josé vicente pascual escritor

«Sin Blas de Lezo, Vargas Llosa hablaría en inglés»

«Hemos quedado libres de estos inconvenientes», escribía Lezo al virrey una vez derrotados los ingleses

El escritor madrileño ha ganado el I Premio Hispania con su nueva novela sobre el almirante Blas de Lezo

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emilio gancedo
León

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Lo dijo Sebastián de Carlo en 1889: «Se le he ha temido más en Inglaterra que recordado en España». Pese a lo descomunal de su figura, la figura del marino guipuzcoano Blas de Lezo apenas se ha divulgado en nuestro país, y eso que épica no le falta. Conocido como Pegleg Admiral (‘almirante Pata de Palo’) por los ingleses, su defensa de Cartagena de Indias cambió el curso de la historia e puso fin al sueño británico de una América enteramente anglosajona. Ahora, el escritor madrileño José Vicente Pascual —de intensa relación con la montaña leonesa, no en vano hizo leonés al protagonista de La hermandad de la nieve — novela la intensa vida de Lezo en Almirante de Tierra Firme (I Premio Hispania de Novela Histórica).

—¿Qué fue lo que le movió a explorar literariamente la vida y singladuras de Blas de Lezo?

—Hay personajes en la historia que tienen su propio pálpito literario, bien por la personalidad que los sustenta, bien por lo singular de sus hechos. En el caso de Lezo me llamó la atención una aparente contradicción, casi una paradoja: cómo un militar experto y disciplinado como él, comandante general de las tropas de mar y tierra en el reino de Nueva Granada en 1741, se empeña en una acción que a cualquiera le parecería descabellada: resistir a toda costa y repeler la invasión inglesa, cuya fuerza estaba integrada por la mayor escuadra conocida hasta entonces en la historia de la humanidad, su número de soldados era el contingente de infantería de marina más poderoso del que se tuviera noticia, y su potencia artillera tan arrasadora que hasta un siglo después, en la batalla de Gettisburg, no se produjo un bombardeo de calibre semejante en territorio americano, ni ha vuelto a producirse. Blas de Lezo contaba con 3.200 hombres entre soldados de la corona, milicias criollas y marinos, seis naves y unos pocos cañones para defender Cartagena de Indias. La lógica militar y el sentido común, en este caso, aconsejaban pactar unas capitulaciones decorosas. Sin embargo, Blas de Lezo organizó y dirigió una defensa tan certera de la ciudad que la armada inglesa, bajo mando del presuntuoso almirante Vernon, se retiró desarbolada, con los barcos llenos de heridos y moribundos y sembrando las aguas del Caribe con los cadáveres que iban arrojando por la borda en su retirada hacia Jamaica. Todo esto no es producto ni de la lógica ni de la casualidad, sino de una irreductible, casi temeraria ‘voluntad de ser’. Con esta materia sí es posible hacer literatura, aunque hay que cuidarse de no caer en la retórica vana ni en la épica desaforada. La literatura sirve para humanizar a los héroes, no para recalcar su apariencia de estatuas.

—Si tuviera que escoger un hecho o una frase que, de forma significativa, refleje la forma de ser de Lezo, ¿cuál sería?

—En su diario de campaña, Lezo tiene una frase memorable. Cuando la armada de Vernon levanta el cerco sobre Cartagena de Indias y se marcha derrotada, escribe al virrey Sebastián Eslava, comunicándole que «hemos quedado libres de estos inconvenientes». La frase describe maravillosamente la forma de ser de Blas de Lezo, a quien los ingleses temían como al mismo diablo. Denota que bajo aquel cuerpo medio destrozado por los percances de la guerra (era cojo, manco y tuerto), latía el espíritu indomable de un soberbio guerrero.

—¿En qué momentos concretos de su vida se ha fijado?

—La novela arranca tras la retirada de la armada de Vernon en mayo de 1741. Aquellos meses posteriores a la victoria fueron muy difíciles para Lezo, debido a su malquistamiento con el virrey Eslava. Como toda novela debe tener su voz narradora, he buscado la de un sirviente en casa del marino, un ficticio Miguel Santillana, antiguo contrabandista indultado tras alistarse para la defensa de Cartagena de Indias. Este Miguel, vivaz y astuto y algo pícaro, se encargará de llevar a cabo delicados encargos de su señor el almirante. Creo que da el contrapunto a la imagen legendaria de Lezo, desmitificándolo y presentándolo tal como su servidor lo ve: un hombre valiente y digno aunque lastrado por el dolor ante la ingratitud del virrey. Y enfermo, muy enfermo. Herido durante los combates y moralmente muy ‘tocado’, apenas sobrevivió unos meses al cerco de Cartagena y, desde luego, no pudo disfrutar ni un solo día las mieles de su gran victoria.

—¿Cómo hubiera sido la historia posterior si Blas de Lezo no hubiera nacido?

—Hablemos sobre las consecuencias previsibles de la invasión inglesa de Cartagena de Indias si no hubiese topado con Lezo: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa escribirían en inglés. Esto no es una boutade ni por lo remoto. El plan de Jorge II, rey de Inglaterra, era conquistar el imperio español en América, estrangulándolo en ‘Tierra Firme’, es decir, la actual Colombia y Venezuela atlánticas, y Panamá. De tal forma, refundaría una inmensa civilización británica y, por supuesto, anglicana, bajo su absoluto dominio, tanto económico como político y religioso. Inglaterra pasó todo el siglo XVIII combatiendo contra España por el control de América, y al final ellos se quedaron con Jamaica y Barbados y España con un imperio que alcanzaba desde Tierra de Fuego a las costas de Alaska en la vertiente del Pacífico, y hasta Florida en la zona atlántica. Esa es una realidad histórica, como también lo es que esta supervivencia de lo hispánico en América se debió a la abnegación y esfuerzo de muchos individuos, españoles, criollos y nativos. Lezo fue uno de los más destacados, pero no el único. Es importante señalar la dimensión colectiva de aquellos afanes.

—¿Por qué cree que su vida resulta tan poco conocida y valorada en España?

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—Desde hace bastante tiempo se está revalorando la figura de Lezo y de otros grandes militares, políticos, marinos y científicos españoles del siglo XVIII. Es una tarea ardua porque aquel siglo, por razones que sería largo de precisar, ha tenido ‘mala prensa’ durante mucho tiempo, probablemente porque culminó con el agotamiento del imperio y la invasión napoleónica. Pero esto no es razón para olvidar el aporte de muchas personas de enorme valía en aquella época, desde el astrónomo y geógrafo Antillón al navegante Malaspina; y mucho menos para denigrar un siglo que desde el punto de vista meramente geopolítico fue el de mayor expansión territorial del imperio y con más notable influencia española en territorios remotos, como el extremo oriente y la Micronesia. Por cierto, no sé si sabe usted que en aquellos océanos, muy cerca de Australia según se mira el mapa a la derecha, hay cuatro archipiélagos que siguen siendo territorio español; islas conquistadas por nuestros marinos del siglo XVIII y que todavía nadie ha arrebatado a España. Micronesia española se llama esta rareza, rara herencia de valientes hombres de otra época. Y de otra pasta.