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La novela de El Greco
DOS PREMIOS INTERNACIONALES DE CINE Y EL ATENEO DE NOVELA SELLARON LA INTENSA RELACIÓN DE JESÚS FERNÁNDEZ SANTOS CON TOLEDO Y CON EL GRECO (1541-1614), CUYO CUARTO CENTENARIO RESCATA DEL OLVIDO A SU NOVELA EL GRIEGO (1985). divergente

El escritor Jesús Fernández Santos
Después de Libro de las memorias de las cosas (1971), la aventura de los protestantes de Jiménez de Jamuz que cierra el ciclo intimista de su obra, Jesús Fernández Santos da un giro hacia el relato histórico, género que en su caso no construye decorados de artificio, sino que bucea el pasado para explicar y entender el presente. Sus novelas históricas aprovechan a menudo labores de documentalista con una solvencia que se añora desde que el señuelo de la historia se acreditara como pasaporte de éxito comercial.
PIONERO DE LA NOVELA HISTÓRICA
Desde mediados de los setenta, la novela histórica se convierte en su forma de acercamiento literario a la realidad. Lo hace manejando con destreza la documentación, a cuyos materiales aplica una escritura narrativa, de manera que sus novelas del género no guardan parentesco con los centones que estos años saturan las mesas de novedades. Fernández Santos siempre sostuvo que sus novelas históricas ofrecen peripecias de hoy contadas en otro tiempo. De ahí, sin duda, determinadas audacias, como el lesbianismo conventual de Extramuros o la relación abierta entre el pintor, su mujer Jerónima y el discípulo Preboste en El Griego .
Entre sus asuntos narrativos, sobresalen los que brotan de la memoria personal en la montaña del Curueño, un escenario que funde recuerdos, referencias históricas y ensoñaciones en La que no tiene nombre (1977) o Los jinetes del alba (1984; en 1990, Vicente Aranda la adaptó a una serie televisiva). Ahí está el territorio literario del autor, en el que culmina su obra con una novela ya deshilachada por el deterioro creciente de la enfermedad: Balada de amor y soledad (1987). En 1986, Historia de la Dama da una nueva vuelta a las aventuras y desventuras de Juana García de Arintero. Son relatos en los que el paisaje adquiere una relevancia creciente, que contrasta con la fugacidad de los personajes, desde el dominio de las Hoces, donde están las Caldas, hasta la frontera de las nieves, donde se produjo su último extravío. Pasan los días y caen sus héroes, pero aquel paisaje acredita su capacidad de vencer a la muerte.
LOS MATICES DEL MALVA
Extramuros (1978) marcó su gran éxito, al sumar el reconocimiento de los premios Nacional de Literatura y Ciudad de Barcelona a la multitud de lectores que secundó la campaña Las Cuatro Estaciones, de Argos Vergara, editorial que lanzó la novela. Siete años después, Miguel Picazo la llevó al cine con Carmen Maura y Mercedes Sampietro de protagonistas. A partir de entonces, los premios y un prestigio creciente respaldan la secuencia de sus títulos. En 1981, publica Cabrera , sobre los desastres de la guerra de Independencia, que deriva en el confinamiento de un pelotón de perdedores en aquella isla mediterránea. Al año siguiente, Jaque a la dama obtiene el Planeta. Por entonces tuvo sus tentativas a la Academia, selladas con un doble fracaso. En junio de 1983, compitió con Benet y Castillo Puche, sin que ninguno de los tres mereciera el ingreso. Un año más tarde, él y Castillo serían relegados por Areilza, después de que Benet abandonara el intento. Su apoyo fue Delibes, que no iba por allí, una vez con Halcón y Díez Alegría, y la otra con Bousoño y Manuel Seco. Ni Benet, ni Fernández Santos: Areilza. Qué país.
UN PINTOR, UN RÍO, UNA CIUDAD
El punto de partida de El Griego (Premio Ateneo de Sevilla 1985) fueron unos documentales sobre el pintor y la ciudad de Toledo premiados en Italia. Su relato discurre en 52 capítulos breves que combinan la ficción con los episodios históricos, cuyo transcurso va desde 1577 a su muerte. En ese proceso emergen como hitos el regio rechazo a sus cuadros para El Escorial, el naufragio de la Armada Invencible y la muerte de Felipe II. La novela indaga en el misterio del pintor cretense, cuyo enigma desvelan sus cuadros y enriquece la ciudad de Toledo.
A pesar de la dimensión del pintor, no puede olvidarse que pasó tres siglos prácticamente recluido en el olvido. Su rescate empieza en la segunda mitad del diecinueve con los viajeros franceses Gautier y Manet, el precursor del Impresionismo. El acicate del tercer centenario volcó el interés hacia El Greco. En 1907 publica Bartolomé de Cossío su monografía canónica y en 1911 el marqués de Vega-Inclán inaugura en Toledo su casa y museo, asesorado por Cossío, como haría cuatro años después para Cervantes en Valladolid.
El aliciente centenario convierte a El Greco en la figura más apreciada por los escritores del fin de siglo. Baroja se muestra seducido por sus «almas de sombra, almas del misterio de la duda». Al tiempo, el pintor Zuloaga muestra en su estudio parisino los Grecos de su colección, disparando la pasión de Rilke, que sigue su rastro hasta Toledo en el invierno de 1912, para descubrir en sus cuadros «la fatalidad angulosa que no es mortal ni inmortal».
Por la novela de Jesús Fernández Santos transitan los personajes que arropan al pintor en Toledo y la España de sus desvelos, que asiste al espejismo (Lepanto) y derrota (fracaso de la Armada Invencible) de un sueño imperial que ambicionó incorporar Inglaterra a sus dominios. La escenografía del Entierro del conde de Orgaz recoge aquellos duelos con la remota aspiración de su cumplimiento en el cielo. Porque también él y su obra habían sido desdeñados en El Escorial.