La épica de las cañadas reales
l. Los pastores que cogieron la pluma para contar sus vivencias forman un singular género literario leonés . ‘Memorias de un zagal’, ‘diario de un pastor trashumante’, ‘palabra de pastor’... como nadie contaba su historia, decidieron contarla ellos mismos. éstos son sus testimonios
‘memorias de un pastor trashumante’
No hay fuerza humana que impida comenzar cualquier relato sobre los lazos existentes entre pastores y literatura con aquellos poderosos versos de Julio Llamazares en La lentitud de los bueyes que rezan: «Yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad cuando perdió sus ganados y sus pastos./ Durante mucho tiempo mis antepasados cuidaron sus rebaños en la región donde se espesan el silencio y la retama./ Y no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria que el olvido».
Lo cierto es que mucho nos dice la historia de las letras europeas sobre el papel —simbólico— de los apacentadores de ganado a la hora de llamar a las musas, ahí está la literatura pastoril surgida en el Renacimiento italiano donde los zagales dialogan sobre sus amores en una idílica Arcadia, aunque ya antes el griego Teócrito y el romano Virgilio usaban estos personajes como trasunto para poder hablar a sus anchas de humanos con nombres y apellidos. Y viene al caso que el posiblemente portugués Jorge de Montemayor sitúa en el viejo reino la acción de una de las obras cumbre del género en el XVI hispano, Los siete libros de Diana («en los campos de la principal y antigua ciudad de León, riberas del río Esla, hubo una pastora, llamada Diana, cuya hermosura fue extremadísima sobre todas las de su tiempo...», escribe).
Pero no, el asunto que nos ocupa es más prosaico y menos arcádico: se trata de los libros escritos, o al menos dictados o inspirados, por los pastores, custodios de una cultura enormemente significativa para las comarcas leonesas. Ésta es tierra pastoril por excelencia, y su cabecera montañosa, cuna del área donde principian y finan las principales cañadas reales de la Península: en la prehistoria eran grandes rebaños salvajes los que alternaban veranos de buena hierba en los altos puertos con suaves inviernos en las llanadas y dehesas extremeñas y manchegas para después, por siglos y siglos, conducir los hombres ovejas y cabras en una extraordinaria epopeya que forjó simbiosis entre hombre y medio, conocimiento, tradición... una indómita raza de hombres a la que ningún caso han hecho la literatura y el cine.
Por ello, han tenido que ser sus propios protagonistas los que han cambiado el cayado por la pluma y el zurrón por las cuartillas y ponerse manos a la tarea de dejar constancia de la inmensa aventura trashumante. «El pastor suele ser una persona muy creativa, ahí tenemos sus trabajos de artesanía, sus cuernas talladas, sus romances», explica el investigador y veterinario leonés Manuel Rodríguez Pascual, autor de una monumental trilogía sobre la trashumancia, única en España, y persona que ha transitado las veredas durante muchos años en compañía de los rebaños, conpartiendo innumerables jornadas con pastores, ovejas y perros. Estos libros son Cultura, cañadas y viajes ; Paisajes, vivencias y sensaciones ; y De Babia a Sierra Morena ; el segundo de los cuales incluye poemas del poeta-pastor Eleuterio Prado, Teyo . Nacido en Prioro en 1942, en su niñez fue motril y guardó rebaños en las majadas de Maraña. Convertido en empresario de éxito en Barcelona, es autor de los cancioneros Cantares y Aires de la mi montaña y de los poemarios, La canción del rebaño e Infancia de las lunas .
En la citada trilogía también interviene activamente Ángel Fierro, poeta y narrador, nombre clave para entender las letras leonesas desde la segunda mitad del XX y quien de niño, entre los 12 y los 15 años, pastoreó en los montes de Cármenes: en su obra laten lejanos ecos de balidos y cencerros. «Le cogí gusto a la soledad —cuenta—, a esas labores que constituían los pilares de la vida autóctona de los pueblos. Nació en mí un amor a pensar más que a vociferar, a estar en silencio... un estado similar al que se alcanza en las peregrinaciones. Y luego el paisaje, todas esas montañas, arroyos y bosques, la nobleza de los perros, la serenidad de las ovejas, las alimañas que acechan... todo ello tiene algo de épico y crea una especie de predisposición a la belleza».
