Pasión y crímenes en la Viena de Klimt

l. Carla Montero desentraña en ‘La piel dorada’ el oscuro y sórdido mundo de las modelos. LA PIEL DORADA Carla Montero Plaza & Janés. 400 páginas. 19,90 euros.

asís g. ayerbe

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miguel lorenci
León

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El fulgor intelectual y el oprobio criminal convivían hace poco más de un siglo en Viena. En la elegante capital austriaca en la que Freud articulaba el psicoanálisis, Schönberg la música dodecafónica, Otto Wagner racionalizaba la arquitectura y el modernismo y Klimt y la Secession daban la vuelta al guante de la pintura, se daba la mayor concentración de burdeles y asesinos de Europa. Se sucedían crímenes horrísonos que dejaban en nada los de Jack el Destripador. Entre la sensualidad y el boato de la ópera yla filarmónica, los valses, polkas y lejanos ecos de Sissi y su decadente impero, y la sordidez de los más brutales asesinatos y las salas de autopsias se mueve La piel dorada (Plaza & Janés). Es la tercera novela de Carla Montero (Madrid, 1973), que tras la Tabla esmeralda vuelve a tirar del hilo del arte para desentraña un mudo desconocido y fascinante, el de las modelos de los grandes pintores sin las que el arte de Klimt, Egon Schiele y tantos otros genios —«que las usaron y despreciaron»— no hubiera alcanzado escala universal

«Fueron mucho más que maltratadas. Eran despreciadas y utilizadas como meros objetos para su inspiración, como una herramienta más, y hasta como juguetes sexuales» explica Montero ante el edificio de la Mariahilfer Strasse donde estuvo el taller de Emilie Flöge, la diseñadora y amante ‘oficial’ de Gustav Klimt, un genio de la pintura «pero un ser abominable en el trato con las infinitud de mujeres a la que pintó».

«Se acostaba con todas y las embarazaba para abandonarlas a su suerte con unos hijos que no reconocía» explica la escritora en un recorrido por los escenarios vieneses donde transcurre esta novela cuyos pilares son «la intriga criminal y la pasión».

«No es una novela negra. Eso no es lo mío» aclara Montero ante deliciosas porciones de tarta Sacher y Apfelstrudel en el centenario café Landtmann.

Se ha inspirado en Klimt para crear al personaje de Aldous Lupu, un pivote de esta historia truculenta y esperanzada que derriba clichés. Discurre entre la pompa de los salones de la decadente aristocracia vienesa, el foyer y las bambalinas de la Staatsoper y la Musikverein, los estudios de los pintores y los depravados tugurios donde la sífilis y demás males venéreos se agazapan entre cuerpos sudorosos, vaharadas de alcohol y un humo denso y pegajoso como la pez. Todo se disparó en la cabeza de la autora en una fugaz visita al museo del Prado. Cedido por el moscovita museo Pushkin exhibía La acróbata de la bola, joya de la picassiana época azul pintado en 1905.

«¿Quién era la joven equilibrista? ¿Por qué se acercó a Picasso? ¿La escogió él? ¿Cuántas cómo ellas hubo en París y la Viena que estrenaban el siglo XX?». Las preguntas y sus pesquisas condujeron a Montero a la ciudad del Danubio, los bosques y el Prater. La pujante Viena de Sigmund Freud, Arthur Schnitlzer, Otto Wagner, Richard Strauss, Gustav Mahler y la seductora Alma que atrajo a las mentes más privilegiadas de su tiempo, la torturada familia Wittgenstein y un sinfín de dispares genios como el criminólogo Hans Gross «que se mezclaban en salones y cafés intercambiaba saberes».

Tenebrosa

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«Las modelos se desnudaban ante los pintores en un sociedad tan reprimida como perversa y quise saber si lo hacían por mera supervivencia, por afán de protagonismo o para seducir a los artistas y entrar en su mundo y su cama sin ser tenidas por prostitutas» plantea Montero. Ató cabos ante los inquietantes frescos de Klimt para el Friso de Beethoven en el pabellón de la Secession de Olbrich, en el Belvedere que alberga El beso, la sensual e icónica pintura que define una época, junto a las lienzos y dibujos conmovedores y magníficos de Schiele del museo Leopold, en los cafés y cafetines que aun mantienen algo del aquel aire entre lujurioso y canalla, y el Ring, la imponente avenida que, a punto de cumplir 150 años, dio alas y prestancia a la capital imperial. Pero descubrió entre tanto brillo un Viena «tenebrosa y apasionante». «Desde antes del Renacimiento, las modelos son cruciales para el arte».