MARCIANO PÉREZ

Publicado por
PABLO RIOJA BARROCAL
León

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Una vez que el Viernes de Dolores culmina la interminable rampa de subida de esta montaña rusa cargada de emociones que es la Semana Santa, la simple inercia hará que los acontecimientos sobrevengan uno detrás de otro sin que el respetable tenga la calma suficiente para asimilar que el momento más esperado del año por muchos no es ya otra cosa que un vago recuerdo. Así lo vive al menos medio León, porque a la otra mitad se le atraganta eso de ver su ciudad sitiada por ejércitos de papones. No podía ser de otra manera en un país de extremos, de derechas e izquierdas, de ‘madrices’ y ‘barcelonas’ —bueno, este año más bien del Barcelona o de quien sea que se enfrente a él— de ‘dieguitos’ y ‘mafaldas’, de demonios de la guarda y ‘abeles’ quemando el Paraíso.

Son legiones los que estos días se escandalizan cuando ven a fulano de tal vestido impoluto con su túnica recién salida de la tintorería y sin más le sentencian a muerte —con lengua viperina— porque el resto del año no pisa la iglesia. Una hipocresía difícil de soportar para quienes no dudarían ni un segundo en pedir a Pilato que les soltase a Barrabás. Y, humanamente, no les falta razón, pero el que esté libre de pecado... Por eso el Cristo que ahora vaga por las calles jamás usó ni usará esa vara de medir. Una vez, un hermano de fila me explicó que la mayor parte de las críticas hacia la Semana de Pasión son justificadas, pero que quizá el amor, la devoción o la simple tradición heredada por vete tú a saber quién puede rescatar el alma de cualquiera. A lo mejor esa es su única tabla de salvación.

Más pronto que tarde —incluso los que ahora reclaman con vívida voz un ‘papódromo’— trataremos de cruzar una puerta que se antojará estrecha y difícil de encontrar. Hace tres años, mientras me convertía por un rato en papón de acera, escuché a un niño de unos diez años —calculo— preguntarle a su padre quién era ese hombre todo ensangrentado que colgaba de una cruz. Ahí supe que el proceso de desacralización de la Europa actual no tenía marcha atrás.

Así que sí, entiendo y respeto profundamente a todos y cada uno de los ciudadanos que no comparten ningún sentimiento de cariño hacia la Semana Santa, a los que directamente la borrarían del mapa, a aquellos que se les llevan los demonios en cuanto escuchan un acorde de más. Pero, aún así, siempre me vienen a la cabeza los que solo por ver a su imagen pasar purgan su alma con lágrimas, echan un rezo, se acuerdan de los suyos o simplemente sienten respeto. Solo por ellos, este ‘tinglao’ merece la pena.

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