El lápiz poético de Crémer

La Diputación rescata los ‘garabatos’ que el poeta trazó a lo largo de una centuria. Los pobres no necesitan nombres propios. El de los pobres es un mundo de lugares, de cosas, de hechos comunes. Puede que ahí esté la clave para entender por qué decidió llenar, en su año del centenario, el blanco del vacío con garabatos, letras y símbolos ornamentados con la polifonía del color Cuando cumplió 102 años se hizo pintor. Regresó a los inicios con unas pinturas fieramente humanas

Exposición ‘Manuscritos y Garabatos de Victoriano Crémer’, que tuvo lugar en el ILC en 2009.

León

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Los garabatos de Victoriano Crémer, que ahora la Diputación acerca a la provincia (primero Valencia de Don Juan y después La Bañeza), son una manera de mostrar una faceta más de la letanía literaria del poeta. Y es que nada hay más común, que la palabra y sus signos. Esa es la auténtica democracia del hombre y ahí quiso Crémer demostrar quién era. Por eso pintó en clave contemporánea, con la fuerza del hallazgo prehistórico, demostrando que seguía siendo el mismo, el mismo poeta que en Tacto Sonoro desnudó la palabra, la descarnó de paliativos para que sólo oliera a humanidad. «A Victoriano le interesaba el dolor del hombre, que era el suyo propio», destaca el comisario de Garabatos y manuscritos. Adolfo Alonso Ares compartió poesía y amistad con el creador del paisaje de Maqueda. Él fue quien le animó a exponer sus lienzos y ha sido en gran parte uno de los responsables de que casi siete años después de su muerte, Crémer siga vivo. Recuerda Ares que Victoriano nunca dejó de militar en el partido de los menesterosos y la pobreza siguió siendo, a pesar de todo, uno de sus imperdibles. «A veces le pedían que asistiera a sus recitales poéticos en zapatillas», destaca a modo de anécdota. Una anécdota que puede categorizarse si se tiene en cuenta que, a pesar del mundo que le tocó vivir, Crémer nunca abdicó de su infancia, de su madre, de su padre ferroviario, de la comunión con los más humildes: «¡En pie los miserables, los tristes, los que han hambres desde una eternidad de eternidades!».

Días después de muerto Crémer, la editorial Calambur anunciaba la recopilación de su poesía. La edición, dirigida por el catedrático José Enrique Martínez, lleva por título Los signos de la sangre. El crítico explicaba así la elección de este nombre: «La sangre es un símbolo del vigor de la vida, de la muerte y de los muertos de la guerra». Los signos de la sangre, el rastro de vida, de muerte, la memoria de la pérdida… porque siempre hay un niño que los poetas han perdido y que tratan de recuperar. El tiempo recobrado es la asignatura pendiente de todos los hombres, también de los poetas, también de Crémer. Lo hizo como todo, sin eufemismos: »me aprieto el corazón y sangro recuerdos» , decía, y dulcificaba el dolor mostrándolo sin ambages.

Tal vez por eso, cuando cumplió 102 años se hizo pintor, y lo hizo siguiendo los pasos de otros grandes que, aunque parezca imposible a la luz de su anchura vital, fueron contemporáneos suyos. Lorca y Alberti también convirtieron los trazos en un nuevo camino con el que aventurarse hacia otros mundos estéticos.

Sin embargo, Victoriano Crémer lo hizo siguiendo el consejo de Gaudí. Original es quien regresa a los orígenes, decía el arquitecto. Y así, el poeta burgalés regresó a los inicios, con unas pinturas cercanas a la abstracción, fieramente humanas, atadas al hombre, atadas al amanecer del arte, al momento en el que comenzamos a servirnos de la representación pictórica para (re)inventar el mundo que nos rodeaba. Así de joven era Victoriano Crémer a los 102 años. Tanto que fue capaz de seguir abriéndose a otras maneras de mostrar su vida interior. Comenzó a hablar con un lenguaje que había conocido bien. «El lápiz corre la subida planicie que vislumbra el pensamiento». Parecería que esta frase, del artista palentino Antonio Díaz Caneja, se ideó para el autor de El último jinete. Y es que Crémer no era un simple diletante cuando comenzó a pintar. En su mochila atesoraba más de ochenta años como crítico artístico, años en los que explicó la poesía que se escondía tras los lienzos de creadores como Vela Zannetti, el propio Díaz Caneja, Modesto Llamas Gil, Petra Hernández, González Febrero y un larguísimo etcétera.

Adolfo Alonso Ares sostiene que Crémer podía representar desde lo visceral del trazo lo que iba más allá de la poesía. «El color ha de mimetizarse con la palabra, del mismo modo que se mimetiza con la naturaleza y por eso Victoriano se representaba a sí mismo desde la plenitud de la pasión», añade. Para Alonso Ares, el poeta representaba sus mundos interiores y sus intimidades porque en el modo de decir todo lo que deseaba decir, encontró otro cauce fecundi como la propia poesía. «Rafael Alberti llamó a sus dibujos Liricografias, Francisco Pino les llamó Poeturas, y Crémer, Garabatos».

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?El autor de Un renglón infinito destaca que la poesía de Crémer es reflexiva y enseña a reflexionar. «Sus Garabatos, también, porque nacen como ella de la meditación más profunda, porque la poesía, pero también sus dibujos se ocupan del hombre».