Qué pájaros serán memoria
Los fuegos obligados
Ramón Cote Baraibar. XXIII Premio Unicaja de Poesía. Ed. Visor, Madrid, 2009. 88 pp.
Cuando en 2003 leí Colección privada , Ramón Cote Baraibar (Colombia, 1963) se convirtió en uno de los poetas a los que ya no iba a renunciar. Construía allí con palabras su museo particular y articulaba poéticamente toda la compleja problemática de la relación interartística. Reaparece el poeta colombiano con Los fuegos obligados en su línea introspectiva, de palabra mesurada y tensa, precisa y comedida, de emocionada contención y melancólicas resonancias. Porque tiempo y memoria dan pábulo a los poemas: la memoria «desangrándose» y el tiempo imponiendo sus renuncias. «Qué pájaros serán memoria» es el estribillo del poema inicial: una versión actualizada del ubi sunt? , la interrogación sin respuesta de una de las labores de la memoria, la de la selección: nada sabemos hoy de lo que en un mañana recordaremos, nada de «este presente que mañana será pasado». De este modo, a la poesía de la memoria le queda una función: atestiguar las pérdidas. La palabra poética tiende a plasmar lo que ya se ha perdido, lo que ya no existe, fijándolo a un objeto real o simbólico «para recuperar algo de ese que fui». Acaso por esa necesidad de agarrarse a algo material, el poeta precisa tiempos y lugares: «la ciudad a finales de mayo», «la luna de septiembre», «un jardín con magnolias», etc. No es mero recuerdo lo que el poeta traslada a su poesía, sino la indagación en el mismo para darle sentido. La poesía servirá, entre otras cosas, «para tenderle una trampa al tiempo y creer encarnar en la momentánea resurrección de las palabras».
Después la vida propiciará reapariciones, reencuentros con una ciudad (Madrid, donde el poeta estudió Arte en la Complutense) o una persona («Encuentro en octubre») o cualquier cosa que alimente la «Nociva nostalgia», porque esta es, a mi parecer, reconcomio interior y pena paralizante. No es lo único nocivo: el mismo «infructuoso ejercicio / de rescate» al que uno puede entregarse no hará más que cavar en sí mismo como en un pozo, el pozo del vacío, de «ese vacío que lleva tan adentro». Tal vez por eso reconviene: «Cuida que este cielo te arda para siempre en la memoria» para aliviar las heridas del vivir.
«La memoria inicia una persecución / que siempre acaba en renuncia». La ventana es el marco de esa caza en una parte del poemario, la ventana que recorta un trozo de mundo desde «su lejana transparencia», desde su fugacidad, desde su efímera presencia. ¿Qué poeta de hoy no expresa su entendimiento de la poesía? También lo hace Cote Baraibar: el poeta, como el pájaro, vigila su presa, vuela en torno a ella, pero sabe que no la va a poseer porque la palabra nombra pérdidas, nunca apresa el objeto, sólo lo representa; en todo caso, siempre vigilante, espera acoger las grietas de la realidad, «el momentáneo / descuido de las cosas» para ingresar en sus quebraduras, comprenderlas en su ser esencial y hacerlas arder en las palabras, esa «dulce tiranía que da alas».