poesía

Los mapas de la maldad

Nos mira la piedad desde las alambradas Marifé Santiago Bolaños Olifante, Zaragoza, 2013. 98 pp.

Publicado por
josé enrique martínez
León

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En agosto de 2011 un grupo de poetas visitó Auschwitz. Entre ellos iba Marifé Santiago, que entendió que aquel silencio opresor no podía traducirse más que en palabras frente. «Las palabras son saetas, hieren con precisión, sin excusas ni rodeos. Pero en su manifestación, se ofrecen como una plegaria que atraviesa todos los símbolos y se detiene en la humanidad en carne viva». ¿Y para qué la palabra hundida en el dolor? «Para que los ponzoñosos rostros del terror y la humillación, sean cuales sean sus magnitudes..., no puedan cerrarle los ojos, nunca y en ningún caso, a la voluntad de respeto y voz». Y también para salvaguardar la dignidad humana pisoteada, para no olvidar, para responder con un fondo de piedad, para poder llorar. Eso y más representan los poemas de Nos mira la piedad desde las alambradas . Entre los rostros asesinados de las alambradas, están los de las mujeres, preocupación permanente en los escritos de Marifé Santiago: las mujeres oprimidas, esclavizadas, prostituidas, silenciadas, etc. De ahí el comienzo: «Llegué hasta el lavabo donde las mujeres se desnudaban antes de ser asesinadas». Se trata de «poner palabras al temblor», al llanto, a la piedad recíproca. También acaso de alzar sobre el dolor, por difícil que sea, el ramo de la Belleza en su más extenso y excelso sentido.

Algunos de los poemas son breves, como instantáneas para lograr el efecto inmediato de un detalle ominoso o significativo. Testifican a golpe de palabra, momentos de la crueldad humana: «Eran para 52 caballos y no para 400 prisioneros». Otros poemas son más extensos, pero no menos intensos, como el que comienza: «Para ti, vendedora de flores de Bucarest», que evoca distintas figuras en su vida ordinaria antes de ser asesinadas en número de 3000, todos gitanos, en la noche del 2 de agosto de 1944. Diferentes poemas relatan escenas de espanto y crueldad inconcebibles sin que falten otros de piedad frente al mal en estado puro. Pensar y sentir son en estos poemas un acto único. Pensar y sentir la culpa, pensar y sentir el dolor y la tristeza evocando fantasmas que fueron reales. No falta, finalmente, el símbolo de lo leve en la abyecta memoria de la crueldad humana: la mariposa blanca, el canto de los pájaros... En el territorio de la más ominosa postración, el símbolo es un ala de esperanza, difícil, porque difícil es concebir el breve esplendor de la flor sobre un estiércol de sangre y muerte.

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