Diario de León

DAVID FERNÁNDEZ SIFRES escritor

«Viajar te hace mejor persona si lo haces con humildad, abriéndote»»

Filandó n celeste es una niña occidental cuya pasión es cazar nubes con ayuda de su fiel cámara. y murunya se llama un niño masai experto en atrapar sombras en medio de la sabana. el libro ‘temporada de lluvias’, finalista del barco de vapor, cuenta su historia, la de dos ‘cazadores’ que deberán aprender uno del otro «He intentado hacer de África un personaje más, que el lector la pudiera oler, sentir, palpar...»

adolfo serra

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e. gancedo
León

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A unque en un primer momento sus diferencias parecen insalvables, la gran curiosidad de ambos y las no pocas inquietudes comunes entre la niña Celeste (apasionada de las nubes y de las palabras que contienen zeta) y el niño Murunya (ágil, rápido, gran conocedor de los animales y plantas de la sabana, y también de sus sombras) logran que los dos se hagan, al final, muy, muy amigos... ¡e incluso consiguen cazar la sombra de un león! Todo ello está en Temporada de lluvias , el nuevo libro del leonés David Fernández Sifres.

—¿Cómo ha sido esto de trasladar a África su nueva creación? ¿Ha habido algún viaje, experiencia, amistad o impulso que le haya movido a ello?

—He viajado mucho, pero África sigue siendo mi viaje pendiente. Me gusta mucho leer sobre África y decidí, por una vez, probar. No olvidemos que leer y escribir es también una forma de viajar, sin duda.

—¿Qué ha querido transmitir en esta ‘Temporada de lluvias’? ¿Un canto a la integración, al enriquecimiento entre culturas?

—Quería escribir una historia en la que quedaran patentes las diferencias culturales de dos niños y cómo esas diferencias, al final, los enriquecen a ambos. Pensé que una niña europea y un niño africano, un masai, era una buena opción. Viajar y conocer a otras gentes te hace mejor persona si eres capaz de viajar con humildad, abriéndote, reconociendo que tienes mucho que aprender. Por otro lado, la idea de la temporada de lluvias, de iniciarlo todo de nuevo, de reinventarse, de no atarse al pasado, me pareció interesante.

—Hay en este libro un delicado gusto por las palabras, por la sonoridad de los vocablos, por la ortografía incluso... ¿Es así como escribe o lee, ‘degustando’, ‘catando’ los términos?

—Cada historia exige un tratamiento distinto. En ocasiones la trama o la agilidad es lo más importante y prefiero no distraer al lector con las palabras que escojo. En este caso, sin embargo, África era casi un personaje más, y necesitaba pasar despacio por él y que el lector lo pudiera sentir. Por eso quise darle importancia a los sentidos, a las sensaciones. En un momento de la historia, Celeste, una de las protagonistas, dice: «Cerré los ojos y olí muy fuerte. Quería saber a qué olía África. Porque África olía diferente. A soplar el polvo de un libro viejo. O quizá olía a tiempo. A un reloj antiguo parado. O a un atardecer tan bonito como ese». A esto me refiero.

—¿Qué le han dicho alguno de los jóvenes lectores que han viajado hasta África con esta obra? ¿Qué les ha gustado más?

—Quizá el juego imaginativo de Celeste y Murunya que, en una aldea perdida en la sabana, solo necesitan nubes y sombras para divertirse. También el descubrir que, siendo tan diferentes, son capaces de congeniar y complementarse. Y los animales y los monstruos, claro.

—¿Qué destacaría del trabajo de Adolfo Serra a la hora de ilustrar este libro?

—Como suele decirse, para lo que está a la vista no hace falta candil. Yo quería que África entrara por los sentidos y Adolfo lo ha conseguido llenándola de color. Son ilustraciones espectaculares, que transmiten por un lado la tranquilidad de la sabana y, por otro, la alegría de sus gentes. Son estupendas.

—¿Qué cree que podemos aprender, desde nuestra sociedad occidental, con respecto a culturas tradicionales más ligadas a la Naturaleza?

—Hay cuestiones que me interesan mucho, como la ausencia de necesidades vanas, la idea de ser conscientes de lo que nos rodea, de lo que somos y de lo hacemos en cada momento, el ser capaces de dar a cada cosa sólo la importancia que tiene, la noción del tiempo como algo que nos pertenece, y no al revés…

—¿Qué supone para usted haberse alzado con premios como éste, y el trabajo desarrollado por las editoriales en favor de la literatura infantil y juvenil?

—Supongo que nadie escribe por los premios sino por una necesidad interna que se explica con dificultad. Por otro lado, ganar un premio es siempre estimulante y, además, si es alguno de los más importantes y renombrados como El Barco de Vapor, supone una satisfacción personal perdurable y te hace llegar a muchos más lectores. En cuanto a las editoriales, si siempre es una mala noticia que cierre una de ellas, la disolución de Everest me afecta por partida cuádruple: porque era una editorial volcada con la literatura infantil y juvenil, porque tenía un libro publicado por ellos, porque era de mi ciudad y porque uno de mis amigos más próximos trabajaba allí. Una pena.

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