El boom de la nanoliteratura
l. El relato tradicional ha ido adegalzando hasta agarrar lo esencial con lo imprescindible. luis mateo díez, josé marÍa merino y juan pedro aparicio han publicado en los últimos años un buen número de obras en las que dan todo el protagonismo a los microrrelatos
shirin neshat
Dicen que no hay noche más cerrada que aquella que alberga la propia tierra», cuenta Luis Mateo Díez en el microrrelato titulado Carburo , un ejemplo de literatura esencial, una historia poética esencial capaz de albergar en su seno cientos más.
Los escritores leoneses son grandes maestros del microrrelato, uno de los géneros que más ingenio precisan, un género que exige un oficio y talento fuera de toda duda, un género al alcance sólo de la brillantez y el oficio. José María Merino, Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio, Antonio Pereira... Todos ellos han practicado de manera magistral esta técnica literaria.
Sin duda, el microrrelato más conocido es el de Auguto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí», un ejemplo de cuento que para muchos colocó este género en el lugar que le corresponde y que, para otros, no responde a las expectativas que ha generado. Juan Pedro Aparicio bromeó con este cuento con uno similar, aunque con retranca: «Cuando volvió, el funcionario aún no había regresado».
Son muchos los que los consideran una extensión de las greguerías de Gómez de la Serna, y hay estudiosos que los asimilan a la versión occidental de los haikus japoneses. El microrrelato ha sido practicado por genios como Juan Ramón Jiménez, Borges, el citado Monterroso, Cortázar, Tomeo y, por supuesto, Chejov.
Destaca José María Merino que para cocinar un buen microrrelato son imprescindibles el humor, la ironía y la extrañeza. «La ironía sirve para dar al lector la perspectiva necesaria y la eliminación de lo superfluo. Como en el relato, hay que ir al grano, al meollo. Exige además movimiento, mudanza, ir de a a b». Asimismo, Merino advierte de que media coma de más puede matar un microrrelato. «Esa es su servidumbre. Se piensa que la brevedad y la originalidad son suficientes, pero es una enorme trampa. Ha de ser breve, pero tengo que relatar. No basta un chiste o una ocurrencia. Hay que contar»,
La profesora de la Universidad suiza de Neuchâtel Irene Andrés Suárez explica que el pionero en servirse de esta técnica con fines literarios fue Luis Mateo con Los males menores (1993). Le siguió José María Merino con Días imaginarios (2002) y Cuentos del libro de la noche (2005), mientras que Juan Pedro Aparicio se incorpora al género con La mitad del diablo (2002), obra en la que aparecen 136 microrrelatos.
Luis Mateo Díez ha confesado que en ocasiones escribía microrrelatos sin percatarse de que lo hacía. «Durante mucho tiempo los escribía, pero los guardaba», manifestaba. Finalmente, recopiló 38 de estas historias mínimas en Los males menores , junto a El álbum de las esquinas , que contiene otros siete relatos de más extensión. «Es un género de extrema dificultad y experimental, muy de escritores y para escritores», abunda Díez.
En Latinoamérica, el género se conoce con el nombre de minificción y, en un principio, la técnica fue una suerte de pasillo entre el poema en prosa y el cuento. Vicente Huidobro, César Vallejo, Augusto Monterroso Monterroso, Arreola o Denevi, con algunos de sus más rendidos practicantes.
Puede decirse que Azul , la obra de Rubén Darío es la hacedora del camino que luego transitarán otros muchos escritores. Con el modernismo, la literatura sufre una especie de tsunami estilístico que la llevará a construir sobre la perfección formal. De la musique avant toute chose... el ritmo se emplea para generar musicalidad y los poemas se convierten en fuente de evocación sensorial. La narrativa breve sufrió una clara influencia modernista, que en España se unió además a la vanguardia literaria de Ramón Gómez de la Serna, una de las figuras clave del cuento que, según explica Irene Andrés «consigue trasladar al lector inquietud y desconcierto. Para la profesora, se trata de un género que entronca con la literatura fantástica, denostada en España hasta los años 80, y los juegos intertextuales. «En una extensión mínima exploran vidas alternativas, la ficción contamina la realidad, hay sueños dentro del sueño y soñadores soñados y también una reelaboración de escenas y personajes de la literatura universal como hace Merino en La cuarta salida , al reescribir un fragmento de El Quijote», precisa. Asimismo, la investigadora asegura que es una escritura dirigida «a especialistas en lectura y nunca es fácil de interpretar», y subraya que el microrrelato apela a las referencias culturales de los lectores y «mete un mundo en pocas líneas».
Luis Mateo Díez encuentra en Kafka un gran maestro del microrrelato, a Merino, en cambio, fue una lectura de la infancia la que le descubre esa pasión, mientras que Juan Pedro Aparicio incorporó en su primer libro El origen del mono, dos cuentos breves, relegando al olvido otros que había escrito. «Me faltó osadía». Los ejes temáticos del microrrelato en estos autores giran en torno a las fuerzas maléficas (diablo, inquisición), la iglesia, el clero y el mundo celestial, la literatura y los escritores y la denuncia política y social. «Los problemas del hombre moderno se atisban detrás de la ironía y el humor lúcido y cáustico, que son una crítica amarga de la sociedad y sus formas de vida», destaca Andres-Suárez.
Juan Pedro Aparicio califica esta práctica narrativa de literatura cuántica: «La extensión es el aspecto distintivo de esta «literatura cuántica», un espacio reducido donde también priman la invención, la elipsis y el humor. «Los cuánticos —la unidad más pequeña e indivisible de la literatura cuántica— tienen un parentesco con la poesía, porque hay un componente importante de inspiración súbita», señaló Aparicio, quien también destaca «la complicidad entre el lector y el autor en las cosas que no se escriben pero se conocen».
El escritor es autor de tres libros de microrrelatos: El juego del diábolo, La mitad del diablo y Asuntos de amor. Aparicio ha confesado que los cuentos podían describirse como una autobiografía cultural de sí mismo. «Todas mis referencias están mejor expresadas aquí que en mis novelas largas —indica—, ya que al final muestras tu patrimonio de lecturas y obsesiones mucho más libremente».
En el tercero, publicado en el 2010, recoge casi todos los cuentos de amor que había escrito a lo largo de su vida, añadiendo 29 microrrelatos inéditos. Un ejemplo: «Era inmune a la picadura de las avispas hasta que se enamoró de una de ellas».