«Nos pareció tanto como entrar en el Paraíso»

l. Los hermanos Martín Artajo realizaron un viaje de Madrid a Compostela el año 1926, acompañados por los hermanos Solana.

Imagen antigua de la Plaza Mayor de Astorga; debajo, Alberto Martín Artajo

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alfonso garcía
León

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Con un sesgo fundamentalmente de carácter peregrino en su auténtica acepción, aunque no exclusivo, los hermanos Javier y Alberto Martín Artajo, apellidos muy vinculados a la política española del franquismo y que dieron origen a no pocos chascarrillos populares, realizaron un viaje de Madrid a Compostela el año 1926. Les acompañaron, aunque no durante todo el recorrido, los hermanos Rafael y Luis Solana.

Javier Martín Artajo tardó en publicar el libro. Lo hizo con motivo del Año Santo de 1954, con prólogo del erudito agustino P. Félix García, un lujo para el momento. En 1976 apareció la segunda edición en la madrileña Editorial Católica.

En el inevitable recorrido por nuestra provincia, hacemos aquí algunas referencias. Ya se sabe de la existencia del título y corresponde ahora al lector alargar, o no, su lectura.

En La Bañeza estuvieron a punto de ser detenidos los peregrinos. Al parecer, una confusión. Pero en el acontecimiento queda clara su altanería al observar al teniente que debe pedir informes al gobernador de Madrid, don Carlos, que, apunta, «era y es —a Dios gracias— nuestro padre». No obstante, lo más destacado de lo que cuentan de la ciudad es la regidora de la fonda, «la Cachipola»: «Buena moza —observa—, con mucho remango, que al vernos llegar hambrientos y cansados en demasía, marchó al corral, cogió por las orejas el conejo más grande, y poco después, descuartizado y con gran acompañamiento de patatas, nos lo servía humeante; debería estar, sin duda, duro y seboso, pero nos pareció más suculento que un faisán emborrachado».

«Muela postiza en dentadura envejecida»

De La Bañeza a Astorga, «presumida y con razón, adornada con perifollos de verdor y erguida la peina de su catedral…».

Astorga es una de las referencias más notables en los apuntes de viajeros por la provincia. Y en la ficción literaria. Y es que, claro, algo tendrá el agua cuando la bendicen. «Dos encantos tiene Astorga que suscitan nuestra admiración —pone de relieve el peregrino hacia Compostela—..., aparte de las mantecadas, claro está: los monumentos y las chicas; al fin y al cabo, unos y otras son meros prodigios de estética logrados por la línea…».

Monumentos y chicas. De los primeros, dice, «contemplamos por la mañana la vieja catedral y el nuevo palacio episcopal de Gaudí —muela postiza en dentadura envejecida—...». De las segundas: «Al caer la tarde fuimos al paseo giratorio en derredor de las murallas, y mentiría si no dijese que nos gustó ser blanco —acaso por estar tan negros— de la curiosidad de aquellas guapísimas muchachas astorganas». Y, quizá entre la resignación y la despedida, apunta: «Pero ni los monumentos ni las chicas pueden ocupar lugar alguno en el corazón del peregrino; tampoco en sus memorias; por eso no me detengo en exhumar las glorias de los primeros ni en ponderar la belleza de las segundas; sigamos caminando...».

«…entrar en el Paraíso»

Efectivamente, caminando «habíamos llegado al Bierzo, que nos pareció tanto como entrar en el Paraíso». El Bierzo, además de ser «la cuna del monaquismo hispánico», tal como subraya, es «un vergel lleno de color y de vida; sus huertos están cuajados de hortalizas y rellenos de frutales; en su campiña ha brotado por primera vez para nosotros el árbol ideal: el castaño; es acaso el único árbol que por sí solo es frondoso… el castaño lo consigue con sólo abrir su copa verde, esmaltada con ramilletes de flores o cargada de frutos tentadores, a medio abrir. El castaño es la consigna que en el Bierzo se recibe para poder pasar a Galicia o Asturias».

Hay apuntes sobre diversas localidades bercianas. Como el espacio siempre impone sus límites, apenas dos apuntes. Sobre la minería y sobre las gentes.

En cuanto a la minería «bajamos —habla del puerto del Manzanal— resbalando por la escurridiza ladera; de trecho en trecho, las minas de carbón abren sus bocazas negras y vomitan el escombro de áridos sin digerir; estas escombreras llegan hasta el lecho del torrente y le fuerzan a torcer su curso». En Torre pensaban dormir, pero «los mineros —y no sé si la advertencia es positiva o despectiva— se sucedían, por relevos, en las camas de las fondas, sin dejarlas enfriar».

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Respecto a los bercianos, la deducción sacada de la feria de San Pedro de Bembibre, que congrega en su plaza a los vecinos de todos los pueblos comarcanos: «El tipo de estas gentes es muy diferente del castellano: son robustos, más bien bajos, y hay muchos rubiatos; visten con traje de pana, en mangas de camisa y con la chaqueta al hombro. Las mujeres llevan, casi todas, un pañolón de los más variados colorines y faldas acampanadas; unos y otros hablan un galimatías un tanto plañidero y refunfuñón».