Diario de León
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LOURDES ORTIZ
León

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Cuatro reconciliaciones en apenas cuatro años de matrimonio. Urraca, la reina loca, dicen muchos. Urraca títere, Urraca inconsciente, Urraca histérica-¦

Me cuesta reconstruir aquellos años y, sobre todo, es difícil reconstruir los sentimientos. Nunca Gelmírez y los demás perdonaron mi boda. Pero eso yo ya lo había previsto. ¿Qué sucedió entonces? ¿Por qué quien el día 19 de septiembre se convirtió en mi marido fue en seguida única causa de todos los males que habían de acaecerme? ¿Por qué vacilé y no acepté desde el principio los consejos de los que me incitaban a renunciar a mi matrimonio, para ocuparme tan sólo de consolidar un trono que muchos, aprovechando la inoportunidad de la boda, lucharon por hacer suyo?

Bernardo de Salvatat se apresuró a sacar a la luz el asunto del parentesco y comenzó a manejar la amenaza de excomunión: temblaba ante la perspectiva de que menguaran los privilegios de Cluny y ver al mismo tiempo ensalzados a aquellos caballeros que pretendían servir a Dios a lomos del caballo y con las armas en la mano. Por eso reaccionó con prontitud, enviando legados a Roma, donde contaba con el apoyo del Papa Pascual.

Gelmírez se sintió traicionado y, por primera vez en su vida, unió sus esfuerzos a los de Bernardo. Yo me encontraba aislada en la corte y todo parecía ponerse en contra mía. Sólo Ansúrez, Gómez González y el de Lara, seguían prestándome su apoyo; Pedro Froilaz, influido por el obispo, me volvió la espalda y a mí, ante la situación, sólo me quedaba un recurso: llamar a Alfonso a mi lado, para que me ayudase a consolidarme en el trono; pero Alfonso estaba ocupado en las fronteras y todo se aceleraba. Por eso decidí ser prudente y, antes de que la excomunión fuera un hecho, me ofrecí a firmar una tregua: a través de Gelmírez hice llegar al conde de Traba que estaba dispuesta a someterme a sus deseos y aceptar la decisión del Pontífice.

Y así lo hice y por el momento los ánimos se apaciguaron. Fueron meses de gran actividad y, tras mi entrevista con Pedro Froilaz, parecía que todo se enderezaba. Pero yo, en realidad, sólo buscaba tiempo: tiempo para engañar a Gelmírez, tiempo para calmar al de Salvatat, tiempo para comprar al legado pontificio, tiempo para que los ejércitos de Alfonso tomaran posiciones en tierras gallegas.

No sé cuáles eran las intenciones de Alfonso en aquel momento; sé, sin embargo, cuáles eran las mías: yo tenía que recuperar a mi hijo, quitárselo al de Traba, ya que mi hijo, Alfonso Raimúndez, era mi verdadero competidor, y sólo manteniéndole bajo mi control podía impedir que surgiera en torno suyo una reivindicación dinástica, que tendería a desplazarme. Por eso convoqué a Pedro Froilaz en León, pidiéndole que llevara al niño consigo: le aseguré que mi arrepentimiento era sincero y que estaba decidida a abjurar, cediendo la corona a mi hijo, una vez que hiciera renuncia pública de mis esponsales. Se trataba de montar una conmovedora ceremonia en la vieja corte, renunciando a mi esposo y a mi trono, para luego recluirme en un convento.

P edro Froilaz era un hombre tozudo, un hombre de guerra que había abandonado los modos de la corte para rodearse de un marco idílico de veneración a la tierra y a sus antiguos privilegios. Era de los de «al pan, pan y al vino, vino» y no entendía de demasiadas sutilezas; si yo era gallega y madre, mujer y soberana, parecía evidente que mis deberes y por tanto mis reacciones deberían seguir ese mismo orden; primero mi vinculación con el terruño, la heredad, lo más sagrado, y por esa ligazón debía inclinarme a anteponer -“como por otro lado hacía el propio don Pedro- los intereses de mi país gallego a los de todo el Imperio.

