No hay más suerte de vivir que muriendo
Memoria y desconcierto
Gaspar Moisés Gómez. Ed. Davinci Continental, Barcelona, 2011. 76 pp.
Cuando el manuscrito de Memoria y desconcierto , el nuevo libro de Gaspar Moisés Gómez, cayó en mis manos, supe que me encontraba ante uno de sus poemarios más esclarecidos y esclarecedores. Le puse prólogo de cara a la publicación y ahora está ya en la calle. Ya sabemos que este abulense y leonés al mismo tiempo es poeta en actitud de creación permanente al que es preciso mover hacia la publicación, y que pocos poetas de hoy son capaces de alzarse a su subido lirismo. Una decena de poemarios ha ido viendo la luz a partir de 1968 en que apareció el primero, Con ira y con amor , al que sucedieron títulos, generalmente premiados, como Las bravías abejas (1969), Sinfonías concretas (1970), Al filo del alma (1982), Al filo del cuerpo (1986), Oráculos sombríos (1990), Son perversos los límites (1996), Y mañana tampoco (2004) y Quieto espacio. Fugacidad del tiempo (2007). En cada uno de ellos, Gaspar Moisés Gómez ha vertido su pensar y su sentir sobre el hombre contemplado en el propio yo o en el sufrimiento ajeno, acompañado por temas universales como el amor, la belleza, el sentimiento religioso, el tiempo y la muerte. Estos dos motivos últimos son los que sobresalen en el nuevo libro, Memoria y desconcierto . El propio título es significativo, pues la memoria es esencialmente tiempo y conciencia de pérdida, mientras que el desconcierto alude a las perplejidades existenciales del poeta. La impregnación temporal y el pensamiento sobre la vejez y la muerte han ido ganando terreno en los libros últimos del poeta, que percibe indicios, señales, signos vitales poco consoladores. Ante el acoso del tiempo y el horizonte mortal, el poeta busca inútilmente alguna salida: «¿No hay un resquicio por donde salgamos / de este empeño?». Pero no son más que «Preguntas que quedan / entre los párpados semicerrados; / semillas distraídas por la sangre; / voces sin nombre». La consecuencia es la congoja íntima, aunque contenida, porque el poeta evita la expresión patética o verbosa. Esa angustia interior la padece el poeta en soledad, otro sentimiento muy hondo en Memoria y desconcierto : el poeta se halla «solo entre sus cruces», ante sus desfallecimientos. Entre esos signos negativos sobresale el deterioro del cuerpo y su degradación, que origina un poema formidable, «Canción de viejos». Otro signo poderoso, en la misma dirección, es el sentido de la transitoriedad, con la visión tenebrosa de ese Dios que «ya barre el pasillo a la nada».
El soliloquio es la forma de ser de esta poesía en la que sorprendemos a un sujeto emotivo que medita, que es confesante y confesor. El poeta evita la cadencia marcada, acomodando el metro al discurrir del pensamiento y la emoción, con hábiles pausas interiores que pautan la andadura meditativa del poema. Así van brotando hondas y luminosas piezas cuajadas de lirismo, emotivas y reflexivas a la vez, melodiosas y expresivas en torno al irremediable transcurso mortal del hombre.