La astilla que unos pocos veneran
La procesión de Minerva sacó ayer a la calle la reliquia incluida en el Lignum Crucis, como símbolo de la fe católica y como prueba de la veneración que siente la cofradía. | JESÚS F. SALVADORES
Una pequeña astilla. Ese fue el bendito regalo que el obispo Almarcha le hizo a finales de los años 50 a la Real Cofradía de Minerva y Veracruz. Insignificante presente para la mayoría de los mortales que sin embargo forma parte de una de las mayores reliquias de la cristiandad que aún hoy reposan en nuestro país; el Lignum Crucis del monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Santander. Localidad por cierto que en su día formó parte de la Diócesis de León y a la que el próximo mes de mayo —al menos por unas horas— regresará ese trozo que dicen que forma parte de la verdadera cruz de Jesucristo. Será previsiblemente en la Catedral donde los leoneses tengan la oportunidad de venerar la reliquia antes de que parta rumbo a Astorga.
Pero mientras llega, ayer mismo se paseó por la ciudad esa astilla que desde hace pocos años reposa en la iglesia de San Martín. Lo hizo a la vista de todos y sin que casi nadie se diese cuenta, como parte de la procesión de la Virgen de la Amargura, una madre doliente ante lo que está a punto de pasarle a su hijo. Un diminuto trozo al que muchos atribuyen curaciones milagrosas, conversiones y un sinfín de hechos extraordinarios más. Imposible de creer para los que nos ponemos bajo la piel de Santo Tomás, pero defendido a ultranza por algunos testigos cercanos. Supongo que la fe, que no se compra en ningún mercado de antigüedades, tiene la clave para entrar de lleno en el misterio. No, está claro, los milagros no son lo importante, ni tampoco si la reliquia es o no auténtica. Al final, lo que impacta es la capacidad que tiene para tocar el corazón de miles de personas en todo el mundo. Que incluso hasta el más incrédulo se acuerda de todos los santos cuando truena. Una vez más, los caminos del maestro se antojan inescrutables.
Recuerdo lo que me dijo hace años un sacerdote extremeño. Fue algo así como que Dios manda sus gracias a través de infinidad de medios y que depende de cada cual si hace uso de ellos o no. «Hay quienes acuden a misa, sin duda lo más efectivo y recomendable, luego los que le rezan a tal o cual santo, a sus vírgenes de turno, al ángel de la guarda, a las almas del purgatorio, los que veneran reliquias... La oración —inisistía el religioso— es le mejor vía para cambiar los planes de Dios. Así que cuantos más medios de intercesión se utilicen, mayores son las probabilidades de obtener su favor. Él, como buen padre, siempre escucha lo que le pedimos y lo tiene en cuenta, aunque muchas veces la respuesta sea no»...
Para los hermanos de Minerva, su pequeño trozo de la vera cruz es mucho más profundo, forma parte de su ADN. Cuestiones del destino o quizá divinas quisieron que fuese a parar a sus manos, que ellos la tuvieran a buen recaudo y que pronto le construyan un relicario —en forma de cruz como no podía ser menos— para que descanse allí. El tesoro aguarda para todos, depende de cada uno el uso que le quiera dar.