Diario de León

Interesante aportación al mundo de la fantasía

Publicado por
NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Hanna y los reinos de Kettke

Paul Sanca. Ed. Mundos Épicos, Málaga, 2010. 288 pp.

Es inabarcable el mundo de la literatura fantástica, de abrumadora profusión, pero de calidad discutible en muchos casos. Es algo de lo que no se resiente esta opera prima de Paul Sanca. Como corresponde a este género de narrativa, abundan los escenarios exóticos, los personajes legendarios y las situaciones increíbles. Pero no falta la conexión con la realidad, representada por Hanna, la protagonista femenina, nacida para alcanzar metas difíciles de imaginar en su adolescencia.

El comienzo responde a un planteamiento tradicional: el preámbulo «En un lugar, en un tiempo» (que tendrá su complementación precisa en el capítulo XXII de la obra) da paso a la experiencia de Hanna, interna en el lóbrego y desangelado centro de estudios St. James. Aunque la fecha es muy especial, Hanna cumple catorce años, el día lo es realmente porque está llamada para cumplir una misión inimaginable; ese proceso para llegar a cumplir con su destino es el argumento de la obra. La visita del colegio al Museo Metropolitano y el eclipse solar servirán de referente. A partir de ahí el rapto de Hanna será, en compañía de su perro Kron, un viaje de fantasía. A través del tiempo, a través de paisajes extraños y con personajes cuyos códigos de comportamiento y expresión serán fuente constante de angustia e inquietud. La compañía de Gunuruk, su humilde y apasionado protector, la conduce al reino de Antraka como primer destino, con habitantes cuya expresión lingüística responde a un curioso empleo del hipérbaton. Aknus, el gran jefe, la adentra en ciertos secretos, como es el libro de Vendemur o un extraño pergamino que le muestra Ynack y que en Hanna provoca un inesperado desconcierto. Bakalia, Belonia son, entre otros, referentes espaciales. Lo mismo ocurre con los personajes, de entre los cuales Gunuk tendrá una importancia esencial.

El recurso del sueño (poco recomendable entre los buenos narradores) aparece aquí, pero no con el sentido convencional. Para Hanna todo ha sido un sueño, pero un sueño real. Su vida ya no tiene cabida en su mundo del internado. Se ve obligada a volver al contexto onírico, que es realmente el suyo. Gunuk le dará las claves de su destino, reflexionando sobre los valores universales, necesitados de un claro sacrificio y un sentido preciso del humanismo y de la libertad. Hanna está llamada a ser la reina de esos mundos en los que ha vivido en su sueño. Un curioso y elaborado recurso de anagnórisis servirá para que la obra culmine en un desenlace feliz y, sobre todo, coherente desde el punto de vista argumental. Todo, en efecto, ha sido un sueño, pero irreal: «No había colores ni sonidos, no había nada, y sin embargo allí estaba todo. (…) Pero sobre todo se sintió ella misma, lo que era y sería. ¡Su fuerza!» (p. 285).

A pesar de la complejidad argumental, la narración discurre fluida, aunque lastrada por un abuso desmesurado e inexplicable de los epítetos, exacerbación retórica que el autor debe corregir en próximas publicaciones.

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