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MARÍA DOLORES GARCÍA
León

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Sobre un círculo blanco; sobre un espacio tangible, la proyección de un ser intangible. No tenemos un rostro, ningún rasgo que lo individualice y sobre el que proyectar nuestro cálculo de apreciación, de afinidad, de conmiseración o empatía... No sabemos, pues, si llora, si ríe, si su rostro es apacible o desgraciado. Nada que nos una a él; ningún sentimiento. Nada. Y sin embargo nuestros sentidos sí aprecian que ocupa un espacio irreal, pero demarcado; que es una sombra horizontal que permanece en nuestra retina a modo de una alerta, de una señal que nos invitara a detenernos, a no pasar; a no pisotearla, por si acaso, por si ese espacio no nos perteneciera, tuviera vida y hasta pudiera ser real.

Puesto que vivimos regidos por señales de prohibición, de precaución, de sentidos obligatorios, de accesos y estacionamientos restringidos-¦. ésta se trataría de una más. Pero, entonces, ¿qué habría de quedar para lo que debería ser razonable; de nuestro comportamiento correcto, conforme a las responsabilidades adquiridas con nuestra propia vida y en consonancia con la de los demás que dependen o no de la nuestra?

Se me ocurre que bastaría una única palabra para explicar esta imagen: Respeto.

Respeto a cuanto ser ocupa

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-”comparta o no-” nuestro espacio vital.