HISTORIAS PARA CONTAR EN DOMINGO
Las damas no van en furgoneta
Han pasado varios meses y muchas cosas. Sigo preservatizado, aunque el calor ayuda a que el chubasquero moleste, amén de al intimar, también, como es el caso, a la hora de vestir. Son normas de prevención, las mismas que camuflarán sus fallos si te revientas los huevos. A mí me ocurrió. Lo de los huevos, digo. De follar, preservatizados o no, desde entonces casi paso palabra. La furgoneta, como tantos días, me llevó a la obra. Donde, como tantos días, esperaba paciente y sibilina la arqueta. Esa que me concedió, clínicamente, un traumatismo genital. Según el uso de cuatrocientos millones de hispanohablantes, una hostia en los huevos de tres pares de cojones. Ahora, menos mal, puedo decir que casi me queda, de esos pares, uno. Fue tras las fiestas de Navidad. Sólo quise beber agua, y al ir a buscarla, se manifestó. Estaba dolida y triste de tanto pisarla. Y se manifestó justo a mi paso. Al pisarla vació su silencio, girando su tapa de hierro que, inmediatamente y sin tiempo ni tan siquiera para recordar cómo sucedió, me escupió hacia arriba como un toro embravecido. Utilizando para ello, como trampolín, mis, desde entonces, traumatizados genitales. Así que, resumiendo, puedo decir, sin orgullo pero con precisión, que me he dejado los huevos trabajando. O, si resulto soez, me he sacrificado laboralmente hasta la uretrorragia.
P ero, tras la baja por incapacidad temporal (curioso término que resume, a la par, tus hematomas en el ciruelo con casi una tercio menos de tu sueldo), no todo han sido malas noticias. Sigo viendo la evolución de los viñedos. Ya no son toscos y lúgubres como el invierno, que los vestía con la intención de anquilosar su paisaje. Ahora visten primavera, con esos tonos verdes y esa prestancia que te llenan el alma y te vacían la vista. Ver esto es, de veras, un espectáculo brutal. El buen vino no se diferencia en euros. Lo hace cuando habla antes de ser uva. Y, de camino al trabajo, casi puedo apreciar, a través del cristal de la puta furgoneta, que me susurra. Suave y con matices afrutados. Y, para colmo de mi pequeña gran fortuna, llevo la vista al cielo. Con el poco ángulo que me presta el cristal en cuestión; los vuelos majestuosos, lentos, sobrios y circulares de todas las rapaces a las que alcanzo a ver, me indican que no sólo me susurra a mí. Sé que me esperan más de doce horas hasta que vuelva a casa, pero ahora mismo pienso que encima me pagan. Casi puedo imaginar la voz pedagógica e imborrable de «mi amigo Félix» que, junto a papá, en sus impagables excursiones por las montañas gordonesas, me hicieron soñar que la felicidad reside en las alas de cualquier águila. Y con ello pensar que aunque yo escriba esto en tierra de campos y él viaje, junto a la mejor mujer del mundo, por los fiordos noruegos, vemos la misma luna. Libertad. Esa luna que me llevó a las lluvias horizontales del invierno. Esa luna que me recuerda, agotado cuando voy a la cama, que soy un gran afortunado. Trabajo, a pesar de estos putos caciques que nos intentan pintar del color de su idiotez. Y lo hago, aunque con sudor del que huele, con muchos privilegios: soy, como dije, cómplice de las rapaces que vuelan amenazantes y seguras. Felicidad, cuando aprieta, de moscas. Susto de nutrias. Vigilancia de halcones. Pánico de lagartos. Curiosidad de zorros. Amenaza de liebres. Tú a tú de culebras. Recolector de caracoles. Agitapólenes de abejas. Prefiero pensar, viva el vaso medio lleno, que Dios trabajó siete días para mí antes de que me duelan los huevos.