Diario de León
Publicado por
JORGE DÍAZ
León

Creado:

Actualizado:

El cobrador le dio el dinero sin discutir más y seguimos. No hablábamos. Yo andaba asustado, tocaba continuamente la culata de la pistola metida en la cintura del pantalón con la camisa por fuera, como la llevaba siempre Adrián. Garcés caminaba serio, su mirada recorría la calle en todas las direcciones. Llevaba una pistolera y el arma debajo del brazo, en el sobaco, encima vestía una chaqueta fina. Me pareció que, para una situación como aquélla, era un buen compañero. Un gallego y un leonés haciendo de pistoleros por Río de Janeiro, menos mal que eso no era lo normal entre los gallegos y los leoneses que vivíamos en Brasil.

Al cobrador que tenía que estar en la rúa Constante Ramos no le encontramos en su sitio. Tampoco a los de la calle siguiente, la rúa Ba r Ëœ ao de Ipanema. Los cobradores de los puestos cinco y seis habían desaparecido.

-”Tenemos que avisar a Albino, Amaro ha retirado a la gente de por aquí.

-”Albino sabía que Amaro haría eso. No puede tenerlos mucho tiempo fuera, si no paga a los ganadores todos los bicheiros se le echan encima, ya volverán. Vamos a seguir recaudando.

Avanzaba la mañana, nos cruzábamos con gente que salía de casa a votar. Volví a acordarme de que ese día había elecciones en Brasil y de que me habría gustado votar por JK.

Encontramos a un cobrador que, asustado, nos dijo que le había dado el dinero a otro recaudador.

-”Dijo que venía en nombre de don Antonio. Le conocía de verlo con Amaro, pensé que se lo tenía que dar.

El siguiente que vimos estaba llegando al Arpoador, la zona que separa Ipanema de Copacabana. Lo vi desde la avenida Atlántica, parado en la entrada de la rúa Francisco de Sá. No le conocía de cuando era recaudador, podía ser nuevo pero-¦

-”Espera, Garcés, ese tipo no debía estar ahí. Su sitio es la acera de enfrente.

-”¿Seguro?

Garcés no esperó a que le contestara. Se echó la mano a la sobaquera y sacó su pistola. Yo también la empuñé.

-”Me lo voy a cargar. ¿Estás seguro?

Tragué saliva.

-”Sí, completamente.

El hombre aún no nos había visto cuando el disparo de Garcés lo tiró para atrás y dejó una gran mancha roja en la pared.

Aunque la calle estaba vacía, empezamos a escuchar ruidos y nos dispararon desde un coche sin darnos. Por lo menos no me equivoqué, aquel tipo estaba allí como parte de una trampa para pillarnos.

Se montó un tiroteo en el que no fue herido nadie más. En los tiroteos se mata poco para lo mucho que se dispara. Es por los nervios, se apunta de cualquier manera, o no se apunta. Garcés y yo salimos por la rúa Francisco Sá hasta Bulh o Ëœ es Carvalho y conseguimos escapar por la favela del Cantagalo, que estaba allí detrás.

Meternos en la favela nos salvó la vida, muchas veces me ha pasado lo mismo después. La gente de dentro, que escuchó los disparos, nos miraba, veía las pistolas y volvía la cara hacia otro lado. De cualquier forma, yo, que sabía cómo funcionaba una favela, era consciente de que la noticia de nuestra presencia estaría llegando a los que mandaran allí y teníamos que marcharnos deprisa. Dos blancos con dos pistolas no son bien recibidos en ninguna favela de Río.

Salimos por el otro lado de la favela, por Ipanema, a la rúa Saddock de Sá, y de allí fuimos al Jangadeiros, un bar muy conocido en la plaza General Osorio, era el lugar que meses antes ocupaba Marco el italiano, en la puerta tenía que haber estado un cobrador que no estaba.

Me quedé fuera, mirando a todas partes, con la pistola en el cinturón, tapada por la camisa que no la viera nadie, con la mano cerca de ella. Garcés entró al bar a llamar por teléfono y recibir órdenes de Albino.

Cuando Garcés volvió, me contó que teníamos que salir de allí y esperar a Albino en su apartamento de Botafogo, que las cosas no marchaban como debían. Adrián y Gerardo habían tenido también un encuentro con gente de Amaro. Adrián estaba bien pero Gerardo estaba herido, no le dijeron si era grave, si estaba vivo o no. Me preocupé por Albino, si nosotros estábamos a tiros con la gente de Amaro, qué le podía pasar a él que estaba con Amaro. Garcés rió.

-”Nada. Albino y Amaro están en la iglesia, con el viejo de cuerpo presente, dándose abrazos para que todo el mundo sepa que sienten mucho su muerte y que, de momento, nada ha cambiado.

F uimos a Botafogo dando un rodeo muy grande para no tener que atravesar Copacabana. Elena, la esposa de Albino, nos abrió la puerta y nos hizo pasar. Le pregunté a Garcés qué teníamos que hacer y me contestó que nada, sólo esperar.

No había dormido más de media hora aquella noche y no pude aguantar con los ojos abiertos, me quedé dormido, sentado, en la sala. Cuando me desperté me dolía el cuello por la postura y volví a recordar que era el día de las elecciones a la presidencia de Brasil. Aún quedaban unas cinco horas para que la gente acabara de votar. No había visto a nadie hacerlo, tenía que seguir imaginándome cómo era una urna sin haber visto ninguna.

Garcés estaba allí, leyendo el periódico. Me señaló unos bocadillos que había en un plato encima de la mesa.

-”Los ha dejado la mujer de Albino para ti. Hay cerveza en la cocina.

Mientras comía, Garcés me dijo que Elena había ido a casa de don Antonio y que estábamos los dos solos. Había conseguido hablar otra vez por teléfono con Albino, Adrián estaba bien, pero Gerardo había muerto. Teníamos que esperarle hasta que llegara.

-”¿Por qué estamos haciendo esto?

Me contestó que no sabía a qué me refería.

-”Esto. Gerardo ha muerto, nosotros hemos estado metidos en un tiroteo y no estamos muertos de milagro.

-”Alguien tiene que suceder a don Antonio.

No seguí hablando. Mi pregunta era qué más nos daba a nosotros quién sucediera a don Antonio. ¿Por qué teníamos que estar en el lado de Albino y no en el de Amaro? Para mí no había más opciones, Albino y yo éramos del mismo pueblo y no tenía más remedio que estar con él. ¿Y los demás?

-”¿Conocías a Gerardo hace mucho tiempo?

-”Cuatro o cinco años. ¿Por qué?

-”Los dos erais de León.

-”León es muy grande.

(De Los números del elefante ,

Jorge Díaz. Editorial Planeta,

Barcelona, 2009. 430 pp.)

tracking