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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Retrato de un hombre inmaduro

Luis Landero. Tusquets Editores, Barcelona, 2009. 234 pp.

No deja de ser arriesgado el planteamiento literario de Luis Landero en esta novela. En la habitación de un hospital, sin referencia espacial alguna, un hombre, «con sesenta ya corridos», narra a una mujer, de la que nada sabe el lector, lo que ha sido su vida. La dificultad aumenta cuando el narrador confiesa lo irrelevante de su trayectoria vital: «¿Le he dicho ya que mi vida, como tantas otras, carece de argumento?». Ésta es, a fin de cuentas, una de sus frecuentes confesiones, patente ya en el comienzo de la obra: «Al contrario, ése ha sido siempre el signo de mi vida: la intermitencia, la indefinición, la mala salud psíquica, las bruscas alucinaciones de la identidad. Eso que en otros tiempos se llamaban crisis espirituales» (p. 9).

Con estos precedentes, el desarrollo literario resulta delicado. Dada la vulgaridad de la trama vital (estamos ante el «retrato de un hombre inmaduro») la forma literaria ha de ser necesariamente muy expresiva. De lo contrario la narración corre el riesgo de languidecer. La maestría de Luis Landero salva el tono de la obra, pero no abundan los pasajes en los que el interés arrastre al lector, que ha de mostrarse compasivo con la vulgaridad del narrador, cuya confesión resulta difícilmente admisible: «A veces pienso que hay un poeta en mí, un poeta sin versos, y también un santo, un santo laico sin milagros-¦ Y algo, o quizá sólo la nostalgia, del niño que yo fui. Creo que de algún modo me quedé en el pasado, como el niño que se distrae en el camino para coger moras y pierde contacto con el grupo y se pierde en el bosque» (p. 154).

Todo lo narrado está interpretado desde esta condición del narrador, lo que explica que no rentabilice sus experiencias. A pesar de ser periodista, ninguno de los sucesos vividos se transforma en un pasaje literario apa sionante. Ni siquiera el trágico e inesperado encuentro con Cecilia, convertido en un mero accidente y del que el narrador ni es partícipe ni culpable. Con todo, hay una vocación frustrada en el narrador: «¿Sabe lo que me hubiera gustado ser a mí? (-¦). A mí lo que me hubiera gustado es ser pastor» (-¦). «Es decir, que me gustaría ser pastor sin ovejas» (p. 152). Eso explica que de entre los pasajes más bellos de la obra, se encuentre su evocación de campo, del mundo natural.

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El tono coloquial de lo narrado explica los titubeos del narrador, magníficamente captados por Luis Landero: «ya he vuelto a perder el hilo de la historia», advierte el narrador. Para evitar estas caídas de la comunicación, son abundantes en la obra los recursos relacionados con la función fática del lenguaje. Forman una estrategia que dota a lo narrado de un tono de frescura coloquial, máximo atractivo de la obra. No es ajeno a ello el narrador, que comenta reflexivo: «porque mi voz ha durado toda la noche, pero siempre ha sido más o menos la misma, ¿no es así? Una voz sin historia, como mi propia vida».