Nadie en la nada
El espejo indolente de la pared del baño es el hilo umbilical que le aferra al mundo, que le hace presumirse vivo, humano, a la vez que le revela terriblemente desubicado y solo. La imagen que ese maldito espejo le devuelve, amorfa y lánguida, se hace impúdica evidencia de lo que parece ser un rostro de edad indeterminada, circunspecto, apesadumbrado, triste. Es la única certeza que le delata vivo. Un hombre incierto, sin nombre y sin memoria, en mitad de la nada, cuando la nada viaja sin rumbo y sin pasado, con la mirada perdida en la noche despiadada de lo ignoto.
-”Amnesia traumática-” le había oído decir al doctor el primer día en que empezó su despertar consciente, en un atisbo de perezosa lucidez. De eso hace ya cuatro semanas y se sigue preguntando quién demonios es él, qué hace en este hospital y por qué nadie ha venido todavía a interesarse por él y por su histeria.
Cada vez que se acerca con cautela al espejo buscando descubrirse, reconocerse, reinventarse acaso, y mesa con sus manos el rostro del extraño ser que la imagen le devuelve, se le pierde la mirada en la lejanía de lo próximo, porque no consigue ir más allá de esas cuatro semanas de insuficientes recuerdos y una colección de nebulosas le atiborran de dudas y le hieren.
¿Cuánto vale un hombre sin pasado? Bastante menos que un hombre sin futuro -”se responde-” porque el futuro es el hoy, y el hoy existe y seguirá existiendo para su palpable desgracia. Tan cierto como que esta insostenible existencia le está minando el cuerpo y destrozando el alma. El desconocer su pasado, el no saber de dónde viene le impide saber a dónde quiere, a dónde puede ir. La duda existencial le tiene colmado de vacío y roto. Extraño en este mundo de mundos extraños.
Reprime su fisiología natural hasta el espasmo. Brusco, increpa a las enfermeras cuando le urgen -”irritadas-” a visitar el baño; pero él se niega hasta que la naturaleza, tozuda, le obliga inexorable y le domeña. Abandonar el vacío de la cama para dirigirse, con pasos cortos y temerosos, hacia la asepsia del baño de esa anónima habitación de hospital, es un trago demasiado ácido para quien sólo recuerda cuatro semanas de su vida. Y todo por culpa de ese espejo delator y crítico. Si no fuese por él no existiría. Es el único ser que le hace tomar conciencia de su inconsciencia. Porque una vez dentro del baño, el espejo le mira, el extraño reflejado en él le mira, la soledad le mira; todos le miran. Pero él no les reconoce, no se reconoce, y les odia por ello hasta el límite de odiarse a sí mismo.
Estaría dispuesto a dejar de comer para no tener que volver a cruzar jamás ese umbral desde donde el espejo se le carcajea mudo, y con su vítreo silencio le demuele.
La primera semana, apenas retirado el vendaje que le atosigaba el cráneo, se la pasó interrogando fijamente por su yo al posesivo espejo. Cada vez que entraban las enfermeras a medicarle, o a tomarle la temperatura, o a comprobarle la vía salina, le encontraban parado ante él, husmeando en el abismo de sus dudas. Hurgando una vez más en el cajón vacío de sus recuerdos hueros. Nada a la vista. Todo era oscuridad en el arcón de su pasado.
Cada día de esta última semana, al alunar la noche en el silencio blanco del hospital, le parecía oír el siseo del espejo que desde su soberbia, callaba hierático, mientras simulaba esbozar una mueca de sonrisa sarcástica en respuesta a sus dos únicas e irresolubles preguntas: ¿Quién soy yo? y ¿Por qué estoy aquí?
Pero esta noche ya no pudo más, tanta incertidumbre le superaba y pensó que ya había llegado el momento. Hizo acopio del valor de los suicidas -”¡qué contrasentido!-”, su único recuerdo era el del retorno desde la muerte. Pero ni túnel blanco, ni sensación de placer liviano, ni recuerdos, nada; ¡maldita sea! ni recuerdos. No lograba entender por qué a él no le habían desfilado por la mente, como si de un montaje fotográfico se tratara, las escenas más habituales de su vida. Nada. El retorno de la muerte tan sólo le había servido para enterrarle en vida.
Colérico, pero calmo, se desem-
barazó con un suave ademán de la sábana y la colcha que le cubrían, se incorporó en la cama, deslizó los pies al unísono hacia las zapatillas que le aguardaban expectantes en la orfandad del suelo, se puso de pie, se abrochó el pijama con parsimonia, combó la espalda, deslizó la mano, a tientas, hasta el lugar donde le esperaba -”atónita-” la manivela de acero frío con que las enfermeras le posicionaban ante el horizonte del mundo, la tomó con firmeza y enfiló con decisión el camino del baño. Ya no había vuelta atrás, la decisión era irrevocable.
Abrió la puerta del baño con sigilo para no despertar al espejo, le enfrentó brazo en alto, encendió la luz de repente tratando de sorprenderle y darse la satisfacción de verle la enceguecida cara por última vez, antes de asestarle con aquella herramienta en zeta un mortífero golpe en su mitad, desde la más recóndita obsesión de su alma. Mil pedazos atestiguaron entonces la brillantez cortante del finado, mil caras anónimas que multiplicaban su horrendo vacío, mil lágrimas ciertas y estridentes.
Esbozó una sonrisa de satisfacción, dio media vuelta, trancó la puerta del baño y se acomodó en la cama. Ya no hay nadie que me reproche que exista -”pensó-” y estiró las piernas y suspiró tranquilo. Todo lo tranquilo que pueda estar un hombre que ignora -”por amnesia-” que son millones en el mundo las almas de los espejos que reflejan la realidad de la evidencia. Aunque ésta, ni siquiera nos reconforte de la hipocresía de nosotros mismos.