Conoces el manantial, sabes que hay agua
Los idiomas comunes
Laura Casielles. Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, Hiperión, Madrid, 2010. 78 pp.
Son pocos los lectores, se dice. A pocos interesa la poesía, se afirma. Sin embargo, año tras año, unos ojos jóvenes traducen en verso el mundo, ofrecen su sentido poético de la realidad, la suya y la de otros. Es lo que ocurre con la voz de Laura Casielles, asturiana de 1986, en Los idiomas comunes , obra ganadora del premio más prestigioso de poesía joven. No es extraño, por ello, que su palabra nos llegue con inusual frescura. La poesía consiste, al decir de Herrera, en hacer que las cosas viejas nos parezcan nuevas, en sorprender la faz imprevista de las cosas y en nombrarlas de manera novedosa, como si las descubriéramos por vez primera. Y eso ocurre con la voz de Laura Casielles, aunque aluda, por ejemplo, a un sentimiento manido como el amor. Es hermoso entregar el propio cuerpo de este modo: «Si te fijas bien verás que en los recodos / tiene la forma de tus manos». O expresar la ausencia así: «Toma / este mi cuerpo, / te estaba esperando / a veces no estás y no es nada». Como es original la forma de poetizar en quiasmo el acoso del tiempo, en referencia a dos momentos vitales diferentes: «Conoceréis el amor y entonces / pensaréis en la muerte», y «conoceréis la muerte y pensaréis en el amor». Me parece que es posible afirmar que esta joven poeta tiene algo que decir y lo dice bien. Incidiendo en el motivo amoroso, otro poema, Credo comienza: «Que cuando tengas tu mano / sobre otra mano / allí estarán mis manos, y cuando tengas / tus labios / en otros labios / allí estará mi boca». En otro sentido, el mito de Ícaro le sirve a la poeta para traducir el fracaso del ideal amoroso.
Pero no es un ámbito temático reducido al amor, ni mucho menos, el de Laura Casielles. A lo largo del poemario afloran motivos diversos: la ingeniosa idea de «Geografía política» de que «el corazón se sitúa más bien a la derecha» y por eso hay que luchar para demostrar que sigue estando a la izquierda; la defensa de la multiplicidad frente a la sobrevalorada unicidad; el cuestionamiento de lo que se nos da como verdad incontrovertible desde el poder o desde la publicidad («Quizá ni el tomate es tan puro / ni el tabaco tan mortal como comentan»; «Reivindico mi mitad mora, la parte goda / de mi genoma, / basta ya de los dioses griegos que no riegan mi sangre... / No reivindico a Pelayo, no reivindico a Isabel...»); la rebelión íntima contra las palabras heredadas que nos dan un mundo construido sin nosotros; también la expresión de la mirada vitalista y afirmadora en otros poemas: «El mundo al que estamos invitados no es para rendirse: / si esto es un árbol, iremos como se abre la copa para que pase el sol»; o las palabras que cierran el poemario: «Conoces el manantial. / Sabes que hay agua. / Esa fe / no se quiebra. Tu sed / es dulce». Fe en la vida, en el manantial, en el agua dispuesta para la sed, en la poesía.