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El maestro del mentor
ANTES DE SER CIUDAD UNIVERSITARIA, LEÓN TUVO EL PRESTIGIO INTELECTUAL DEL INSTITUTO PADRE ISLA. SU FLANCO MÁS BRILLANTE FUE EL FILOSÓFICO, CON UN FRISO DE CATEDRÁTICOS EN EL QUE SE SUCEDEN JOSÉ GAOS, DISCÍPULO PREDILECTO DE ORTEGA, HIPÓLITO ROMERO FLORES, DE BESTEIRO, Y LUCIO GARCÍA ORTEGA, DE ARANGUREN. . divergente
Hipólito Romero Flores
G aos (1900-1969) era asturiano de Ablaña, en el concejo de Mieres, y murió transterrado en México, después de haber sido rector de la Complutense y una de las figuras más destacadas de la orteguiana Escuela de Madrid. Romero Flores (1895-1956) había hecho su carrera hasta el doctorado combinando los estudios con un empleo administrativo en la Compañía de los Ferrocarriles del Norte. Llegó a León en 1930, para sustituir a Gaos en la cátedra de Filosofía del Padre Isla y durante los años republicanos fue presidente del Ateneo Obrero situado en la plaza de la Catedral. También director de su revista, donde tuvo a Crémer como secretario.
LA TERCERA ESPAÑA
En 1933 logró el accésit de ensayo del Premio Nacional de Literatura, por ‘Reflexiones sobre el alma y cuerpo de la España actual’, que le birló Giménez Caballero con un estudio belenista de las figuras de Salzillo. Formaban el jurado Melchor F. Almagro, Jarnés, y Casona. Un par de años después publica ‘Perfil moral de nuestra hora’ (1935) y luego ‘Estudio Psicológico sobre Lope de Vega’ (1936; Premio Antonio Maura de la Academia). El profesor Gavilanes, a quien debemos el rescate de su peripecia y obra olvidadas, lo vincula a Besteiro, director de su tesis, en la ramificada izquierda de su época. En ‘Perfil’, su obra más importante, se había planteado la cuestión que más inquietaba entonces a la tercera España, apresada en un horizonte de violencias: «¿Desembocaremos en Rusia o en Italia? ¿Opresión bolchevique o tiranía fascista? Quizá no tardaremos en verlo».
RESIDENCIA EN EL INFIERNO
Después de las elecciones de febrero de 1936, Romero Flores recibió, como tantos otros intelectuales azañistas, el obsequio de un gobierno civil. Le tocó a Antonio Espina (1894-1972) en Baleares, después de haber desdeñado un primer destino en León; al cuñado de Azorín, Ciges Aparicio (1873-1936), en Ávila; a Pérez Carballo (1911-1936), en La Coruña (su trágico final, unido al de su mujer Juana Capdevielle, lo cuenta Rafael Torres en Nuestra Señora de la Cuneta ); y al riojano Emilio Francés (1876-1936), en León. Evoca aquellos repartos en sus memorias el Cervantes Francisco Ayala, que también tuvo un ofrecimiento y recaudó para su padre, despedido de una naviera, el empleo de administrador de las propiedades del monasterio de las Huelgas Reales de Burgos. Cada uno con su tragedia final, si bien Espina pudo salvar el pellejo después de superar un auténtico calvario. En el caso de Romero Flores, no llegó a ocupar su destino en Huelva, porque el golpe militar se cruzó con el remate de sus obligaciones escolares en León. Esa demora le salvó la vida, aunque pasó sucesivamente por las cárceles de San Marcos y de Valladolid, donde fue depurado y suspendido de empleo y sueldo. Crémer comentó en Ateneo su libro Perfil moral de nuestra época , que se va a convertir en una de las menciones recurrentes del poeta centenario. En aquel reducto de cultura asomado a la plaza de la catedral, don Hipólito puso en contacto a Crémer con el joven ecónomo de Antimio, que acudía semanalmente a tener un rato de charla con su mentor civil y a proveerse de lecturas literarias y filosóficas. Era Antonio González de Lama, que entonces cultivaba en secreto la poesía, y después de la guerra daría luz a la edad de oro de las letras leonesas.
SOMBRÍA POSGUERRA
Detenido el 16 de septiembre de 1936, su traslado meses después a Valladolid, donde lo reclama y protege el temible ministro de Orden Público Severiano Martínez Anido (1862-1938), lo libra de la ejecución, que cayó sobre muchos de sus amigos y compañeros de celda. En el quite, fue providencial la mediación de su familia con Irene Rojí, la mujer de Anido. No obstante, en León le incautan sus bienes. Podrá alzar el embargo de muebles y ahorros gracias a la fianza del comerciante Andrés Edo. Avanzado 1938, sale de presidio, aunque no recupera su cátedra hasta 1947. Entonces, a pesar de la vacante en Valladolid, tendrá que desplazarse a Palencia. Vive en la plaza de Fuente Dorada, donde da clases en la Academia Minerva, y recupera su empleo en la inspección de los Ferrocarriles del Norte. En 1941 la editorial Hesperia le publica, muy alterado por la censura, Unamuno: notas sobre la vida y la obra de un máximo español , que alborota a la clerigalla. Quien tose más alto es el jesuita Quintín Pérez, que dedica sus años de decadencia a perseguir al «cavilador» Unamuno. Pero no lo hace solo: se suma el agustino Félix García. Mientras, Giménez Caballero brinda en Viena con Goebbels y un racimo de poetas españoles. Diez años más tarde, verá la luz su libro postrero, Biografía de Sancho Panza, filósofo de la sensatez , que fue rechazado en la cucaña del CSIC pero recibió el Premio Aedos de biografías, dotado con quince mil pesetas. Le puso prólogo Julián Marías. En ese tiempo de tinieblas y represalias, alivió su vida postergada con colaboraciones en Espadaña y en la Revista de Ideas Estéticas , de Barcelona.
A su muerte, dejó inéditos un diario, varias obras literarias y un compacto tratado sobre dos filosofías ante la guerra, la inglesa y la alemana. Pero todo lo malogró la implacable enfermedad de Charcot, un padecimiento nervioso del que lo trató el doctor Marañón.