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Una vuelta por Cistierna

EN SUS PRIMERAS NOVELAS, marcos ordóñez SE PRESENTABA COMO NACIDO EN CISTIERNA POR HACERLE UNA GRACIA A SU PADRE, CONRADO ORDÓÑEZ DEL VALLE. DIVERGENTE

El escritor, periodista, crítico y profesor Marcos Ordóñez

El escritor, periodista, crítico y profesor Marcos Ordóñez

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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El padre, que sí era de la villa del Esla, fue primo del escritor Tomás Salvador y publicó al menos un par de novelas: Fuego en las cumbres (1952), sobre el maquis asturiano, y La calle del infinito (1970). También fue libretista de canciones y asesor de películas como Brigada criminal , de Iquino. Luego, se despidió con La línea divisoria. Memorias de un exiliado azul (1981), donde evoca la fractura de los años treinta, cuando le tocó recoger el cadáver de Calvo Sotelo, su evasión de la zona republicana, el breve exilio y su regreso a España. Un texto revisionista, fruto de la amargura, que carece de la amplitud y nobleza de Camaradas 74 (1975), la catarsis de su primo Tomás Salvador sobre la patulea de ex combatientes.

Marcos Ordóñez es narrador, periodista cultural y profesor universitario. Su obra combina novelas, libros de relatos, ensayos y un conjunto de acercamientos biográficos que esclarecen la aventura literaria, del cine, el teatro y la música en la posguerra: Gato Pérez (1987), De aire y fuego, las memorias de Nuria Espert (2002), Beberse la vida: Ava Gardner en España (2004), Ronda del Gijón. Una época de la historia de España (2007) y Alfredo el Grande: vida de un cómico (2008). Ordóñez desliza su narrativa desde las claves más convencionales, como ocurría sobre todo en El signo de los tiempos (1988) y A cualquiera puede sucederle (1990), hasta Una vuelta por el Rialto (1994), relato de corte cinematográfico que bucea en el desasosiego del escritor ofuscado y en su malestar con el entorno literario. Si en la novela anterior ya hacía balance de su paso por el internado, aquel áspero «nido de cuervos» tan opuesto al cálido recinto de los abuelos, en Una vuelta por el Rialto el eje es su padre, el viejo húsar encerrado con los exvotos imperiales, carteles y fotos azules, que son las reliquias de su tiempo feliz. A esas alturas, ya ha leído sus memorias y puede calibrar mejor lo que significó en su vida. Pero no sólo mira hacia atrás. También repasa de forma implacable su recorrido de joven creador, mientras arremete contra los trucos de Muñoz Molina para engordar y multiplicar la nada.

ESCALAS DE LA MEMORIA

Sus novelas siguientes, Rancho aparte (1997), Puerto Ángel (2000), Tarzán en Acapulco (2001), Comedia con fantasmas (2002), un homenaje cargado de emoción al teatro español de posguerra y a sus protagonistas más célebres y descabalados, o Detrás del hielo (2006) recogen el progreso de un escritor torrencial y en ebullición, con evidente destreza para el manejo de los recursos narrativos. Son novelas que se leen con gusto, a las que no les pesa el paso del tiempo y cuyo universo temático nos remite intermitentemente a la Barcelona de la educación sentimental del autor y a sus pasiones: el cine, la música, el teatro. Siempre la ciudad mediterránea y sus espejos como fondo de peripecias a menudo extraviadas. Y también la deriva generacional de unos jóvenes que lo apuestan todo en la búsqueda de un rancho aparte para su singularidad.

Turismo interior (2010) reúne tres historias que enlazan aquellos excesos con su legado de incertidumbre y constituye la prueba de madurez de Marcos Ordóñez como narrador. Ya no son tentativas, sino tres magníficas muestras de talento creativo. Esto no está pasando es un viaje a la noche barcelonesa plagada de personajes esperpénticos, mientras Como un policía en un país extranjero constituye un alarde en la reconstrucción de la ciudad anterior al sofoco nacionalista. Una pieza maestra del relato. Gaseosa en la cabeza es un texto tremendo y sobresaliente. En realidad, constituye el tercer peldaño en la autobiografía de Marcos Ordóñez: recoge sus ataques de pánico, miedos y alucinaciones en el cambio de siglo. Una incursión en el subsuelo de la incertidumbre, que abarca a su propia obra, donde aparece de nuevo la figura del padre, policía y escritor frustrado, un escenario sobre el que emerge la fiesta de la cultura, que a menudo no pasa de simple apariencia. Se trata de una confesión en la que no falta el humor negro, pero que engancha por los destellos de su escritura: ágil, vibrante, seductora, permeable.

UN JARDÍN ABANDONADO

El vuelo de la memoria muestra en su último libro una evocación luminosa y placentera, llena de ternura y humor, sin ajustes de cuentas. La pesquisa, alentada por los apuntes grabados a la madre y asistida por los recuerdos de la hermana, asciende en la genealogía familiar asturleonesa y catalana. El abuelo Marcos, de Villada, y la abuela Feliciana, que recalan en Cistierna, donde nacen su padre (1911) y sus tíos. Luego, el traslado a Madrid, donde la abuela se reencuentra con Josefina Blanco, la mujer de Valle Inclán. Las voces del recuerdo se van pautando en estaciones. La abuela materna perdió un brazo en un bombardeo y es vecina de Raquel Meller, mientras el abuelo sucede en el piano de los Vieneses al músico leonés Evaristo Fernández Blanco, que parte de gira por América con la compañía de variedades Rambla. Las evocaciones del abolorio se hacen más palpitantes cuando los recuerdos afectan a la propia memoria, los sesenta de una Barcelona rebosante de vida. Un testimonio primoroso de infancia y aprendizaje en el bastidor de la familia.

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