Diario de León
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GUILLERMO PÉREZ CASTAÑEDA

S on numerosos los escritores y también investigadores que en sus trabajos especulan sobre el lugar de nacimiento de tan distinguida señora, citando el lugar de Valencia de Don Juan como más que posible cuna de doña Ana Muñiz. Yo no lo dudo por los documentos que han llegado a mi poder, como espero poder demostrar a los lectores, así como la visita efectuada por Felipe III y los motivos que le llevaron a conocer a esta dama en su villa natal, hoy ciudad de Valencia de Don Juan.

Así comenta Miguel de Cervantes en su Don Quijote de la Mancha . Libro I, capítulo Sexto: «Luego que en la fogata, que en patio encendiera la ejecutiva y contundente voluntad del artimañoso licenciado Per Pérez habían ardido Las Sergas de Expandián , Don Olivante de Laura , Florismarte de Hircania , El Caballero de la Cruz y otros heroicos y compactos barraganes, llególe su turno e revisión a un libro pequeño escrito en prosa, salpicado de versos, de gentil parecer. Y una vez examinado, su merced el clérigo dictaminó con estas altas y memorables palabras: la Diana de Montemayor , soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de el agua encantada, y casi todos los versos mayores, y quédesele en hora buena la prosa y la honra de ser primero en semejantes libros».

Lo cierto es que no solamente La Diana fue el primer libro pastoril, sino también el más leído y famoso, encomiado y celebrado hasta el punto que el mismo Lope de Vega terció en la cuestión de los orígenes de la misteriosa y hermosa mujer que inspiró la novela de Montemayor, y en sus célebres párrafos, citados en La Dorotea . ¿Qué mayor riqueza para una mujer que verse eternizada? Porque la hermosura se acaba, y nadie que la viere en la ancianidad cree que la tuvo, así que los versos en su alabanza son eternos testigos que vivirán para siempre con su nombre. Así las cosas, la Diana de Montemayor fue una dama natural de Valencia de Don Juan, junto a León, y Esla su río y ella serán eternos por su pluma.

Los monarcas del siglo

De la fama de esta Diana o doña Ana, que ese es el verdadero nombre de la protagonista de la novela pastoril, da testimonio la anécdota de Faria y Sousa, recogida por Menéndez Pelayo en sus Orígenes... y por Rodríguez Marín en El Divino Herrera . Y es que haciendo noche en Valencia de Don Juan los monarcas Felipe III y su esposa, doña Margarita, el marqués de Las Navas les comentó que allí vivía la mujer que había amado Montemayor, que por entonces tenía alrededor de sesenta años. Los reyes quisieron conocerla, y la agasajaron y la regalaron magníficamente. Teniendo también otros motivos para su conducta, como explicaré.

La relación más directa con los monarcas del siglo la mantuvieron con Felipe III, cuando vino a tomar posesión de su canonjía en León. El 10 de enero de 1601 se había anunciado oficialmente el traslado de la corte a Valladolid. Al día siguiente, el rey salió de camino a su nueva residencia y el 15 lo hizo la reina, siendo recibidos con alegría por los vallisoletanos el 9 de febrero. Llevaba Felipe III un año viviendo en Valladolid con toda su corte y, parece ser, manifestó en diversas ocasiones su deseo de visitar León, ciudad que «había sido durante tantos años corte de reyes», y de paso quería tomar posesión del canonicato y prebenda que, por gracia pontificia, tenían otorgados los reyes en la catedral, desde que se concedió a Ramiro I en memoria de la batalla de Clavijo, cuando se rescató el miserable feudo de las cien doncellas que pagaba este reino al caudillo Almanzor.

A mediados del mes de enero de 1602 partió Felipe III de su palacio en Valladolid, acompañado del valido duque de Lerma, del marqués de Velada, del conde de Alba de Liste, del marqués de Cea, del conde de Orgaz, del marqués de las Navas, del conde de Nieva, de Diego Gómez de Sandoval, del Padre Maestro de Córdoba, su confesor, Juan de Guzmán, limosnero de la reina y patriarca de las Indias. De Valladolid se dirigieron al convento de Trianos, cerca de Sahagún, con el fin de dedicar unos días a la que, junto con los toros, era la afición favorita de Felipe III: la caza.

