Ingeniería biomédica
De repente, el bebé de mis vecinos cogió la costumbre de arañarse. Inmovilizarle los brazos era la única manera de preservar su carita, de ahí que sus padres no tardaran en llevarlo al pediatra.
Mis vecinos, tanto él como ella, desempeñan profesiones de esas que se denominan liberales, y que les permiten llevar un buen nivel de vida; por eso decidieron acudir con su retoño a una clínica privada: un centro muy mediático, donde, según la publicidad, se aplican las más modernas técnicas diagnósticas y terapéuticas, ofreciendo un esmerado trato humano, siempre personalizado, y donde cada tratamiento se adapta a las necesidades de cada paciente. Mis vecinos también son gente moderna, que está al tanto de todos los avances tecnológicos. Su chalet es el más innovador de la urbanización, y sus coches, lo mismo que sus teléfonos y todos sus cachivaches informáticos, pertenecen a los últimos modelos.
Cuando regresaron con el bebé, a éste le habían amputado las dos manos. Según los médicos, la manía de arañarse tiene que ver con cierto síndrome cuyo nombre ahora no recuerdo, y es posible que aún tarde algún tiempo en corregirse; pero ahora, con sus muñoncitos vendados, la criatura ya no podrá hacerse las heridas que antes se hacía.
Al ver el horror y la estupefacción reflejados en mi cara, mis vecinos se miraron sonrientes. A continuación, él me echó el brazo por el hombro y, como quien ilustra a un ignorante, me contó que, en cuanto los médicos lo estimen oportuno, al bebé se le implantarán unas prótesis biónicas que podrán ser controladas por su propio sistema nervioso. El último grito en ingeniería biomédica.