FILANDÓN
Literatura para lectores con prisas
Los microrrelatos ya no son una rareza: lo prueba la naturalidad con la que los cultivan los autores leoneses
Relatos breves de escritores leoneses
Anton van Leeuwenhoek fue un comerciante de telas holandés dotado de una gran curiosidad. A su alrededor veía que la leche fermentaba, los alimentos se pudrían y a sus paños les salía un verdín intolerable. Así que un día, a principios del siglo XVIII, decidió construir un sistema de lentes por el que descubrió para la ciencia lo que llamó ‘animálculos’ (después corpúsculos, microbios, microorganismos…), los responsables que le burlaban por su diminuto tamaño.
Lo mismo sucede con nuestros textículos, cuentos mínimos, minitextos, microcuentos o el más entrañable y leonés cuentines. Si excusamos la diferencia que impone al microrrelato el hecho de ser letras, nos encontramos una historia (o una microhistoria) muy parecida a la de los microorganismos. Lo micro, por su tamaño, se ha convertido para la literatura en un género difícil de hallar, nombrar y definir. Un género huidizo que salta del libro al blog, de la revista a la pared o que, como un virus, nos ataca un día y nos deja temblando una buena temporada.
Pero entonces, ¿qué es un microrrelato? Dice Manuel de Cabral que «en este mundo vertiginoso, solo unos minutos pueden dar que pensar todo el día». Si el siglo XIX tuvo la novela, nuestro tiempo de superabundancia de información y ritmo vertiginoso produce la reacción del microrrelato. Es el resultado de la proscrastinación, del hipervínculo o el estilo de vida fast. El microrrelato es pop como lo fueron las leyendas orientales, el cuento árabe, los bestiarios medievales, los aforismos o incluso las greguerías de Ramón Gómez de la Serna.
La gran paradoja de nuestros días es ese contraste entre el microrrelato y el best seller extensísimo. El crítico literario y catedrático Nicolás Miñambres argumenta que es esa paradoja, precisamente, la que explica la cultura actual: «Los lectores actuales son en su mayor parte gente que vive, por supuesto, en el filo de la navaja cronológica». La glorieta de los fugitivos, de José María Merino; La mitad del diablo y El juego del diábolo, de Juan Pedro Aparicio, Palabras en la nieve, que agrupa textos de los dos anteriores y de Luis Mateo Díez; La saliva del tigre, del escritor sevillano muy vinculado a León Pablo Gonz; La soledad del farero (y otras historias fulgurantes), de Fermín López Costero o el blog Crónicas del Reino Menguante, de Francisco Flecha, por ejemplo, brindan centelleos microliterarios plenos de sugestividad.
Así pues, autores y lectores se suman a un tipo de texto cada vez más popular. Y si desea conocer este género tan esquivo ofrecemos a continuación algunas de sus claves principales, no siendo que a usted, querido lector, le ocurra como al protagonista del cuentín de Monterroso: que cuando despierte, el microrrelato ya no esté allí.
MICROGUÍA PARA DISTINGUIR MICRORRELATOS
Lenguaje preciso. Al contar con tan poco espacio, el autor tiene que elegir sus palabras al detalle. Medirlas, usar las más adecuadas y no perderse en explicaciones inútiles.
Carácter proteico. El microcuento no es un cuento. Y no solo por su brevedad. El microrrelato no solo vive del cuento, se nutre también del ensayo y de la poesía. Afila el músculo con la instancia administrativa y la receta del médico. Cualquier tipo de texto le sirve para alimentarse y tomar forma. Por ser protéico y camaleónico, la experta Violeta Rojo prefiere llamarlos minitextos.
Uso de marcos. El microrrelato le reta a usted. Su discurso necesita la colaboración del lector para completar la trama en la que él no puede detenerse. El micro necesita del lector inteligente y agudo, capaz de detectar la ironía, del lector culto, como para comprender la sátira o las menciones a otros textos o realidades culturales.
Brevedad. Y por supuesto, como su propio nombre indica, el microrrelato es un relato muy pequeño. Mejor aún, breve, muy breve. La elipsis es una de sus características principales. Se le compara con un disparo, una puñalada, un fogonazo contundente que nos deja temblando. Quizás al campeón de la brevedad lo tengamos muy a mano. Se considera el cuento Luis XIV, de Juan Pedro Aparicio, el microrrelato más micro. Por su extremada brevedad ha sido objeto de interés entre los estudiosos de la narrativa hiperbreve. El cuentín, que cuenta con tan solo una palabra, dice: ‘Yo’.