aurelio loureiro escritor
«Sin la palabra, la vida se reduce a mera apoplejía»
Filandón «La vida es más compleja y necesita a la palabra tanto para crecer como para destruirse» «Leer cumple 30 años y yo vuelvo a la vida y a la escritura. El cielo lo tengo alquilado» aurelio loureiro asegura que cuando piensa en su niñez, lo hace a través de imágenes en blanco y negro. sin embargo, la prosa con la que construye sus cuentos le debe más al verde de las montañas que a la ceniza de las minas «No hay destierro sin castigo y la idiosincrasia del viaje, si no está bien atado, esconde una trampa difícil de sortear» «Cuando el alma está ocupada, no hay sitio para las historias que proceden de la vida oscura»
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A urelio Loureiro está de enhorabuena. En primavera publica un nuevo libro de relatos, Te alquilo el cielo, y la revista que dirige, Leer, cumple 30 años. En esta entrevista, traza el mapa de su particular isla del tesoro literaria.
—¿De qué manera te influye tu educación sentimental en la creación literaria? ¿Huele a carbón?
— Mi literatura se alimenta de dos elementos fundamentales: la mirada y la memoria. El valle minero donde nací y crecí es un territorio rico en reclamos literarios: la montaña, la primavera, la nieve y, custodiado por el castillete, el reino de las sombras, la mina, lo prohibido. En la mina, como en la caverna de Platón, había figuras negras que arañaban las paredes en busca del oro negro. Era paradójico, pues cuando salían a la calle eran capaces de sentarse contigo a la mesa como si nada, incluso te regañaban si no atendías a los estudios, único camino para escapar de un destino que nadie quería para sus hijos. El reino de las sombras contrastaba con la exuberancia natural de un pueblo de montaña. Sin embargo, recuerdo mi infancia en blanco y negro y recuerdo las cicatrices cenicientas que mi padre tenía en las manos y en la cara: el carbón nunca se borra del todo. Mi instinto fue siempre el de la huida y las lecturas en un mundo sin libros refrendaron una decisión que tenía mucho de reto. Pero nadie puede huir del paisaje de la infancia, indeleble como el carbón, y, como dice el escritor burgalés Tomás Val, cuanto más se acerca el árbol al cielo en su huida, más crecen las raíces que lo sujetan a la tierra. La ausencia no elimina el paisaje del que eres deudor, las palabras sólo alcanzan a poner un poco de brillo en sus contornos. El carbón huele cuando se quema en la chapa y mi madre con el badil y la rodea gestiona entre los fulgores y calenturas del fuego la frágil despensa cotidiana. El carbón huele en las lágrimas del niño que no sabe si se ha quedado huérfano, pero lo presente al igual que sus amigos, en el luto apresurado de las viudas y las madres sin consuelo. El carbón huele en los juegos de la infancia y en las travesuras de la adolescencia. El carbón deja su impronta en las raíces del árbol que se eleva consciente de que el cielo está más lejos que la tierra. El carbón es vida y muerte y, en cualquier caso, su olor es el mismo.
—¿Cómo se posa esa mirada sobre tus cuentos?
—Como un reflejo que siempre me ha acompañado. La huida es necesaria, aunque sólo sea para conservar ese paisaje. El paisaje de la infancia cambia, no su reflejo. La huida es el principio de la escritura: asuntos, tramas, búsquedas que no tenían nada que ver con la mina; aunque a la postre si tuvieran mucho que ver con la mina. Si me hubiera quedado, habría sucumbido a la tentación que suponía un mundo lleno de sorpresas y, de paso, matado a mi padre. Es muy literario matar al padre y la mina, como cualquier abismo que se precie, confunde el miedo con la aventura y el misterio: un desacato. Pronto descubrí que escribir era como acercarse al pozo, la tentación del abismo. Por eso era aún más necesaria la huida, el viaje, quizá la impostura. En el viaje de la escritura adolescente hay poco sitio para la nostalgia, pero siempre hay un resquicio para el regreso. Hay un relato de aquella época titulado Delirio en el que el personaje principal, después de leer de buena mañana su muerte en el periódico, queda atrapado y muere en el ascensor del edificio donde vivía. Tardé en darme cuenta de que ese ascensor era la jaula que trasladaba a los mineros al fondo de la tierra y que los aullidos de su perro ante la incertidumbre de la orfandad eran el presagio de un regreso. Por cierto, lo escribí en Olleros, antes de esa huida necesaria que se plasma en lo que todavía veo.
