Diario de León
Un papón del Santo Sepulcro procesiona con su hijo en brazos en el cortejo Camino de la Luz. La tradición de Semana Santa pasa de padres a hijos como un legado.

Un papón del Santo Sepulcro procesiona con su hijo en brazos en el cortejo Camino de la Luz. La tradición de Semana Santa pasa de padres a hijos como un legado.

Publicado por
PABLO RIOJA BARROCAL
León

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Una de las grandes críticas que desde siempre le achacan a algunos papones es su doble moral cuando se trata de dar ejemplo dentro y fuera de la procesión. Ejemplo cristiano —dicen—. La verdad es que muchos comportamientos de quienes se ponen la túnica y el capillo durante la Semana Santa, en nada se asemejan luego a la del hombre —o la de la madre del hombre— por los que han sido capaces de pujar, tocar o simplemente procesionar. Muchos se escandalizan sí, e incluso en alguna que otra ocasión no les falta razón, pero si a la pecadora pública de las escrituras ese Cristo que hoy resucita no sólo no la juzgó, sino que le perdonó sus pecados, cuánto menos hará con cada uno de nosotros... Ya se sabe, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Y digo esto porque a lo largo de tantos años —mientras busco una mirada diferente de la Pasión por las calles leonesas— he llegado al convencimiento de que, en el fondo, este sentimiento de amor a un Cristo o hacia esta o aquella Virgen proviene de mucho más adentro de lo que el cuerpo carnal —corrupto y decadente él— es capaz de discernir.

Me llama la atención la cantidad de padres y madres que pujan por sus hijos pequeños en las diferentes procesiones de la provincia. Algunos les apuntan a una cofradía incluso antes de nacer y encargan su primera túnica cuando apenas gastan unos meses. Ahí están, juntos, transmitiendo a su manera una religiosidad que, tal y como pinta el panorama, no deja de ser admirable, pues, como me decía una vez un abad, «este tinglado será hipócrita e incoherente para muchos ciudadanos, pero no deja de ser un recuerdo de la Pasión de Jesús que sale a la calle y algún fruto dará, por pequeño que sea».

El viernes pasado, durante el descanso de la procesión de los Pasos —en la plaza Santo Martino— se fotografiaban junto al Nazareno tres generaciones de papones; abuelo, hijo y nieto. Y así, imagino que en todas las demás. «Este es mi legado», le decía el más mayor de los tres al pequeño. Cuando quiera darse cuenta, será él quien le diga lo mismo a sus hijos, nietos...

Pero es curioso, porque ocurre lo mismo con quienes se agolpan a derecha e izquierda en calles y plazas. Familias enteras se arman de paciencia y peregrinan de un lugar a otro con sus pequeños, guiados por las recomendaciones del programa de actos. Muchos de esos niños que aguardan pacientes y emocionados a que un papón —vete tú a saber qué pensarán que son esos hombres y mujeres con la cabeza tapada— le estreche la mano, pronto pasarán esas vivencias a la siguiente generación. Y así es como se forja el amor hacia algo que sientes tuyo, con sus imperfecciones sí, pero cargado de simbolismo.

Incluso en esa otra Semana Santa, la que se esconde entre bambalinas, pude cruzarme con los hijos de algunos montadores aprendiendo el oficio y echando un cable. Es la Semana Santa, nuestra semana.

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