En segundo lugar era madre y, en tanto que tal, no podía traicionar a la «voz de la sangre» que me ligaba irremediablemente a mi hijo, y, en tercero, mujer y en este punto don Pedro no admitía matices. Mujer era para él síntoma de debilidad e inconsecuencia: en tanto que mujer había caído en la trampa tendida por Alfonso, pero también, en tanto que mujer, sería capaz de escuchar con sometimiento y respeto a hombres más versados que yo en los asuntos del reino.

Mi condición de soberana quedaba así postergada y aparecía como superpuesta, siempre que no entrara en contradicción con cualquiera de mis otros atributos. Pedro Froilaz era incapaz de atribuir más voluntad de mando a una mujer que la precisa para dirigir una hacienda o controlar las labores de la granja, y por eso, ante mis promesas, no vaciló en trasladarse a León, acompañado de mi hijo.

Me canso. Cada vez que la historia requiere un orden, una cronología, unos hechos, la pluma pesa y siento la nulidad de mi tarea. No son batallas lo que quiero contar.

El hermano Roberto ha estado conmigo toda la tarde y me incita con sus preguntas a detenerme en los detalles. Los nombres para él son símbolos de una historia de la que nunca fue protagonista, una historia que sufrió sin comprender, como la sufrieron todas las gentes de mis reinos. Nombres, cambios de humor: Ansúrez, Gelmírez, el de Traba-¦

-”Hubo guerras -”dice-”. Fue tiempo de hambre y guerra.

A él le dan lo mismo nuestras vacilaciones, nuestros cálculos: ni él ni los suyos supieron nunca, ni sabrán por qué de pronto los campos de Castilla, León y Galicia tuvieron que soportar el peso de las tropas y el saqueo, y la presencia molesta de los cadáveres, agostando el trigo. Pero se encandila con los nombres y prefiere la anécdota:

-”Don Pedro era comilón y lujurioso; cuentan.

Sí. Comilón y lujurioso y torpe. Pero eso no importa demasiado. Yo he tenido que tratar siempre con hombres como Pedro Froilaz y sólo ahora, cuando ha pasado el tiempo, puedo verles a él y a los demás bajo un prisma que se ilumina con tus preguntas. Entonces no, entonces él era tan sólo, como lo eran otros, un aliado o un enemigo, aquel que tenía que someter o neutralizar, el que tenía a mi hijo.

Para ti don Pedro tiene algo de sacamantecas y me cuentas versiones de sus hazañas que me devuelven a un don Pedro real, mucho más real que aquel que yo creí haber conocido. Una reina en el trono, ¿sabes, Roberto?, apenas tiene tiempo para los detalles. ¿Cómo iba a preocuparse de aldeanas violadas, de alegres fiestas de campesinos, montadas para colmar los desvaríos de un conde viejo y siempre insatisfecho? No hay derecho de pernada que pueda dar cuenta de los excesos de un viejo glotón y acostumbrado a salirse siempre con la suya.

-”Mi madre se santiguaba cuando tenía que nombrarle -”cuenta el monje-”. Dicen que cuando sus hombres se acercaban al pueblo, corrían a ocultarse todas las que en ese momento se hallaban embarazadas. Es un gusto raro, un gusto poco común-¦

Ese viejo, comilón y lujurioso, con sorprendentes debilidades que sólo tú, Roberto, ahora me descubres, era para mí el que controlaba a mi hijo. Fíjate, monje, si yo entonces hubiera tenido tiempo para detenerme a imaginar los gustos del conde, si alguien como tú me hubiera revelado sus puntos flacos, tu reina, ésta que ves aquí, se hubiera precipitado para buscar en las cortes a las que por su estado fueran regalo propicio para compensar la devolución de mi hijo.

(De Urraca ,

Lourdes Ortiz.

Editorial Planeta, Barcelona, 2005. 220 pp.)

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