Diario de León

Cuando la reina Sofía era arqueóloga

l. Dos leoneses, un editor y una profesora de griego, rescatan el libro en el que la reina y su hermana descubren la ciudad de Decelia . La reina ha recibido El libro que ella y su hermana irene escribieron en su juventud, cuando eran arqueólogas y descubrieron la ciudad de decelia. el libro estaba perdido. Lo han rescatado dos leoneses: el editor y la traductora

Fotografía en la que la reina posa junto a Juan Manuel Martínez Valdueza y María Jesús Fernández Rodríguez. Abajo, la reina y su hermana en una excavación en Grecia

Fotografía en la que la reina posa junto a Juan Manuel Martínez Valdueza y María Jesús Fernández Rodríguez. Abajo, la reina y su hermana en una excavación en Grecia

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venancio iglesias
León

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Los libros no tienen alma, son alma desprendida de su asiento originario y vertida en signos enigmáticos (¿qué relación hay entre la tristeza y el sonido de la palabra?). Como las otras almas, las almas que llamamos libros tienen su propio destino. El autor, al darlas a la imprenta, siente que las abandona a su suerte, como cuando se envía un hijo a un lejano colegio extranjero. ¿En qué manos caerán? ¿Cuál será su destino? ¿Se morirán de frío y de moho en algún húmedo sótano? ¿Serán fuente de luz, espejo en el que se mirarán otras almas? Esa angustia por la obra la expresó muy bien Unamuno.

Todo es incierto cuando el autor finalmente las entrega a la estampa. Quiero relatar aquí uno de esos destinos espirituales que se ha dado a conocer en los últimos días. Un alma que ha permanecido en el anonimato y que repentina, milagrosamente, surge de la sombra del olvido (el olvido es ese mundo oscuro en que yacen las almas que no encuentra espejo). El libro se titula En Decelia.

Decelia es un demo, como un antiguo municipio, juntito a Atenas y unido a ella por el camino de Akarnas, donde se sucedían en la antigüedad diversos enterramientos entre los cuales dicen que estaba el de Sófocles y su familia.

Actualmente se encuentra el aeródromo de Tatoi y el Palacio Real desierto y abandonado. Todavía planea sobre su suelo la sombra de Atenea, la diosa del olivo y la inteligencia, pues Decelia es tierra de olivos. Tal vez el enfrentamiento de Atenea y Poseidón por el patrocinio de Atenas no ocurrió en la acrópolis de Atenas sino en la de Decelia, mucho más antigua. En ese lugar precisamente una entusiasta profesora de arqueología y dos excelentes alumnas se pasan, allá por los años cincuenta, largas jornadas escarbando el suelo con sus azadas, acopian restos de cerámica, los transportan hasta su casa, los limpian con amor, encolan dificultosamente las piezas y componen figuras de vasos antiguos, vasos rituales. Lecitos, lutróforos, hidrias, kilices y cálpides van saliendo de sus manos antiguas y casi infantiles. Su pasión investigadora las lleva por senderos abruptos, caminos casi impracticables, lugares calcinados por el sol y vientos helados. Catalogan los vasos que componen y los guardan con ternura en el pequeño museo del Rey Jorge I. Aquel museo que, con el Palacio del Príncipe y los bosques del alrededor, fueron destruidos por un devastador incendio «en días de furia» de 1916, aquel pequeño museo, digo, que fue reconstruido por el rey Pablo: las arqueólogas son las princesas de Grecia, Sofía e Irene y su profesora Theofanó A. Arvanitopoulou quienes, tras el inmenso trabajo de acopio y reconstrucción, redactan dos hermosos opúsculos publicados por la casa Real... Y colorín colorado. Los libros se perdieron por caminos ignorados.

Por los años 70, en Villaviciosa, un profesor —don Etelvino González— es invitado a la feria Internacional del libro de Frankfurt. Allá va con la editorial Naranco de Oviedo. De repente una manifestación antifranquista, aparece por la feria. El profesor se refugia en la caseta de libros que Grecia tiene en el recinto ferial.

cúmulo de Casualidades

Allí conoce a la representante griega en la Feria, Noria Cristoforiou, amiga de la preceptora de las princesas. Don Etelvino y su esposa viajarán invitados a Grecia y Noria Cristoforiou hará de guía. Antes de volver a España, Noria regalará a don Etelvino, doctor en filosofía y buen conocedor del latín y griego, un par de libros en rústica: Fragmentos Arqueológicos de Decelia y Miscelánea Arqueológica. Los libros acompañarán al profesor por diversos caminos y avatares, por distintos destinos de trabajo y mudanzas de todo tipo. Los conserva con todo cariño porque entiende que son una joya, pero pasan cuarenta años guardados en un sobre esperando como el arpa de Bécquer una mano que saque su música de las cuerdas.

María Jesús Fernández Rodríguez, catedrática de griego de León, se ha jubilado y baja con frecuencia a Villaviciosa donde tiene una casita de campo. La amistad con don Etelvino es fácil. El pueblo es pequeño y, en el bar Vicente, su esposo se reúne con él y un pequeño grupo de intelectuales... «Ah, tu mujer es de griego... tengo yo un libro interesante que me gustaría que lo viera porque podría traducirse...» ¡Casualidad! María Jesús toma el texto y se encuentra con un auténtico desafío. El griego... desgraciadamente en trance de extinción, el griego de las princesas es de una pulcritud y una elegancia extraordinarias. Es la lengua llamada kazarévusa , especializada como lengua científica, literaria y culta por excelencia. ¡Manos a la obra! No hay referencias de otras traducciones donde contrastar la propia. Es preciso conocer la lengua griega antigua y la moderna; conocer, al menos, rudimentos de Arqueología y su léxico, Historia Antigua y Moderna, Historia del Arte, mitología griega... Es preciso conocer la tierra, conocer el alma de la que el libro salió en el sentido mismo que Heidegger da al término «tierra». Decelia.

Reproducir lo que las autoras dicen no es fácil, pero lo verdaderamente difícil es la música. El tono, la emoción, la tensión narrativa, la elegancia de los períodos, el rigor de las descripciones y la retórica que asoma alguna vez con rara naturalidad. La pérdida de una lengua es una catástrofe. La pérdida de la kazarévusa casi promovida en favor de la lengua demotikí , tan hermosa también, es una catástrofe que podía evitarse.

En Astorga, Juan Manuel Martínez Valdueza y su esposa Catalina Seco, de la editorial CSED, que han conocido a la traductora y al dueño del libro, saben que es una buena oportunidad de dar a conocer un libro valioso. La idea de publicar la traducción del libro cobra forma. Es preciso tomar contacto con la Casa Real y solicitar su permiso. ¡Sorpresa! La reina no dispone de un sólo ejemplar de los libros. La obra hermosa de sus años juveniles volverá a casa. Se prepara pues la edición en facsímil y la edición en castellano de la misma bajo el título En Decelia que reúne los dos. Hace unos días, la traductora y el editor llevaron los libros a Palacio.

El alma ha vuelto a casa. La reina la recibe en facsímil griego de las manos de la traductora y en castellano de la manos del editor. En la memoria de esas dos mujeres de excelencia intelectual (Arvanitopoulou falleció hace tiempo) tiembla la emoción de los caminos juveniles, los dorados caminos de aquella extraordinaria aventura intelectual. Caminos de Decelia.  El alma de la joven Sofía y de la jovencita Irene y el alma de su preceptora han vuelto a casa y la casa se llena de nuevo de la alegría juvenil, de estar todos, de la copertenencia espiritual.

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