—¿Crees que a veces hay que escapar para no vivir en el destierro? Quiero decir si la imagen nostálgica de la infancia sobrevive en parte porque un día decidimos alejarnos de esos paisajes que, de otra manera, nunca volverían a ser iguales
—No siempre la infancia es una fuente de expectativas. A veces, el destierro empieza, como dices, en esas primeras imágenes que sugiere. Si la huida es elegida, se puede aceptar como una suerte de exploración. La literatura tiene mucho de exploración, tanto desde el hecho de leer como desde el suceso de escribir. No creo que haya mucha nostalgia en este camino de ida y vuelta, sino un mecanismo interno de la pulsión narrativa en el cual concurren la voluntad del escritor y la autonomía que se reserva el mismo proceso de escritura ante la revelación del estilo. Más veces de las que se piensa el escritor no es dueño de sus palabras. La mirada puede naufragar si no se está preparado para afrontar lo que se ve y lo que no se ve. Evitar riesgos requiere poner un poco de distancia entre lo que se quiere escribir con lo que se escribe y, al cabo, la vida real que nos impulsa a la escritura, condiciona nuestra mirada y perfila nuestro estilo, tarde o temprano, se convierte en el revulsivo del espíritu autobiográfico. Los paisajes cambian muy lentamente. No así la vida, aunque no se rebele, pues ocupa mucho tiempo. Es ahí donde cobran importancia las sombras que poblaban los paisajes de antaño y las figuras que aún habrán de aparecer.
—En ‘La séptima jornada’, juegas precisamente con la capacidad para evadirnos de la realidad, que no deja de ser otra manera de destierro. Se convierte de cierta manera en una obra metaliteraria, según mi opinión. ¿Cuáles son las claves para (re)leer la novela?
—Además de La séptima jornada, hay otras dos novelas inéditas en las que llevo trabajando mucho tiempo y que pertenecen al mismo ciclo y, quizá también a la misma intención. Raspando distintos géneros literarios, cualquiera de ellas podría corroborar tu suposición. Cuando escoges la narrativa para expresar inquietudes que tienen tanto que ver con lo telúrico, que afectan tanto a las raíces, por fuerza has de cambiar de territorio y, cuando lo haces, es casi inevitable pasar por el tamiz de la ficción. Esto puede entenderse como una huida o como un destierro, pero el resultado viene a ser el mismo y siempre deja un poso de incertidumbre. Por muy lejos que vayas, la realidad siempre te acompaña haciendo sonar las cadenas que ralentizan tus pies, la memoria no deja que los grilletes aflojen su presión y las emociones corren su particular aventura. La ficción te acoge y se muestra generosa, pero de la misma forma pronto exhibe sus exigencias. Creo que al peor sitio al que se puede huir es al territorio de la ficción: no hay destierro sin castigo y la idiosincrasia del viaje, si no está bien atado, esconde siempre una trampa difícil de sortear. Creo que con La séptima jornada , inconscientemente, quise trazar para mí mismo las dimensiones de esa trampa. No fue un ejercicio fácil; pero si ahora me pides que dé una clave de lectura me fijaría en el humor: la rebelión de sus personajes es lo último que le puede ocurrir al autor, entre otras cosas porque suele ser fatal. La metaliteratura es un buen subterfugio, pero se le suelen ver las costuras.
—Yo creo que los personajes siempre se rebelan.
—Sí, pero a unos autores más que a otros. Adoro a los escritores que saben sujetarlos, que no corren riesgos. Un personaje suelto representa siempre un peligro, incluso para la integridad física de su creador.
—¿Qué hay de esas dos novelas pendientes?
