La tradición pasa de padres a hijos en León, que vive y siente estos días como algo muy suyo. En la imagen, dos cofrades del Sacramentado se abrazan tras suspenderse la procesión. JESÚS F. SALVADORES

León

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Dicen que en esta vida quien tiene un buen padrino, tiene un tesoro. Que toda puerta, por grande que sea, puede abrirse de par en par. Cuentan que en esto de la Semana Santa están a la orden del día. Supongo que ni más ni menos que en el resto de ámbitos de una vida que tantas veces nos empeñamos en empequeñecer por culpa de la envidia. Todos, en el fondo, somos sabios del saber y genios sin lámpara. Mi padrino fue un papón a su manera, de esos que procesionaban sin túnica ni capillo cada Viernes de Dolores, escalera arriba y escalera abajo para que a los miembros de la corporación y al resto de representantes de las cofradías leonesas no les faltara un buen trago de vino y unos cacahuetes. De esos que, pese a ir con la cara descubierta, pasaban desapercibidos ante la muchedumbre.

Pocos como él sabían que en segunda fila las cosas se ven con más pasión, que la gloria se la llevaban los perdedores, que el mejor reconocimiento era cumplir con su cometido y marcharse a casa. Allí un buen cocido y algo de queso para el postre se antojaban suficientes. Nada como su Virgen del Mercado para aliviar las penas, ni el hombro de don Enrique para confesar sus pecados no siempre veniales. Mi padrino fue un papón de los que cada Domingo de Ramos madrugaba junto a su mujer para acudir en busca de la palma de la victoria. Luego, consciente de su particular credo, salía en procesión entonando el do de ‘Pechu’. De vez en cuando se le escapaba algún que otro exabrupto, un ¡Órdigas Dios! que lo hacía humano y divino al mismo tiempo.

No llegó a ponerse nunca bajo un brazo, ni nadie de su cofradía le propuso para seise. Lo más que le dejaron fue ser responsable de tarde en tarde. Mi padrino fue más de esconderle a la mano izquierda lo que hacía la derecha, de cortarse incluso un dedo para castigar a la soberbia. No era un santo, y ni falta que le hacía. No se perdió jamás un Sábado de Pascua. Él, junto a la vieja guardia, al lado de los auténticos papones, sonreía a la tristeza y, como mandan los cánones, gustaba de sentir la procesión por dentro.

Hubo un tiempo, al final de sus días, en que se empeñó en olvidar las malas pasadas, como dicen las buenas lenguas que suele hacer ese Cristo que estos días tanto se ve por las calles.

No lo sé, a lo mejor comprendió antes que el resto que para entrar por la puerta estrecha había que hacerse como un niño.

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Dicen que en esta vida quien tiene un buen padrino, tiene un tesoro. Que toda puerta, por grande que sea, puede abrirse de par en par. Mi padrino se empeñó en que aprendiera a formular, en hacerme comprender las matemáticas cuando todos me daban ya por perdido, quiso que mi sueño de ser periodista se tornase un poco más real, pero sobre todo, y junto a mi madrina, el mejor enchufe que se emperró en darme fue cumplir con su principal cometido; transmitirme la fe hasta el último día. Se marchó sin decir adiós hace hoy dos días, un Viernes de Dolores. A Tomás Notario Vera. Mi padrino.