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El guardián de la memoria
RAMÓN CARANDE (1887-1986) RECIBIÓ AL FINAL DE SUS DÍAS EL PRÍNCIPE DE ASTURIAS QUE LO RECONOCÍA COMO PIONERO DE LA HISTORIA ECONÓMICA EN ESPAÑA. PERO LA VERTIENTE MÁS JUGOSA Y LIBRE DE SU OBRA LA FIRMÓ COMO REGINO DE ÉSCARO, SEUDÓNIMO QUE VINDICA SU ORIGEN FAMILIAR EN LA MONTAÑA DE RIAÑO. divergente
Una autoridad en cuanto a historia económica, Ramón Carande
Su longevidad le permitió a Carande hacer los deberes con tiempo. Fue catedrático de universidad desde 1916 a 1957, académico de la Historia en 1948, después de superar tres años de veto ministerial, militante de UGT y consejero del Banco Urquijo, fundador de la Agrupación al Servicio de la República (junto a Machado, Ortega, Marañón, Pérez de Ayala y los leoneses Publio Suárez Uriarte o Justino de Azcárate), consejero nacional de Falange en los cuarenta (mientras estaba depurado y apartado de su cátedra) y antes miembro del Consejo de Estado de la Segunda República. Así que puede concluirse que no fue un historiador de silueta difusa o escurrida.
BAROJA EN ÉSCARO
La vertiente memorial de su obra, a cuyo recuento dedicó los afanes de madurez, evoca la raíz leonesa de los Carande, que nunca perdieron la contraseña de su origen. El primer paso fue su traslado a Éscaro. No fue un viaje muy largo, pero a su tatarabuelo Cruz lo recibieron allí como Carande, porque había subido desde el pueblo que siglos más tarde logró librarse del embalse. Con la carlistada, Éscaro fue escenario de una batalla sangrienta, en 1836, entre las tropas de Espartero y de Gómez, en la que participó su bisabuelo Manuel Carande, general de carabineros isabelino. Los frutos de aquella campaña le dieron al bisabuelo un botín con el que compró en la desamortización el monasterio y las tierras de Nogal de las Huertas, primer ejemplo del románico palentino, que sigue siendo de los Carande.
Antes de ser anegado, Éscaro entró en la literatura de la mano de Pío Baroja, quien en 1935 repasó en la revista Estampa la expedición del general carlista Gómez, buscando el rastro de sus andanzas, que se prolongaron durante medio año. Don Pío hizo el viaje con un chófer y un fotógrafo y le gustó tanto la gira que empieza la serie lamentando no haber frecuentado más el género por falta de encargos. El texto es una delicia. Recorre las Merindades, Cantabria (donde atribuye el erotismo románico de Cervatos a «un Óscar Wilde de la época o un Marcel Proust»), la montaña palentina con los pantanos del Carrión, y Riaño con sus valles caudales. «Éscaro —escribe don Pío—, es una pequeña aldea encerrada en un valle estrecho, cercado de cerros y de montes con robles y hayas. Es un lugar un poco sombrío. Tiene muchas casas cubiertas de chamizo. Antiguamente la iglesia estaba en un altozano próximo, y, sin duda, se derrumbó y no quedó de ella más que sus paredes destruidas y el cementerio. Quizá la ruina comenzó tras de la lucha de las tropas de Espartero contra las de Gómez. Quedaron también en el altozano dos campanas, que colocaron en medio del campo colgando de una viga sostenida por varios postes».
Esta remota memoria familiar la rescata Carande para sus hijos en tres cuadernos sucesivos con cuya escritura entretiene la reclusión bélica: Recuerdos de mi infancia (1987). Pero su obra mayor es Galería de raros atribuidos a Regino Éscaro de Nogal (1982), que proseguirá la póstuma Galería de amigos (1989). Completa el recordatorio Personas, libros y lugares (1982). Entre todas sus evocaciones, destaca el retrato impagable del ágrafo leonés Laureano Díez Canseco (1860-1930).
DE LA REPÚBLICA Y DE FALANGE
De chaval, Carande estudió en el colegio marianista de París y más tarde en Alemania. Antes había coincidido en Carrión con Ramón Gómez de la Serna. A su regreso de Alemania, donde estuvo becado tres años por la Junta de Ampliación de Estudios, su maestro Flores de Lemus lo orientó hacia la Historia Económica. Ya en la cátedra de Sevilla, entre 1921 y 1923 volvió a Berlín y Friburgo, antes de ser rector en 1930. Tres años después, declinó la oferta de Azaña para ser ministro de Industria y Comunicaciones. Reunió una documentación exhaustiva sobre la hacienda de los Trastámara, pero toda aquella labor y su biblioteca la destruyó Queipo, al ocupar su casa de Sevilla. Pasó la guerra en Madrid, recluido después de diversos avatares en un chalet de la Ciudad Jardín con José María de Cossío, que remataba la enciclopedia los Toros. Cañabate cuenta cómo los ganaderos del entorno les hacían llegar al principio carne para su sustento.
LOS CHAPINES DE LA EMPERATRIZ
Separado de la cátedra, ocupó los primeros años de la posguerra en el Archivo de Indias para preparar la trilogía sobre Carlos V y sus banqueros , que marca la cumbre de la historia económica de España. El primer volumen se publicó en 1943 y los dos siguientes en 1949 y 1967. La versión canónica y revisada de esta cima de la historiografía española vio la luz en 1987, editada por Crítica con apoyo de la Junta. En sus páginas nos muestra a un emperador arruinado, que urge al marqués de Villafranca del Bierzo, entonces virrey en Nápoles, para que encuentre un comprador discreto y fetichista de los chapines de la emperatriz difunta. Los alardes imperiales habían generalizado la ruina.
Los primeros seis años de posguerra alivió su separación de la cátedra como consejero de Falange y miembro del Instituto de Estudios Políticos. Don Ramón era terrateniente extremeño y ese matiz distraía los reparos más severos. Así que después de su reposición en la cátedra, le llegó la academia y más tarde los reconocimientos de universidades extranjeras y nacionales. Y sobre todo, el tiempo para desgranar los episodios de su memoria centenaria.