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MARTA PRIETO SARRO
León

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Lejos de Toledo

Angel Wagenstein. Ed. Libros del Asteroide. Barcelona, 2010. 330 pp.

Es una delicia volver a tener en las manos una obra del casi nonagenario Ángel Wagenstein (Plóvdiv, Bulgaria, 1922) cuya producción literaria, desarrollada en los últimos 10 años, cuenta apenas con tres títulos que, sin embargo, han alcanzado un éxito extraordinario: El Pentateuco de Isaac , Adiós Shangai y Lejos de Toledo . Articulados las tres en torno a la situación de los judíos en Europa, Lejos de Toledo (segunda de las obras publicadas por el autor pero traducida al español en tercer lugar) retrocede en el tiempo hasta presentarnos la infancia del protagonista, Albert Cohen que, exiliado en Israel, retorna por razones profesionales unos días al lugar que le ha visto nacer: Plóvdiv. Así es como el lector se encuentra con la ciudad tracia en la que romanos, turcos o soviéticos han ido dejando su impronta y en la que se desarrolla la vida de un buen número de judíos sefarditas, entre ellos la de los abuelos de Cohen: la abuela Mazal y el abuelo Abraham, el Borrachón . Con la comunidad judía (que habla y canta en ladino) conviven, entre otros, armenios, gitanos, turcos, búlgaros o griegos, cada cual con sus peculiaridades y sus personajes genuinos hasta extremos extraordinarios. Pero el tiempo de la infancia de Albert Cohen ya es un tiempo de inicio de diáspora y el lector asistirá, como los protagonistas de la historia, al principio del fin: primero los gitanos, después los musulmanes, más tarde los judíos-¦; al desmembramiento del cuarteto inefable que forman el propio Abraham, el mulá de la comunidad islámica, el rabino de la judía y el pope ortodoxo, unidos por un insólito secreto.

Lejos de Toledo es un fantástico ejercicio de memoria y fabulación, una delicia literaria en la que de nuevo rezuman el humo fino y la ironía comedida de un Ángel Wagenstein extraordinario que nos regala párrafos y párrafos de historias geniales y que, además, nos recuerda que, en otro tiempo, también nuestras abuelas estaban al tanto de que no se les quemasen las « merendjenas » o las " peperizas " y nuestros abuelos les cantaban enamorados (a ellas o a otras): «acércate a la ventana, ay, ay, ay, palomba de la alma mía».

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