Los leoneses que fijan y dan esplendor
l. Dos escritores y un lingüista describen cuál es el valor añadido de su labor en la Real Academia. hasta el momento han sido siete los leoneses que han participado en la tarea de cincelar el español. luis mateo díez, salvador gutiérrez y josé maría merino celebrarán los 300 años de la rae

raquel p. vieco
Fue un leonés, el bañezano Juan de Ferreras, quien, junto al Marques de Villena, fundó la Real Academia Española en 1713. Heterodoxo donde los haya, este leonés —de orígenes judaicos— formó parte del consejo de la Inquisición y fue bibliotecario mayor de la Biblioteca Real (embrión de la actual Biblioteca Nacional), empleo que desempeñó hasta su muerte. Durante sus años en el cargo reunió gran número de incunables, raros y prohibidos, muchos de ellos conseguidos en el extranjero, burlando la mano censora de la Inquisición, de la que él mismo formaba parte.
Hasta el momento, el palacete que alberga los cónclaves de la institución, ha contado con siete leoneses. A Juan de Ferreras siguieron Antolín López Peláez, Ricardo Gullón, Valentín García Yebra, Luis Mateo Díez, José María Merino y Salvador Gutiérrez, asturiano y leonés de adopción.
Sin embargo, y a pesar del hecho de que en los últimos años ha crecido la exposición pública y el interés por la institución, la RAE sigue siendo un lugar desconocido para la mayoría.
Luis Mateo Díez —que ocupa el sillón I— fue el primero (de los vivos) en ingresar en este club. Y lo hizo el 20 de mayo del 2001. El autor de La fuente de la edad destacó en su discurso de ingreso haber dedicado su vida a conquistar la palabra. «Pero la palabra no tiene dueño», aseguró en una lectura titulada La mano del sueño.
Fiel a esta idea, Luis Mateo Díez explica que la labor de los académicos es realizar un repaso continuo de las palabras. Para ello, los académicos se reúnen los jueves en sus comisiones respectivas. El escritor leonés lo hace en la de Ciencias Humanas, sección en la que comparte tarea con José María Merino, Mario Vargas Llosa, Darío Villanueva y Álvaro Pombo. En estas comisiones se toman decisiones de manera consensuada. Destaca Luis Mateo que en ocasiones estas reuniones cuentan con la presencia de académicos americanos y precisa que esta es una de las muestras de la «conciencia común del español». «Es curioso. Las palabras son tan misteriosas que viajan entre las dos orillas», reflexiona. A este respecto, Luis Mateo Díez recuerda una anécdota de una comisión en la que participaba un académico boliviano. La palabra a estudiar era ‘cuero’ y dio la casualidad de que tenía dos acepciones contrapuestas. «Podía utilizarse como ‘virgen’ o como ‘prostituta’, dependiendo del país en que se usara».
El escritor asegura que la Academia ni inventa ni hace de policía del lenguaje y destaca que en los últimos años se han llegado a hacer requerimientos terribles a la Casa. Se refiere el creador del universo Celama a las peticiones que se han multiplicado acerca de la posibilidad de desterrar algunos de los significados peyorativos de determinadas palabras. Es el caso de ‘judiada’, por ejemplo. Y es que el escritor defiende que hay que ser sensible al patrimonio de la lengua y asegura que las palabras no atentan contra nada. «Lo primero que se hace al estudiar una palabra es revisar la documentación que ésta atesora, cómo se ha usado y en cuántas ocasiones», destaca, y añade que para que la RAE incorpore una nueva palabra se requiere que ésta haya sido utilizada al menos durante seis años. También hay ocasiones en las que algunas de ellas desaparecen del diccionario.
Por otro lado, reflexiona en torno a la vertiente sociológica de la RAE y niega que ésta sea una de sus funciones. «La Academia vela por las palabras, pero rara vez sale a desdecir algo», resalta, y precisa que en el caso del informe que Ignacio Bosque realizó acerca del uso del género la razón se debió a los excesos que se estaban dando.
Una muestra del interés que despierta la RAE es el hecho de que su página sobrepasa los dos millones de consultas diarias, y los usuarios proceden de todo el mundo, no son solo españoles.
Salvador Gutiérrez fue el segundo en ingresar en la RAE. Lo hizo el 25 de febrero del 2008 y en su discurso afirmó que el lenguaje es un «hallazgo cultural que permite perpetuar los recuerdos». «Es un océano que ha necesitado de la ayuda de otros para ser contemplado. La enseñanza de la lengua ha sido, desde la invención de la escritura, la llave de acceso al templo de la sabiduría heredada, el secreto mágico que nos permite superar el castigo de Sísifo».
