CAPILLOS ARRIBA
La cena está servida
El equipo de montaje de la Hermandad de Santa Marta trasladó ayer el paso de la Sagrada Cena desde el CHF a la plaza de la catedral para la procesión de esta tarde.
Para ellos fue la última cena junto a su maestro, una velada sagrada que acabó con final trágico o feliz, según se mire. Dicen que eran trece, al menos así lo recoge la iconografía popular, pero en realidad había más invitados. De hecho es el convite más narrado de la historia, así que todos —de una u otra manera— hemos compartido mesa y mantel con Jesús como un discípulo más en alguna ocasión. Pasa como cuando llegas por primera vez a Nueva York y te topas de bruces con esa caterva de gigantes de acero y cristal. De pronto sientes que ya has caminado por sus avenidas, desayunando con diamantes en Tiffany —perrito caliente incluido— o de ruta por el Empire State a lomos de King Kong.
Fue en esa Última Cena donde el mismísimo hijo de Dios dejaría su mayor legado a los cristianos; la eucaristía. De ahí su importancia dentro de cualquier Semana Santa que se precie, sobre todo en la leonesa.
Es Jueves Santo. Al caer la noche los hermanos de Santa Marta volverán a procesionar uno de los Pasos con mayor solera de todo León, una de las grandes y enigmáticas obras de Víctor de los Ríos. Es por eso que me detengo a charlar un rato con Ana Isabel Sánchez —presidenta de la hermandad— y con Manuel Antonio Couso, uno de los miembros de la junta directiva.
Cuentan que cada uno de los apóstoles representados en la escena lleva el rostro de un personaje ilustre del León de aquella época. Todos excepto Judas, para el que nadie quiso prestar su cara. Quien esté libre de pecado... No puedo por menos que preguntarles por uno de los elementos clave de esa noche de autos; el Santo Grial. Un cáliz de vida eterna deseado por media humanidad a lo largo de los siglos que según las buenas lenguas descansa en el antiguo Reino. Es una pena, por cierto, que la otra media — a la que ni le va ni le viene esta reliquia— trabaje en las instituciones de esta santa ciudad. Luego diremos que nos lo roba Valladolid.
Me cuenta Ana Isabel que su intención es que el Cáliz de Doña Urraca procesione pronto en el Paso de la Sagrada Cena, o al menos su réplica. «Para mí sería un orgullo, porque lo considero nuestro cáliz», remarca. Han testado la posibilidad de incluirlo en la de esta noche, pero sin éxito. Quizá en 2016. Se sabe que los apóstoles bebieron vino y comieron pan. Pan que en este caso es real y se encarga de bendecirlo el obispo.
Todo el conjunto escultórico va montado sobre una carroza que hasta principios del siglo XXI se llevaba a rueda, con hermanos debajo, pero tras un incidente —se rompió el eje— decidieron incorporarle un motor. En sus faldas ya no hay papones de la hermandad sino un par de conductores. Otros datos curiosos tienen que ver con el día de su inauguración, el 1 de abril de 1950, cuando fue escoltado por la Guardia Civil y por hermanas vestidas de manolas, primera y única vez que lo han hecho mujeres.
En 1965 modifican la orientación de los personajes. En origen la posición era vertical, pero la visión de cara al espectador era mínima por lo que se dispone a procesionar horizontalmente. Hubo que colocar un nuevo chasis. En el 77 le colocaron fresos, dirección y nuevas cubiertas.
Tanto el trono como las figuras descansan el resto del año en el CHF. Ayer tocaba traslardo desde allí hasta la plaza de la Catedral, un proceso complejo, según comenta Couso, sobre todo por las grandes dimensiones del Paso. «En la procesión se coloca a lo ancho de la calle, pero durante el traslado —que se hace merced a una gran plataforma— va a lo largo». La ruta es siempre la misma, a través de calles amplias de la capital. Parten del CHF rumbo a La Corredera, Independencia, para desembocar en Santo Domingo, calle Ancha y finalmente dejarlo frente a la Pulchra. Hoy, cuando caiga la noche, la cena estará servida.