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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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El inseminador

de la margarita

Antonio Rodríguez Jiménez. Ed. El Páramo, Córdoba, 2009. 172 pp.

Escritor de una variada versatilidad creativa, Antonio Rodríguez Jiménez sorprende al lector con esta serie de relatos que encierran los más inesperados registros estéticos Probablemente, el que da título a la obra sea, a pesar de su contenido, uno de los más convencionales. Las ilustraciones, de diversos autores, reflejan curiosa y plásticamente, el tono inesperado y expresionista de muchos de los textos, en los que flota con frecuencia un cierto eco surrealista, un inesperado sentido del absurdo y un claro aprovechamiento de la hipérbole. No está ausente una visión esperpéntica. A todo ello hay que unir la originalidad expresiva que encierra la truculencia del bloque de «Animalario feroz».

Si hubiera que buscar un recurso que sirva de nexo común, el más claro es el de los desenlaces inesperados. En «El pie escayolado», por ejemplo, el lector descubre el origen sorprendente de una actividad estética y en «Una vida monótona y sin brillo» aflora una versión moderna del cazador cazado. El infundamentado hastío matrimonial se erige en tema de «La tarta», sin que falte un sentimiento de la esencia de la vulgaridad encarnado en el personaje de «Un hombre de hoy». La hipérbole es recurso seguido en diversos casos, como se observa en la inquietante narración de «La rata», o en la desaforada experiencia vivida en «La estopa de la condesa». Aparte de excelentes resultados con el uso de planeamientos metaliterarios, juegos premonitorios o alguna muestra de proclividad hacia la zoofilia-¦ el lector descubre cuentos de honda evocación, como es el caso de «Las campanas»; o con el intenso sentido de la ironía que ofrece «Almendras y aceitunas».

En esta crónica de la intrahistoria de lo vulgar, el amor no conduce casi nunca a resultados felices. Se observa en el desenlace de «El arcángel del puente», de una inverosimilitud angustiosa, o en el trágico final de «Las ventanas», consecuencia de un amor no confesado. Inimaginable resulta el proceso descrito en «El ombligo», alegoría casi de un retroceso hacia el origen de la semilla, hecho «contra natura». No falta la presencia de la muerte, simbolizada en esa dama negra que conduce al más allá, en este caso desde las arterias suburbanas.

Un apartado literario muy especial lo forman las narraciones incluidas en el citado «Animalario feroz». Son situaciones descoyuntadas e inverosímiles en las que la crueldad o el ataque zoológico acaban convertidos en expresivos elementos del absurdo, precisamente por la naturalidad con que las escenas aparecen descritas.

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Todo ello es buena prueba de que estamos ante un brillante y variado muestrario de los múltiples recursos de Antonio Rodríguez, excelente conocedor de los secretos de la creación.