La generación beat en Claraboya
recuerdos
E mi infancia me resultaba misteriosa la palabra claraboya. Sobre todo al recordar un momento de los comienzos del verano. Nuestra cocina tenía una hermosa claraboya que, en mi visión infantil, alcanzaba alturas de bóveda gótica transparente que inundaba de luz toda la estancia. Luz brillante, no como este texto que ofrece el Diccionario de Autoridades: «Tenía un género de claraboyas o ventanas pequeñas, que daban penada la luz». En la casa de mi infancia en Amatos, con la llegada del verano, la luz no entraba «penada»; entraba cegadora, a raudales. Tan cegadora que era necesario cubrirla con un paño de lienzo crudo. Pero el verano llegaba a su final y, retirado el lienzo, la luz no era la misma. Entonces, sí, la luz llegaba «penada», con la pena de la que la imbuía el final del estío.
Vivencias
La segunda vez que oí el término claraboya en tono familiar fue en «Las Caballerizas», el bar de la facultad de Letras en la Salamanca universitaria de los años sesenta. Próximo al Palacio de Anaya (en los bajos de la Hospedería, lo que fueron caballerizas del Palacio) las caballerizas se habían transformado en un bar de recios muros con bóveda de ladrillo visto. También tiene ventanas a la calle, pero no son claraboyas. Pero sí fue, en efecto, una claraboya cultural la revista que me regaló una chica leonesa culta, guapa y muy moderna. Muy progre decíamos antaño. Era hermosa y muy aficionada a todo lo relacionado con los libros. Naturalmente se llamaba Camino. Era feliz en Salamanca, pero no podía olvidar sus tierras de León. Tarareaba una canción muy evocadora: «Vamos a León, / que la catedral tiene la luna y el sol». Hace pocos años vino a mi recuerdo el estribillo, provocándome los efectos de la magdalena proustiana. Y fue posible el milagro: Don Teodomiro, el director de la Coral Isidoriana, me facilitó la partitura. Pero volvamos al camino de Salamanca. Camino era una apasionada de los libros y estaba feliz en Salamanca, pero echaba de menos el acceso a la cultura más moderna ¡Había pasado dos veranos en Inglaterra! Nuestros grandes maestros de la Salamanca de los años sesenta le embebían el sentido con sus clases magistrales, pero…no le descubrían los caminos modernos de la literatura. Camino me habló de la Generación Beat, de la cultura beatnik. De Gissenberg, de Kerouak…
-—¿No te suenan esos escritores? -preguntó sorprendida.
—No tengo ni la más remota idea -contesté sincero.
—Parece mentira. Tengo que enseñarte algo. Te traeré una revista de mi pueblo, para que veas lo que se hace por las tierras de León. Algo moderno de verdad
—No me digas más; un ejemplar de Espadaña - repliqué alborozado - Nos han hablado de ella en clase hace unos días.
—Angelito mío, -me dijo frunciendo el morro- qué clasicones sois los charros. Mañana te espero aquí a las cinco. Además, estás invitado al café.
Nostalgias
Nos vimos de nuevo en «Las Caballerizas». En una carpeta, cuidadosamente envuelto me traía el número 14 de Claraboya (abril-mayo de 1967). En formato casi cuadrado, la revista llamaba la atención por su sencillez.
— Tolle, lege, como decís los que sabéis mucho latín, pero no sabéis inglés. Eso es cultura moderna, para que te enteres. Mira a ver cuántas revistas en España hablan de una cultura tan actual. Ni Espadaña siquiera, y ya es decir. Puedes llevártela, es un regalo.
Ojeamos la revista. Camino la sabía casi de memoria.
—Fíjate en su modernidad. Marcos Ricardo Barnatán (¿te suena de algo?) habla ya de «La poesía beat» e incluso ofrece una biografía de los poetas «beatniknis». Y mira ese artículo, no se ha publicado otro como él en España: Allen Guisberg, Laurence Ferlighetti, Gregoy Corso, Jack Kerouak. Y dos textos de Kerouak. ¿Qué más se puede pedir a una revista de provincias?
Camino me pareció más guapa. Se atusó el pelo.
— No me digas que no es una novedad el estudio de Ignacio Gómez de Liaño sobre Allen Ginsberg. Para que veas cómo trabajan los de mi pueblo. No nos hace falta universidad. Nos basta casi con la Cultural. A todos esos, los coordinadores, los conoce mi padre: a Agustín Delgado, a Luis Mateo Díez, a Ángel Fierro y a José Antonio Llamas. Son gente muy culta y, sobre todo, muy moderna. Han avanzado mucho respecto a las antiguallas de Espadaña
Atardecía. Salimos a pasear. Al entrar en el Patio Chico Camino se cogió de mi brazo. Bajamos al Puente Romano. El Lazarillo parecía observarnos. Camino me dio un beso. Yo llevaba Claraboya cogida con cariño, como a Camino.
Nunca supe nada más de ella, pero aquel ejemplar de Claraboya sigue iluminando mi biblioteca, dando vida a mi sección de «Autores leoneses». Su luz empieza a entrar apenada, como decía el Diccionario de Autoridades. En efecto, es una gran revista. Se comprueba mejor su importancia cuando han pasado cincuenta años.
No hace mucho le conté a Luis Mateo la experiencia con Camino. Me dijo que no la conocía. Se echó a reír a carcajadas.
—Hay que fastidiarse - comentó- ¡Qué pardillos erais los de Amatos!