Salvador Gutiérrez, catedrático de Lingüística General en la Universidad de León, ha centrado sus investigaciones en tres áreas del lenguaje: sintaxis, semántica y pragmática y en la actualidad su papel en la Academia se desarrolla en la Comisión de lenguaje científico-técnico. Pero, además, Gutiérrez es el director del Departamento de Español al Día y colabora en la edición de la Ortografía, el Diccionario Panhispánico de Dudas y la sección de consultas relativas a la norma. Asimismo, dirige la Escuela de Lexicografía, una suerte de máster que cada año forma a licenciados hispanoamericanos becados por la Fundación Carolina. «El objetivo es que puedan colaborar con sus academias respectivas porque no hay que olvidar que los españoles tan sólo suponen el 10% de los hablantes», subraya el académico.
Salvador Gutiérrez recuerda que la RAE es una institución centenaria (el próximo año cumple tres centurias) y su tempo de cambio es lento. «Sin embargo, desde los años noventa ha experimentado un cambio grande. Se ha informatizado y su departamento de base de datos funciona de manera asombrosa», destaca el profesor. Y es que esta sección de la Academia resulta fundamental para que los académicos realicen sus estudios de palabras. Es este departamento el que pone en conocimiento de las comisiones cuándo se dejó de usar una palabra, en qué países se utiliza, en qué sentido, sus acepciones o en qué momento comenzó a utilizarse.
Salvador Gutiérrez añade que cualquier particular puede colaborar en las tareas de la Academia y explica que no sólo los académicos participan en el estudio de las palabras. «En numerosas ocasiones llegan a las comisiones escritos de personas particulares —arquitectos, científicos, escritores, etc— que consideran que la definición de una palabra o alguna de sus acepciones debería cambiar, y lo razonan», manifiesta. Entonces, esa proposición pasa a la comisión correspondiente y al Instituto de Lexicografía. También hay ocasiones en las que se producen revisiones globales y a un especialista externo se le encarga un informe que, con posterioridad, la Academia estudia y adapta.
El catedrático recalca el hecho de que ninguna palabra desaparece de la RAE. «Lo que en ocasiones sí ocurre es que hay algunas que, al dejarse de usar, desaparecen del Diccionario y pasan al histórico. «El mundo está en cambio perpetuo, y los mismo ocurre con las palabras. La función de la Academia es adaptarlas en escritura y pronunciación», precisa.
Salvador Gutiérrez explica que una lengua refleja las necesidades y la cultura de un país. «Cuando una lengua tiene detrás de ella toda una rebotica cultural, una tradición poética importante, por ejemplo, sus hablantes serán capaces de expresar con mayor exactitud sus sentimientos, y los mismo ocurre con la ciencia», manifiesta.
El tercero ‘en discordia’ es José María Merino. El escritor, que ocupa el sillón ‘m’, ingresó en la RAE el 19 de abril del 2009, hace cuatro años. Confesó en su discurso de ingreso que de niño consultar el diccionario era «una aventura interior que le iba haciendo fondear de palabra en palabra, como un bergantín en las islas del más denso archipiélago». José María Merino fue desgranando una discurso que tituló Ficción de verdad , y defendió en él que lo que marca la diferencia entre el hombre y el resto de animales que también tienen lenguaje es el hecho de que nosotros lo hemos utilizado para crear ficciones, «y a partir de ellas una gigantesca trama, tanto en lo fabuloso como en lo real, en la que se incluyen desde los seres quiméricos —de los que habitan parnasos a los que vagan como fantasmas— hasta los rascacielos o las estaciones espaciales».
Asegura el escritor que trabajar con las palabras es una sensación casi mágica. «Resulta sorprendente ver cómo cambia su significado, como se matiza», manifiesta, y añade que la Academia, a pesar de lo que pudiera parecer, es un sitio trepidante. El académico acaba de ser nombrado vicesecretario, cargo que conlleva además el de tesorero de asociaciones de las academias. «Esta tarea no resulta nada grata, la verdad. La crisis nos está afectando muchísimo y son momentos más difíciles de lo que parece», lamenta el autor de El heredero .
Califica de enormemente satisfactoria la labor de académico y asegura que es un aprendizaje constante. «Recuerdo, por ejemplo, una comisión en la que estudiábamos palabras relacionadas con la retórica. La mayoría de ellas resultaban totalmente desconocidas, y al final de la reunión nos dimos cuenta de que muchas eran sinónimas».
José María Merino asegura que siempre ha sido un escritor especialmente cuidadoso con el lenguaje, pero precisa que la nueva relación con las palabras que ha adquirido desde que forma parte de la Academia le ha llevado a adquirir una mirada diferente. «Me he dado cuenta de que la lengua es, para muchísima gente, su único patrimonio. Para los emigrantes a Estados Unidos, por ejemplo, se ha convertido en un instrumento de trabajo», explica. Por esta razón, el novelista contempla con perplejidad las políticas lingüística de algunas comunidades. «Van contra sus pobres», declara. Y es que Merino considera que el idioma es una fuente de riqueza de una fuerza sobresaliente. Por esa razón, José María Merino anuncia que la Academia está poniendo las bases para poner en marcha algún tipo de canal de relación con los medios de comunicación.