Bella y trágica estampa de Carlos V

EL RELOJERO DE YUSTE José Antonio Ramírez Lozano Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Ediciones del Viento, 2015. 198 páginas

Publicado por
nicolás miñambres
León

Creado:

Actualizado:

A pesar de narrar un conocido suceso histórico protagonizado por el emperador Carlos V en Yuste, sorprende el acierto literario que alcanza José Antonio Ramírez Lozano. Realmente nada sabemos al respecto pero, tal vez, haya algo en lo escrito: «Mas cierto parece, en cambio, que fuese su verdadera intención la de buscar aquí remedio contra la Muerte, sacando así partido al tiempo de sus últimos días».

Muchos aspectos refleja el autor, pero la tristeza es el esencial. Una tristeza surgida de ese mirar desolado e incierto del emperador, consciente de la llegada del final de la vida, agobiado por la presencia de tres culturas en las que él ha sido un triunfador: la española, la flamenca, y la italiana. Sin olvidar la frailuna, tan implicada en sus horas. De ahí que veamos que, sus recuerdos, el desolado paisaje que contempla y su relojero italiano, Juanello Turriano, sean lo fundamental. Male y sus fieles mastines, Celerio y Pitón, junto con el inteligente guacamayo, colaboran a su imparable agonía. Frailes, guarda, algún amigo fiel, su pastor espiritual y otros elementos humanos resultan incapaces de aliviar los momentos finales de esa vida henchida de tristeza. Todo ello se transforma en quimeras y sueños: «Soñó que la suya era una ciudad enorme sitiada por las hordas del silencio». Y he ahí el origen de su esperanza: «Hace tiempo que no tiene otra medicina que la de los relojes —apuntó Juanelo con orgullo—. Sólo ellos le consuelan». No hay otro remedio.

Al final, desaparece forzadamente Juanello Turriano y con él todo el sentido mecanicista: la técnica de los relojes será secuestrada y la fuerza del reloj definitivamente vencida, como indica el símbolo preferido del Emperador: «Su carillón estaba detenido y el tardón oscuro de la Muerte tenía sobre el caballero autómata tendida la hoja gris de su guadaña». Se cumple la profecía. La ciencia ha vencido a lo humano. Por ello, tal vez, como único remedio posible… «Esa noche hubo que envenenar a los mastines para que dejasen de ladrar». Triste es el sino de los vencedores.

Cargando contenidos...