Esa especial sensibilidad que se desprende de la continua complicidad entre el hombre y su ganado ya movió al berciano Enrique Gil y Carrasco, uno de los más altos escritores románticos españoles, a describir a mediados del siglo XIX los multitudinarios regresos pastoriles en unas estampas como la que sigue, babiana en este caso: «Las mujeres, los niños y los viejos salían a recibir a los ausentes, los perros acariciaban a sus amos, balaban las ovejas al mirar los sabrosos pastos, relinchaban las yeguas al reconocer sus praderas nativas y los abrazos y las preguntas que por todas partes se cruzaban y el abandono y la efusión de todo este cuadro tenían para mí un indecible atractivo».
Pero los libros que, en primera persona, y basados en la experiencia directa, son testimonios únicos para conocer este bíblico oficio, surgen sobre todo en las últimas décadas del XX cuando aquellas gentes que ejercieron la labor, ya jubiladas o retiradas, o bien desde otras ocupaciones, decidieron poner negro sobre blanco sus trabajos y sus días visto sobre todo que aquello que un día fue pura cotidianeidad desaparecía para no volver.
Es el caso de Ángel Rodríguez, de Tejerina, que en 1977 publicó —por su cuenta y en cuartillas mecanografiadas—unas Memorias de un zagal trashumante , casi cien páginas en las que relata, ¡en verso rimado! sus experiencias como zagal en la década de los veinte, cuando tendría entre 13 y 19 años («la marcha de los pastores/ los días de San Froilán/ en la montaña leonesa/ tiene un encanto especial»). Un testimonio que también está recogido, junto al de Jesús Fernández, de Maraña, por los profesores Joaquín Bandera y José Miguel Marinas en Palabra de pastor. Historia oral de la trashumancia (ILC, Breviarios de la calle del Pez). El de Jesús también conformó otro librito editado por Renfe, Diario de un pastor trashumante («Yo, Jesús Fernández, hijo y nieto de pastores, comencé a ser aprendiz de pastor cuando sólo contaba nueve años de edad...»).
Uno de los más extraordinarios libros de vivencias pastoriles es, a juicio de Rodríguez Pascual —Pastor Mayor de los Montes de Luna, Premio al Libro Leonés del Año, etc.—, Memorias de un zagal. Un viaje a la Extremadura leonesa , de Bonifacio Álvarez (Edilesa, y también en edición del Diario dentro de su Biblioteca Leonesa de Tradiciones), donde este autor de Remolina describe, hasta el más mínimo detalle, aquellas largas caminatas bajo el sol, el viento y la lluvia. «La categoría de zagal era la más baja de la profesión pastoril. Se solía acceder al ‘cargo’ después de haber superado durante tres o cuatro veranos las pruebas de motril , como aprendiz de pastor» (las otras categorías eran sobrao , persona , ayudador , compañero y rabadán ). Letras que se caracterizan, como comenta Ángel Fierro, «por su sencillez, espontaneidad y autenticidad», y en lo que respecta al verso, «por ser siempre rimada y, a pesar de su humildad, por no dejar de ofrecer interesantes hallazgos e imágenes de enorme lirismo». «Son obras dignísimas y muy pulcras, fruto de vivencias profundas», prosigue. Otra obra de gran calidad e ilustrada con excelentes fotografías es Memorias de un pastor trashumante y costumbres de Prioro , de Teodosio Martínez Prado, quien desde su retiro escribió sus recuerdos con el apoyo del entrañable Teyo ; en este caso el destino principal eran la anchurosa Mancha. Y junto a las memorias, los poemas ( Los gamones de Mental , Virgen del Pando , Treinta días caminando ...): «Me resisto a terminar/ ¡me queda por decir tanto! más la emoción me hace presa/ y no puedo ni contarlo,/ sólo me queda decir/ que mi pueblo noble y bravo/ de la montaña leonesa/ es querido y respetado».
Culminamos —cómo evitarlo— con Llamazares: «Ahora apacientan ganados de viento en la región del olvido y algo muy hondo nos separa de ellos/. Algo tan hondo y desolado como una zanja abierta en mitad del corazón».