León: fin de trayecto del conductor Cela

l El Nobel gallego tenía en la provincia leonesa una de sus referencias vitales y literarias. Quién le iba a decir al Nobel Camilo José Cela que iba a estar de actualidad por lo que podrían denominarse de manera genérica sus cartas de amor. Ahora Su hijo publica ‘Cela, piel adentro’

Camilo José Cela Conde, único hijo del escritor, que ha dejado atrás los años de desencuentro involuntario con su padre

León

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M i madre quería mucho a mi padre, y mi padre quería mucho a Charo. Y eso se ve en las cartas». Lo dice Camilo José Cela Conde, el hijo de ambos, que presenta esta semana Cela, piel adentro (Destino). Y lo que añade al retomar lo que escribió en 1989 sobre el autor de La familia de Pascual Duarte , es casi un tercer Cela que sobrepasa tanto al público como al que se conocía en círculos más privados, para adentrarse en lo íntimo. Y lo íntimo que sale de ese Cela sobre el que su hijo se atreve a decir que, a partir de esas cartas inéditas, tan sólo conoció Charo Conde, es la persona que en vida escondió pasiones. Una de ellas era León.

El propio hijo del célebre autor de Madera de boj corrobora lo que aquí en Diario de León escribió Verónica Viñas: «La montaña leonesa fue su paraíso. El frío de La Vecilla le permitió sobrevivir a la tuberculosis, en plena Guerra Civil. Nunca olvidó la suculenta cocina de la fonda Ricardo. Camilo José Cela vendría muchas veces a León, incluso a rodar un anuncio para Campsa». Lo oye y lo confirma, y añade: «Hay una anécdota mejor todavía, que fue cuando viajó a León y fue la última vez que condujo un coche. Quería ir a León capital y se fue con un Jaguar que tenía. Y el que terminó viajando también para allá fui yo, porque se puso malo y me llamó para que fuera a recogerle. Desde entonces, no quiso conducir». Esos dos Cela por la ciudad, y luego de regreso a Madrid, también tuvieron que componer una estampa literaria que ocurrió a mediados de los 80.

Es, en su conjunto, el Camilo José Cela que aparece ahora en forma humana, lejos del endiosamiento de autor multipremiado cuya imagen se basó en una apariencia casi huraña y borde, más próxima al exabrupto que a la comprensión.

Así que la sorpresa surge cuando se puede leer de su puño y letra, en un certero género epistolar privado que ahora ve la luz, a un Cela romántico: «Esta separación nuestra, aunque la sé muy breve, ha sido especialmente dolorosa para mí. Estoy muy cansado y muy perplejo; también estoy en un momento crítico, humano y quizá también profesional, y lo único que busco es distraerme y sosegar la cabeza. Pero quiero decirte una cosa que quizá sepas ya: te necesito, como es posible que me necesites tú también. Pudiera ser que en nuestro ya largo matrimonio jamás te haya escrito unas líneas tan sinceras como éstas. Sabes de sobra que te quiere mucho tu Marido», escribe.

Para su hijo, lo estremecedor de toda esta historia es «descubrir que este escritor lleno de contradicción está más cercano a Pascual Duarte, que el que luego vimos todos y que parecía un hombre triunfal», explica. Y añade: «La prueba del talento es ver, cómo en esa situación, ellos consiguen darle la vuelta y salir de unos momentos de tantas dificultades como vivieron juntos mis padres», matiza.

Son las «cartas sin importancia», que dijo Charo Conde, y que un buen día entregó a su hijo Camilo. Y que éste, con un pudor exquisito, guardó sin leer hasta que ninguno de los dos protagonistas estaban vivos. Y es un tercer Cela que ahora se reivindica, «porque este engrandece su figura», dice Cela Conde, y que lo sitúa en el plano terrenal y humano de una persona cargada de dudas, contradicciones y desencantos.

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Aunque también conviene pensar que el personaje a medida que se creó es de tanta potencia que siempre prevalecerá. Pero sí se puede vislumbrar que, como en cualquier trayecto de vida, famoso o anónimo, las verdades absolutas no existen. Y la de Cela es una suma en la que cabe lo inexplicable de ser censor y a la par escribir La familia de Pascual Duarte, como apunta su hijo. Sí quedarán imborrables, incluso para sus detractores, los grandes libros de un escritor que llegó a premio Nobel. Pero ahora emerge el que él se encargó de que no se viera. El que se cogía un coche y venía hasta León. «Que fuera en esa ciudad, en una tierra que tanto quería, cuando tocara a su fin su costumbre de conducir, es también una señal de cuáles eran las tierras sobre las que él basaba sus referencias», remata Cela Conde.