La quebrada de la niña
Adónde va la niña, color café con leche? A Yaritagua, a divertirse. Porque ella tiene derecho a pasárselo bien. Que los mayores la dejen en paz, y no se metan en lo que poco o nada les importa; bastante tienen con arreglar sus propios asuntos (lo que no siempre sucede).
Y su mamá hará muy bien en olvidar esa cantinela de que es aún muy joven, que ya irá cuando crezca un poco más. Lo mismo le decía antes. Y apuesta su cabellera de cola de caballo -la envidia de las muchachas en el pueblo-, que lo mismo le dirá dentro de uno, dos, tres años. Disco rayado. Es la misma música con la que le viene su tía, que no entiende nada de nada porque nunca ha salido de Guaraparo.
¡Guaraparo! Una docena de casuchas (chozas o chabolas se las podría llamar a lo sumo), y unos 60 habitantes. Todos son viejos o niños, porque los jóvenes se las piran en cuanto pueden. ¡Aquí se van a quedar; ni que fueran tontos!
Siquiera en Yaritagua hay vida. Y hay vida porque hay población, hay ambiente, hay tiendas donde comprar y una plaza donde bailar los días de fiesta. Hoy es fiesta allí, y por eso va. Desenvuelta que es, sangre caribeña que corre por sus venas..., ¡como para escapársele esta oportunidad!
Ha tenido que actuar con astucia para salirse con la suya. Les dijo a la mamá y a la tía que las vacas estaban an la propiedad del vecino. Y era verdad (lo que no les dijo fue que había sido ella quien urdió la maniobra). No podían tener bronca con aquel señor tan maluco. Marchaba ella a toda prisa a poner las cosas en orden.
Y claro que lo hizo. Pero ya estaba todo calculado para que, a continuación, se enrumbase campo a través hacia Yaritagua.
Campo a través para no ser vista y no dar que hablar, porque estos cuentos terminan por saberse en casa donde le pasarían la factura correspondiente. Y su papá, al regresar por la noche del cafetal donde trabaja, tal vez le diera unos buenos cuerazos, ¡Todo por ser hembrita! Sus dos hermanos mayores se han marchado del pueblo, viven a su antojo y nadie les dice nada.
Aunque no tenga 13 años, bien que se le notan ya los dos pechos. El trópico pone a una enseguida a valer. ¿Que le pesan poco las carnes? Pues así es como les gusta a los chicos. ¡Si lo sabrá ella! Porque estas cosas se saben. Y a ella también le gustan los chicos. Es lo natural, ¿no? Entonces, no hay que perderse ninguna fiesta que se ponga a tiro. Y luego que le quiten a una lo bailao.
Para el regreso ya montará una buena excusa a costa de las dos vaquitas, de cuya leche no pueden prescindir. Sólo sus tres hermanos pequeños toman un litro diario cada uno. Una vaca que se muera, es una desgracia familiar mayúscula.
Ella está ya harta de vacas. Y de gallinas. Y de cochinitos. Y del conuco. A ella que le den baile y fiesta. «La vida es pa-˜gosá », y esta frase es muy típica suya .
No es ninguna estúpida. Sabe estar en su sitio a cada momento. Pero a las mamás y a las tías todo se les hace que a las niñas las emboban con cuatro palabras bonitas, y ya las tienen los chicos en el bote. Y como se creen que por falta de años y de experiencia tienen la cabeza llena de pajaritos, pues se imaginan que pasará lo peor.
«No señor. Las cosas no son así. Al menos ahora; antes tal vez», se dice ella para sus adentros apresurando el paso. A ver si tiene suerte y le sale un novio que valga la pena. Sobre todo que la quiera mucho, muchísimo. Lo demás ya se arreglará poco a poco.
La zona por la que atraviesa ahora es conocida con el nombre de Las Mayas. Tierra mala, pedregosa. Por aquí pasa una torrentera, que en la época de lluvias -”como es ésta-” coge bastante caudal.
Ella no se asusta por tan poca cosa. Se descalza para vadear la corriente por entre las piedras de una quebrada. Abajo hay un remanso y, aunque el lugar es más propicio, se le mojaría el vestido. Ir más arriba sería perder un tiempo precioso, a lo que ella no está dispuesta (cuanto antes llegue mejor, porque tendrá más tiempo para divertirse). Piensa que en Yaritagua, allí en la plaza, ya la están esperando.
Sin embargo, la espera tiene lugar en su propia vivienda -unas cinco horas más tarde-, porque ella no ha hecho acto de presencia en toda la tarde y ya es de noche. Lo nunca sucedido. Algo ha tenido que pasarle.
Y tras un corre-”corre nervioso de casa en casa y por los alrededores del pueblo, se organiza espontáneamente la movilización popular en su búsqueda. Cuando estas cosas ocurren, ni el más maluc o se escaquea. Ya se sabe: «hoy por ti, mañana por mí».
Pues allí mismo, en la quebrada, la encontraron a la amanecida. ¿Resbalaría? ¿Un tropezón, y al caer se golpeó en la cabeza? ¿La fuerza de la corriente que pudo con su escasa resistencia?... Muchas preguntas y una sola realidad: su aventura terminó en tragedia.
Y las gentes de Guaraparo llaman desde entonces a este lugar «La Quebrada de la Niña».