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La bohemia ambulante

MARIO ARNOLD SE LLAMABA JOSÉ GARCÍA Y FUE DE TODO MENOS CONFORMISTA. ESTE AÑO SE CUMPLEN LOS 110 DE SU NACIMIENTO. ANTES DE ADOPTAR SU NOMBRE LITERARIO, RECIBIÓ MÁS DE UNA SONORA CALABAZA, PORQUE SER DE PALANQUINOS TAMPOCO SUPONÍA UN PEDESTAL SUFICIENTE PARA LA FAMA. . divergente

Imagen de Mario Arnold, nacido José García

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Pero no tardó en tomarse la revancha y fue coleccionando un álbum surtido y repleto, que unas veces lo retrata como comensal en homenajes literarios de postín y otras acompañado de señoritas del celuloide nacional o francés. Ese muestrario de su trajín mundano lo convirtió en modelo para los calenturientos poetas de la provincia, escamados de otras derivas líricas más atravesadas. En León, Paco Pérez Herrero fue siempre su mejor y más fiel amigo. Pero la bohemia local todavía se aplacaba con los temores a repetir la senda perdularia de Pedro Barrantes (1860-1912), hijo de industriales levantinos huidos de las revueltas carlistas a León, como los Pallarés y tantos otros comerciantes de la época. Sin embargo, la suerte de los negocios resultó adversa a sus padres y a los ocho años levantó el vuelo de regreso a Valencia. Esta breve estancia leonesa fue para Barrantes el único paraíso de una vida atropellada y a su evocación dirige los pocos versos tranquilos de su obra: «Te dejé siendo niño, muy niño, patria idolatrada». Luego acabó alquilándose para el libelo, sin ningún escrúpulo.

MEMORIA DE INFORTUNIOS

Mario Arnold (1904-1958) empezó con la muda del nombre y ya no descansó en su andancio por oficios, ciudades, países y continentes. Sólo se mantuvo fiel a unos pocos amigos, a su atavío de dandi y a la disparatada pretensión de redimir su destino desvalido con una escritura pedregosa y para colmo trasnochada. En León, las sisas al colmado familiar apaciguaban el hambre a sus amigos y le granjearon la simpatía interesada de aquel ramo de chiflados, pero enseguida la ciudad se quedó pequeña para sus anhelos. Prolífico y desbordado en todos sus rumbos, publica unas cuantas novelas que van de la gazmoñería al melodrama, deambula por el catastro literario de Cansinos, hace una excursión de tres años a Puerto Rico, donde destila su lirismo zarrapastroso en un par de poemarios, y regresa a León reclamado por los funerales de su madre, viuda de suicida.

Será una estancia fugaz, urgida por la zozobra de un noviazgo imprevisto y resbaladizo con la lanzadora de versos y jabalina Ana María Martínez Sagi (1907-2000), que pasaba una temporada de reposo con su familia paterna. Sagi practicaba además tenis y remo y su figura musculada enseguida sedujo a la exótica y lacia novelista Elisabeth Mulder (1904-1987): «Te quiero porque eres todos los placeres». Su último encuentro fugaz con Arnold fue en los campos bélicos, Mario de corresponsal en la división de Líster y ella en la columna de Durruti. A la vuelta de tres décadas de exilio, Ana María publica en la imprenta Celarayn de León Laberinto de presencias (1969), una antología voluminosa con tapa dura de sus ocho libros de versos. Su fascinante aventura la fabula Juan Manuel de Prada en Las esquinas del aire (2000).

LA AVENTURA DEL CINE

Ya en Madrid, Mario Arnold retoma el contacto con Andrés Carranque de Ríos (1902-1936), poeta, novelista de talento, actor y modelo en Bellas Artes, que lo introduce en los albores del cine sonoro. Carranque lo incorpora al elenco secundario de varias pelis, mientras publica versos, relatos, reportajes de cine y varias novelas admiradas, a la par que colecciona vistosas conquistas en la sociedad pudiente. Durante unos años va de la poeta Concha Lagos (1907-2007) a la enigmática Eugenia Castañer, que lo miman hasta que la voracidad de un cáncer implacable pone fin a sus días. Concha adoptó el apellido de su marido fotógrafo y en la posguerra fue impulsora de la revista Ágora (1955-1964) con su tertulia y su colección de libros poéticos. Medardo Fraile hace recuento en sus memorias de los jóvenes amantes que tomaron el relevo a Carranque y al pintor Anselmo Miguel Nieto. Mario Arnold, en ese trajín de la lucha por la vida, distrae y enreda al seductor Carranque para una gira como rapsodas por casinos rurales, hasta que el atractivo de Carranque les permite levantar el vuelo e ir apareciendo en películas basadas en novelas de sus amigos escritores, como Baroja ( Zalacaín el aventurero, 1929) o Unamuno: Niebla (1932).

AL OTRO LADO DEL MAR

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Luego, prueban las mieles del cinema francés en los estudios Lumière, que acaba de instalar la Paramount cerca de París. Allí establecen contacto con los surrealistas y se hacen amigos de René Crevel. Todo aquello lo abandonan cuando llega la República. Carranque publica tres novelas, donde Arnold es asiduo personaje, mientras el leonés prosigue su empeño de soplar mucho para ver si suena la flauta, aunque sea por casualidad. Mario Arnold recoge los escarmientos de su experiencia parisina en El notario de Chatillon (1930). Luego, ya sin la tutela de Carranque, hizo periodismo bélico al servicio de Líster y sufrió un consejo de guerra que lo alojó en la prisión de Porlier, de donde todavía salió con fuerzas para seguir husmeando senderos hacia la notoriedad. Escribió dramas de corte imperial, que nadie quiso estrenar, hizo reporterismo mercenario, y volvió a tentar la suerte como representante de artistas de la copla y del celuloide. En cuanto pudo, tomó rumbo a Venezuela, donde siguió hollando los mismos caminos y sufragó la publicación de nuevos libros con el peaje de sus loas en revistas caraqueñas del espectáculo.