Diario de León

Leopoldo María Panero, poeta maldito

Uno nunca hubiera imaginado ver a Leopoldo María Panero en vivo y en directo, pero la ocasión, tal vez impregnada de suerte, se impuso, y al final se ven cumplidos los deseos. Hace un tiempo en León, ciudad de poesía y «capital de la literatura», con motivo de la Feria del libro, vi a ese poeta maldito, que algún día me dejara impresionado con su poesía bestial y demoníaca, cuyos versos me siguen pareciendo aún hoy una bomba de relojería.

El escritor Leopoldo María Panero «ha sufrido mucho. Se nota a leguas».

El escritor Leopoldo María Panero «ha sufrido mucho. Se nota a leguas».

Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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Una leyenda viva, Leopoldo María Panero, con su botella de coca-cola siempre en la mano y su urgencia por salir al baño, aunque la función esté ya en marcha. «¿Queréis que os recite un poema?», «Os recito un poema», decía con nerviosismo una y otra vez, aunque nadie parecía hacerle mucho caso. Una buena oportunidad para que Leopoldo María se desfogue, se desdiga, haga y deshaga a su antojo, pensé, mas la «mesa» de invitados no daba la impresión de prestarle mucha atención. En realidad, uno desea que el poeta se exprese como le venga en gana, que lo haga con absoluta libertad, en un mundo ya de por sí cohibido, aunque por momentos resulte ininteligible y atropellado su discurso. En el fondo, Leopoldo María ansiaba ser escuchado, querido, como todos los seres humanos, nomás. No en vano, los trastornos, llamados de la psique, suelen tener un origen o desarreglo afectivo. Como casi todos los desequilibrios emocionales. Si bien no debemos olvidar los fundamentos bioquímicos, que también nos juegan malas pasadas. En verdad, uno desea ser amado. A menudo -casi siempre- los hospitales llamados de «salud mental» castran la memoria afectiva, las emociones, los sentimientos. Y Leopoldo María Panero ha sufrido mucho. Se nota a leguas. Alterado, tenso por la situación, no paraba de moverse, empuñaba los brazos,  adoptaba posiciones de combate, como para defenderse de sus hipotéticos agresores, en aquel caso el público y los periodistas, hacía gestos con las manos, se echaba hacia atrás en la silla, sacaba la lengua en un gesto sub-consciente. Pura gestualidad batalladora en su escenario de la crueldad. Al acto asistieron también el premio Cervantes, Gamoneda, para recitarnos sus versos, y en una primera entrega otros muchos, como la mediática Ángeles Caso, Álvaro Pombo, que revolucionó el gallinero con sus sentencias, en ocasiones fuera de tono, Kirmen Uribe, conocido por su novela Bilbao-New York-Bilbao , y Luis Artigue como moderador. Pero todo esto daría para otro artículo. Leopoldo María Panero, dicho sea de corrido, me recuerda al francés Antonin Artaud, aquel surrealista terrible, que acabara recluido en un hospital psiquiátrico, «manicomio», que diría Panero, por atreverse a decir verdades como puños. ¿Cómo olvidar Para acabar con el juicio de Dios, del creador del Teatro de la crueldad? Siente uno como una suerte de veneración por los desharrapados, los oprimidos, los marginales, aquellos seres que no se adaptan a las convenciones, las normas impuestas, a esa apisonadora represiva, delirante y mentecata que pretende, por todos los medios, meternos en adobo y en vereda. Desconfía uno, por definición, del poder. El sistema, como tal, siempre aspirará a tener bajo control a la población. El Gran Hermano, ese que nos enseñó Orwell en 1984 , nos vigila hasta en nuestros momentos más íntimos. Nos enchufa la cámara en el ojete y de paso nos ausculta con suma precisión. No hay escapatoria posible. Nos tienen fichados y controlados, queridos amigos y amigas, hasta la médula. El sistema es por definición antropófago, y no soporta que se descarríe ninguna oveja del rebaño, para que todos los borreguitos vayan por la misma senda. Que nadie se salga de la raya, que te fríen, y acabas siendo carne de ambulancia o de frenopático. A las ovejas negras, en todo caso, se les obsequia pienso terapéutico para que se relajen, o simplemente se les administran sabias dosis de electrochoques. Y si todavía continúan empalagosas, y no dejan de chingar a la élite bien-pensante y al poder omnívoro, les acaban propinando el latigazo definitivo. No es conveniente decir verdades que arremetan contra el poder. No sienta nada bien que uno se lance al ruedo, que le entre a ese toro o vaca que es España por el lado que más duele. Leopoldo María Panero confiesa haber sufrido mucho pues tuvo que soportar a un padre intransigente y castrador —alcohólico, según él, como cirrótico acabó su hermano Michi—, y a una madre, Felicidad Blanc, a quien no parecía gustarle nada aquella Astorga clerical y militroncha.

El más inteligente de

su familia

Aun siendo el tipo más inteligente de su familia, que diría él mismo, acaba de hospital psiquiátrico en psiquiátrico (véase Mondragón y en los últimos tiempos el de Las Palmas de Gran Canaria) por el abuso de sustancias, por tantos excesos, quizá, porque quedó tocado por su familia, desestructurada sin duda. Como hemos visto en El desencanto , de Chávarri. La familia como célula terrorista, según este poeta seducido por el abismo, tal como él nos cuenta en Después de tantos años , de Ricardo Franco, donde continúa su sesión psicoterapéutica. Vaya dos documentales. Como para abrirse las venas. Por cierto, ¿qué será de su hermano Juan Luis? Nos cuenta Leopoldo María Panero en su Agujero llamado Nevermor que «escribir en España no es llorar, es beber, / es beber la rabia del que no se resigna / a morir en las esquinas, es beber y mal / decir, blasfemar contra España / contra ese país sin dioses pero con / estatuas de dioses, es / beber en la iglesia con música de órgano/ es caerse borracho en los recitales... caerse húmedo, babeante y tonto y / derrumbarse como un árbol ante los farolillos / de esta verbena cultural». Escribir en España es como hablarle a las musarañas porque a nadie le interesa lo que uno pueda contar, decir, sugerir, salvo que uno sea un farandulero o una enchufada. Entonces juntar letras puede convertirse en un gran negocio, y una forma rápida de alcanzar los tronos de esta verbena in-cultural. Se escriben tantas pendejadas que al final la escritura pierde su importancia primigenia. Cualquiera es capaz de escribir gilipolleces de cara a entretener a un público cada día más entontecido a resultas de las catástrofes que provoca, entre otros, el medio televisivo y aun otras prensas rosa. La palabra ha dejado de ser importante. Lo único que importa es salir en la tele a cotorrear y despotricar. Hace algunos años coincidí, en Túnez, con un vasco, físico y aventurero, que tuvo la suerte de conocer a este poeta, con aspecto de presidiario -no en balde la reclusión en un hospital para enfermos mentales debe asemejarse mucho al encierro en una cárcel-, cuando Leopoldo María estaba en el manicomio de Mondragón. Por cierto, ¿qué será de Mamel Ezquerra? Para profundizar en su vida y en su obra, resulta de gran interés el ensayo, El contorno del abismo , que le dedica Benito Fernández a nuestro poeta de origen maragato, Leopoldo María Panero.

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