El día primero de febrero salió el obispo a recibir a su majestad, acompañado del canónigo don Pedro Álvarez Osorio y demás procuradores, quienes cabalgando en función de su antigüedad besaron la mano a sus majestades, cuyo séquito se instalaría en el convento de San Francisco. Su señoría el obispo se detuvo y, con el debido respeto y graves palabras, hizo una breve plática a los reyes, refiriendo algunos particulares favores y mercedes. Entre ellos, el ser su majestad canónigo de esta su iglesia de León, y al marqués de Astorga por la misma razón que hizo su santidad y gracia a favor de don Luis Osorio, señor de la Casa de Villalobos, y a sus sucesores que son los marqueses de Astorga, de otro canonicato en la dicha iglesia, por haber sido capitán general del ejército cristiano en aquella batalla ganada a los moros y haber defendido valerosísimamente su bandera y estandarte.

Don Francisco

Balencia Colodro

Les detallo esta ceremonia tan importante para demostrar que el marqués don Pedro Álvarez Osorio bien pudo tener gran influencia en la visita que hizo el monarca a Valencia de Don Juan. No hay que olvidar la comitiva que acompañaba al rey en sus jornadas de caza, y por la zona donde se practicaría serían el monte Belvis, el de Valderas, y los montes que circundan nuestra ciudad, muy aptos para las prácticas cinegéticas. Todos ellos cercanos a Valencia y pertenecientes, al menos en parte, al marquesado de don Pedro, siendo por aquellas fechas la nobleza de nuestra ciudad regidores de Valderas y las siete villas, en las personas que citaré según mis documentos.

Con motivo de unos derechos adquiridos por ser descendientes de regidores e hijosdalgos, y son varios los testigos que lo afirman, fundaron un Mayorazgo don Francisco Balencia Colodro y su mujer Doña Ana Muñiz, llamada La Diana, en la iglesia del Castillo Viejo. Otra capilla tenía este mayorazgo en la iglesia de los PP. Dominicos que había sido fundada por don Antonio Balencia Colodro, de quien la heredaron don Francisco Colodro y la Diana. Por cierto, aún se conserva el altar, llamado del Descendimiento, en la iglesia de los PP. Agustinos.

Es de destacar que el rey se hospedara en la casa hoy conocida como El Palacio, pues así lo afirma la tradición. Sabemos que don Pedro Valdés y Losada era en aquella época gobernador de la villa y condado, siendo propietario de la estancia llamada «Palacio» y casas colindantes del Ducado de Nájera. Estas personas pertenecían a la nobleza de la Valencia de Don Juan, como queda dicho, por lo que siendo regidores y alcaldes de su marquesado, don Pedro les invitaría a cazar en sus posesiones, teniendo en cuenta que la citada doña Ana pertenecía a este círculo de la nobleza. Pasó el mayorazgo de la Casa Muñiz a los Zárate, de la que son descendientes don Pedro Ortiz de Zárate, casado con doña Ana Pérez Osorio, don Juan Bautista de Zárate, casado con doña María Ribera, don Fernando de Zárate, con doña María Muñiz, y don Francisco de Zárate.

Don Pedro Ortiz de Zárate había sido nombrado alcalde mayor de la comarca de La Cepeda y treinta y dos lugares de su jurisdicción por los marqueses de Astorga, y don Juan Bautista de Zárate fue corregidor de Valderas y las siete villas, por el dicho marqués de Astorga. Ostentando el marquesado don Álvaro Pérez Osorio se otorgó en fuero perpetuo el lugar de Villaornate, una de las siete villas de Valderas, al monasterio de los PP. Dominicos de nuestra villa. Les comento esta lectura porque, por estas fechas y siendo superior fray Rodrigo de la Fuente del monasterio de los PP. Dominicos, tenían una capellanía en su altar don Francisco Balencia y su esposa, la célebre Ana Muñiz. Contaba también la familia con numerosa hacienda en Villaornate y les pertenecía igualmente el Señorío de Albires.

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