—Se titulan El libro de tu vida y La noche de Eva, las hubiera dado por terminadas (no en vano ya han pasado varias veces por la labor de la escritura) si no hubiera interferido la vida. He dicho en más de una ocasión que la vida, sobre todo cuando pintan bastos, ocupa mucho tiempo. La escritura se resiente, ya que, cuando el alma está ocupada, no hay sitio para las historias que proceden de la vida oscura del alma. No obstante, creo que los argumentos son bastante conocidos, pues nunca los he ocultado. El libro de tu vida , es la respuesta a esa sugerencia que cualquiera puede deslizarte si se entera de que eres escritor: Mi vida si que tiene un libro; es una sugerencia perversa, detrás de la cual anidan las malas artes del diablo. La noche de Eva es una antigua fascinación por un nombre de mujer: Marina, aunque resulte paradójico.
—¿De verdad tus novelas y cuentos surgen de la vida oscura de tu alma? y por qué en tu labor creativa han primado los relatos y cuentos.
—La parte oscura del alma no tiene por qué ser la parte más negativa; sino la más desconocida, la que aún camina en sombras. Las historias que surgen de ahí, a poco que se haga la luz, son las que más me interesan. Quizá de ahí provenga cierta propensión al relato corto, al relato; quizá porque éste busca la esencia, da pocos rodeos y apenas deja flancos al descubierto. La novela puede partir de la esencia; pero no se puede vivir durante mucho tiempo en contacto con la esencia de las cosas, como no se puede sobrevivir cerca del sol o en continua agitación de la verdad. La luz que provocan es demasiado intensa como para soportarla durante mucho tiempo. Por eso la literatura es el gran subterfugio, la gran mentira y, a la vez, la única verdad posible, pues surge de la cara oculta de las sombras. La ficción es la mentira que convierte en verdad lo que no existe. Por eso el relato debe ser un fulgor que quede prendido de la memoria. La novela no sólo puede, sino que debe permitirse más licencias y circunloquios. Claro que todo esto son conjeturas fácilmente rebatibles. A cualquiera se nos ocurrirían, bote pronto, un buen puñado de novelas de fulgor extremo. En el fondo, permítaseme la petulancia, supongo que soy un cuentista al que le gustaría escribir una buena novela.
—Creo que a ti te ocurre como a ciertos escritores que intentan convertir la palabra en el único personaje pero que, al final, tienen que aceptar la entrada de la vida en sus historias. ¿Puedes contarme alguno de esos momentos en los que las historias se han escapado de tu control?
—Sin la palabra, la vida se reduce a mera apoplejía. Los sentimientos, las emociones y los deseos persisten, los acontecimientos siguen produciéndose inmutables; pero detrás de todos ellos no hay más que silencio y el silencio es la antesala del olvido. La austeridad de la existencia precisa pocas explicaciones y cuanto más simples sean estas tanto mejor; de ahí el triunfo de los fanatismos. La vida es más compleja y necesita a la palabra tanto para crecer como para destruirse: la amplitud de la palabra es el alimento de la vida, para lo bueno y para lo malo. No hay que olvidar que la máxima expresión de la libertad la tenemos en la palabra; ni siquiera en el pensamiento, a no ser el que se deriva de la esquizofrenia. Supongo que es una tentación, que comparten muchos escritores, convertir a la palabra en su único personaje y que, como toda tentación, conlleva ese grado de imposibilidad que justifica el reto. Al igual que es imposible que la vida no influya en la creación: no hay muro capaz de resistir la insistencia del agua cuando ésta encuentra argumentos para rebelarse. Me gusta la expresión «las cosas de la vida», aunque a veces me haya sacado de quicio, pues con frecuencia, detrás de ese disfraz de cotidiana resignación, esconde el germen de la fatalidad. En cuanto al control de los personajes, nunca me he creído mucho eso de que los personajes se transforman según se desarrolle el proceso narrativo, las circunstancias de la escritura. Las circunstancias son consustanciales al escritor, no a sus personajes. Lo que si puede ocurrir es que sea tanta la saña con que el autor trate a sus personajes y estos acaben por levantarse en armas. Ahí empieza el juego peligroso, pues la línea que separa la vida de la ficción es cada vez más fina. Eso le ocurrió a Álvaro Marzán; pero yo no soy Marzán.
