Confesiones de un monje y poeta leonés

l. Bernardo García Pintado relata su peripecia vital. A punto de cumplir 80 años, Bernardo García Pintado, leonés de Quiñones del Río, monje de Silos, acaba de publicar un nuevo libro, ahora con el relato de su propia peripecia vital: ‘Confesiones de un monje. El amor que enamora’

Bernardo García Pintado, nacido con el nombre de Recaredo, monje de Silos y versátil escritor

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alfonso garcía
León

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Digamos, de entrada, que se trata de una intensa autobiografía, no al uso de las que nos está ofreciendo el mercado, y nunca mejor dicho, sino marcada por una amplia y profunda manifestación de alegría asentada en el sentido espiritual de su vida. «Sin ser una biografía propiamente dicha —escribe en el prólogo el abad de Silos, Lorenzo Maté Sadornil—, es un recorrido que nos lleva desde la temprana llamada a la vida monástica, desde la infancia, hasta la edad madura de un monje del siglo veintiuno». Esta larga peripecia vital no es excluyente, ni mucho menos, y enlaza con otros muchos aspectos humanos, en su más amplio sentido. «Toda la vida del monje —escribe— está envuelta en música y, en mi caso, música gregoriana, que es fuente de paz, sosiego y elevación interior. Para mí la poesía viene a ser el gorjeo y borboteo del amor. Mi experiencia es que la música y la poesía son los brazos del amor, son las flores, los pétalos, son la leña que aumenta la hoguera del amor». Sobre estos conceptos vuelve permanentemente, de forma especialmente llamativa sobre el canto gregoriano.

De familia humilde —madre, pastora; padre, labrador—, Recaredo, que éste era su nombre de pila (lo cambió por Bernardo, monje de Claraval al que admiraba), ingresó con quince años en el monasterio de Samos. Después del incendio de 1951 pasó temporalmente al de San Clodio del Ribeiro (Orense). Y tres años más tarde, al de Silos: en un apunte rápido de aquellos primeros años se refiere al museo en que «se puede contemplar la huella de aquel taller monástico en el que se impartía la ciencia y las letras. En él se formaron muchos calígrafos, miniaturistas, escritores, talladores, arquitectos, escultores, orfebres y botánicos. Precisamente la investigación y aprovechamiento de las hierbas era una de las actividades más importantes».

Su destino estaba en la capital de Argentina. En 1956 embarcó hacia aquel país, y, pasando por Brasil, se asentó en la comunidad de San Benito de Buenos Aires. «Desde el primer momento —recuerda— nos sentimos como en Silos, pues el claustro del monasterio, todavía inconcluso, es de estilo neorrománico y está inspirado en el claustro de Silos, de cuyos capiteles se hicieron vaciados en yeso para sacar copias en el monasterio bonaerense. Por otra parte, la mayoría de los monjes procedían del monasterio silense». Veintisiete años permaneció en Argentina, veintisiete años intensos, como relata en el capítulo Monje y pastor. Allí fue ordenado sacerdote (1962), dirigió revistas, ejerció la enseñanza y la pastoral…

«Luego —concreta un aspecto tan vinculado a su actividad— tuve la satisfacción de desempeñar el cargo de maestro de coro de esa abadía durante más de quince años, ejerciendo asimismo la docencia del gregoriano fuera del monasterio, como por ejemplo, en el Colegium Musicum de Buenos Aires y en algunos seminarios y casas de religiosos y religiosas».

Su actividad le llevó desde Buenos Aires a la ciudad colombiana de Medellín —desde aquí viajó a España (1965) a ver a la familia, a la que «hacía ya nuevos años que no los veía»—, a Roma en dos ocasiones, a Santiago de Chile… Al monasterio francés de Liguyé, en Poitiers, después de su regreso a Silos pasada su larga estancia argentina.

Músico y poeta

Bernardo García Pintado lleva una vida sencilla y austera como monje, su condición esencial y determinante, en Silos. Es la perspectiva que nunca ha de perderse ante la lectura de estas Confesiones… reflexiones siempre de hondo calado espiritual, monástico y eclesial. Pero conviene subrayar igualmente su proyección variada hacia otros temas: culturales, literarios, musicales, lingüísticos, familiares, de amistad…, siempre salpicados de anécdotas e historias. Porque en el monasterio recorre, como otros monjes, las responsabilidades del órgano, la portería, la biblioteca, la dirección de algunas publicaciones, el cuidado pastoral de la Villa o el ejercicio de guía para turistas, muchos de los cuales se quedan «en la epidermis de la esencia de Silos», esencialmente un lugar de recogimiento y oración plasmado en la máxima benedictina del ora et labora . Pero el labora nunca ahoga las condiciones personales del monje, que en este caso tiene una proyección dual añadida: la música a través del canto gregoriano, manifestación del espíritu y alabanza divina, que él tan bien conoce y sobre el que hay referencias y reflexiones permanentes. «Subido a la cumbre de mis sesenta y tantos años de vida monástica, al echar una mirada retrospectiva a la llanura y al horizonte del transcurrir diario, descubro con júbilo que he vivido y confieso que vivo envuelto e impregnado en el aroma del ritmo libre del canto gregoriano».

Incluso aparece en estas páginas un Romance del gregoriano. Y otros muchos textos poéticos, como corresponde a esa condición que ha plasmado en diversos libros y lo ha convertido en uno de los ejes sobre los que pivotan los Encuentros Internacionales Silos Literario. «Yo creo que la poesía —escribe— es el silencio de la inteligencia, es la esencia del propio ser y por tanto se apoya en los robustos fustes de la problemática humana: amor, vida, muerte, Dios, etc. La poesía es la ternura hecha palabra, es un breve batir de alas, es la llave que enciende y llena de luz nuestra mirada». Entre otras notables referencias, imposibles de explicar por la densidad de los contenidos, anoto las etnográficas, especialmente en los primeros momentos del relato, aunque salpicadas por todo el texto.

El autor posee el arte de contar, dosificado a veces con la utilización de diálogos, con capítulos breves —y una amplia galería de fotografías documentales— que se proyectan como flashes engarzados que hablan, en su conjunto, de la historia de una vida interior. «Es un libro —utilizo de nuevo las palabras del Abad de Silos— con todos los ingredientes necesarios para ayudar al hombre de hoy, especialmente a la juventud, a recuperar la ilusión, la esperanza y la confianza en sí mismos. Un libro que habla de valores sin nombrarlos, porque en todas y cada una de sus páginas destila optimismo y alegría, la alegría de vivir. Un libro cuyos relatos señalan un camino para encontrar la paz, el equilibrio y la realización plena como personas humanas. Un libro cuya lectura deja la sensación de que la felicidad es posible en nuestros días. El autor aborda los temas permanentes de la vida, en algunos casos conflictivos, pero desde la atalaya de la vida monástica, que les confiere una iluminación especial.

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Escrito desde la misma atalaya, recuerdo a los interesados el también reciente título La santidad de lo cotidiano. Las humildes verdades de un monje de Silos (Ed. Arcopress, Córdoba, 2013. 174 páginas), del asturiano Víctor Márquez Pailos. Pero esa es ahora otra historia.