POESÍA
Levanto en el dolor mi mejor bisutería
frecuencias Jesús Jiménez Domínguez Premio Ciudad de Burgos, Visor, Madrid, 2012. 78 páginas.
La poesía es un viaje entre las cosas, pero con los sentidos y la voz en alerta permanente, porque ya Baudelaire atestiguó el bosque de símbolos que nos miran con ojos familiares. El poeta de hoy se dice a sí mismo: «Disponte a percibir las señales secretas / que las cosas de la tierra emiten para ti». Nada es vano para el poeta, ni «el fuego blanco de la nieve», «ni el hielo con su fuego blanco», ni el insecto que vuela, ni la hoja que se lleva el río. El poeta es el intérprete, guiado por el asombro que el día le trae profusamente. Las cosas, el asombro emocionado y el deseo de poseerlas son labor del poeta que, al nombrar, se posesiona del mundo: «Nada es real si no podemos asirlo». Nombrar es crear, puede decir el poeta, como nos sugiere en parte Jesús Jiménez (Zaragoza, 1970) en su libro Frecuencias .
Se trata de extraer de las cosas sentidos ajenos a ellas. Todo puede ser signo por la acción humana: el paraguas negro acaba inquietando porque «bajo sus garras son ellos quienes nos llevan». No hace falta decir hacia donde nos conduce su traza luctuosa. La poesía necesita imaginación, pero también actitud reflexiva e inquisitiva para preguntar por el significado de una flor o por la relación del sujeto con el mundo, para hacerse preguntas que tienen rápida aplicación existencial: «Puedes ver cómo la nieve cae sobre la nieve, / suplantándola a cada instante? / También los hombres que fui caen en el tiempo / los unos sobre los otros, derrocándose». Corazón y cabeza: más de una vez el poeta alude a su acción mancomunada. Emoción y reflexión unidas para halar de la muerte. Es el tema persistente en el poemario Frecuencias. El tópico del tempus fugi t hacia lo inevitable. «Por mucho que madrugues, tu destino / siempre se levanta antes que tú». Hagas lo que hagas, alguien se te adelanta: el madrugador es «el que arregla los futuros imperfectos, / el que hace su agosto cada uno de noviembre».
Un nombre con el que hay que contar es Jesús Jiménez, un poeta de voz rotunda, de retórica noble, de fraseo declamable en el mejor sentido, con el contraste semántico como recurso habitual («Bajamos hasta las palabras en busca de agua limpia / y al cabo subimos con los labios llenos de barro»), con imágenes que renuevan la concepción existencial («La vida es sólo un error de cálculo en la cadena de montaje») y con términos que contrarían lo esperado: «Abísmate en París con solo lo estricninamente necesario».