—Cuéntame como comenzaste con la aventura de la revista.
— Las cosas de la vida. Vinimos (siempre hay dos en las aventuras que no se olvidan) a Madrid con la intención de encontrar la palabra en un cielo donde ya casi no cabían las rúbricas. Pero el cielo se expande y, al poco tiempo, gracias a la mediación de Luis Mateo Díez, me incorporé a un proyecto que tenía tanto de literatura como el mismo empeño que nos había traído a Madrid: una revista de libros y sobre libros, Leer. Hice de todo en la revista, desde pegar sellos (un regusto que tampoco se olvida) hasta, con más pena que gloria, las labores de empresario. Treinta años después, el cielo de Madrid sigue en su sitio (aunque cada vez más cerca del que iluminaba la salida del pozo de los mineros en un valle perdido en la falda de los Picos de Europa y, felizmente, también la Revista Leer, que inicia una nueva etapa y lo hace con sabia nueva después de tantos avatares. 2015 va a ser un año importante: Leer cumple 30 años y yo vuelvo a la vida y a la escritura: los ambulatorios pueden esperar, el cielo lo tengo alquilado. Cosas de la vida que es mi vida. La palabra sigue en el mismo sitio también. Una aventura que empieza, otra vez.
—¿Cómo era dirigir el barco de la revista con José Luis Gutiérrez?
— Entretenido e ilustrativo. Gutiérrez era un intelectual y eso puede estar sometido a interpretaciones. Pero era, sobre todo, la energía materializada y eso es incontestable. Fue el impulso que necesitaba la revista en el momento preciso. Recuerdo exigencia y respeto. También cariño: cosas de la vida. Me topé con un gran profesional y descubrí que, también para él, la vida estaba por encima de todo, aunque discurriera inseparable de su peculiar encarnadura: el periodismo y la cultura. Era un escritor y eso nos acercaba. Ambos queríamos lo mismo, que la revista Leer volviera a nacer al cumplir los treinta años y estamos en el camino de que así sea. Me quedo con su humanidad, lo que persiste incluso a la muerte. Fue divertido.
—Treinta años en un momento como el actual y en un país como España es un hito ¿Cuáles crees que son las claves para entender el éxito de Leer?
—Después de hablar de José Luis Gutiérrez qué otra cosa se puede decir que tesón y honestidad intelectual. No hay claves para la subsistencia, cuanto si más para el éxito. Quizá por ello el orgullo es mayor: cumplir 30 años y empezar una nueva etapa (comandada por los herederos de José Luis) donde el formato en papel convivirá con el lenguaje digital, vuelve a ser un reto estimulante. El éxito ha sido llegar hasta aquí, empezar otra vez, adaptarse a los nuevos tiempos con sus cambios, crisis e inconvenientes; pero el éxito es, sobre todo, mirar hacia delante con ilusión. Cada día se editan cientos de libros, se ruedan películas, se levantan edificios, se celebran aniversarios (en 2015, coincidiendo con Leer, nada menos que Santa Teresa y Cervantes), se buscan nuevas fórmulas de expresión: creo que Lee sigue siendo necesaria. Los libros lo merecen y el lector también, donde quiera que se encuentre. El Premio de Periodismo Cultural José Luis Gutiérrez simboliza de alguna manera esta perspectiva de futuro.
—¿Tienes alguna sorpresa literari para celebrar el 30 aniversario?
—Hace años que no publico en forma de libro. No publicar es una circunstancia contradictoria en el equilibrio del escritor; pero hasta ahora no me ha creado ansiedad: siempre hay algo más importante que lo más importante. Lo bueno es que de las sombras que secuestran la vida surjan luces que iluminen la persistencia de la ficción. El camino siempre te devuelve a la caverna de las ideas, a la memoria y a los paisajes de la infancia. El círculo de la imaginación se cierra. De mis sombras ha surgido un libro de relatos que, sorteando los avatares de la fatalidad, me ha situado de nuevo ante el pozo minero que nunca visité. Se titula Te alquilo el cielo y tiene dueña: Resu. A ella le hubiera gustado que saliera en León y ella siempre se salía con la suya.