estaban muy pendientes de mí. Yo vivía interna con ellos, y de lo que se dice nunca oí nada. -¿Qué imagen guarda de los tres hijos? -Michi era muy especial para mí, porque empecé a atenderlo cuando tenía cinco años. Era muy cariñoso. Él cuidó a su madre en toda la enfermedad. Para mí era como un hermano pequeño. Te aseguro que me ha costado una enfermedad enfrentarme a su muerte, entré en una depresión muy fuerte, y todavía no la he superado. Juan Luis siempre fue una pesadilla porque era mal estudiante, y estaba interno en un colegio. Después de la muerte del poeta los hermanos empezaron a tener peleas, cosas de chicos, y la madre me llamaba para que interviniera porque decía que le daba pena ser dura con ellos, porque no tenían padre, aunque sí los reprendía. -¿Cómo vivió el fallecimiento de Leopoldo Panero? -Mal, muy mal. No quisiera recordarlo. Llegó de las ferias de Astorga, era martes. Tenía 52 años. Dijo que se encontraba mal. El médico pensó que había sufrido una indigestión, cosa que él rechazó porque había comido poco. Se acostó. Los niños, ese día, no jugaron nada. Felicidad fue varias veces a ver cómo se encontraba, y la última no fue capaz de localizarle el pulso. Fue un momento trágico. El médico no estaba, y el practicante nos confirmó que había sufrido un infarto. Leopoldo María y Michi se metieron en el monte y no aparecían. Estaban como atontadines. A Leopoldo la muerte de su padre lo acabó de trastornar. Después empezó a tener problemas con drogas, y con la policía. La madre sufrió mucho, porque más tarde llegó el enfrentamiento entre los hermanos, y otros problemas. -¿Siguió teniendo contacto con la familia una vez que dejó el trabajo? -Sí, y estuve en Madrid buscando a Michi pero sin éxito. Después me llamó para pedirme que le buscara un sitio donde vivir en Astorga. Me pidió que lo atendiera. Eso nos permitió recuperar vivencias, y alguna vez me dijo que se arrepentía de haber hecho El desencanto. Él decía que había venido a Astorga a morirse, aunque yo le pedía que no pensara eso. -¿Cómo fueron esos meses? -No quería saber nada de hospitales. A veces me llamaba a la una de la mañana diciendo que se encontraba mal, yo me levantaba de la cama e iba a verlo, y luego volvía. Pero lo hacía sin cobrar, por cariño. ¿Cómo iba a cobrarle si él no tenía dinero? Yo cocinaba para él en mi casa y le llevaba la comida. Mi familia, mi marido Santiago, nunca me reprocharon nada. La noche antes de morir me pidió que le diera al alcalde todos sus apuntes, y yo le dije que le entregaría también sus libros, cuando la casa estuviera terminada, esa era su gran ilusión. ¿Cómo sabría que iba a fallecer a la mañana siguiente? Su muerte me supuso revivir todo el dolor del fallecimiento de su padre. Su hermano Leopoldo intuyó que algo le había pasado a Michi, se lo comentó al director del psiquiátrico. Cuando avisé a los familiares de que había muerto, no vino nadie.

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