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nacho abad
León

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B en Lener es un buenazo. Así lo creo después de leer algunos de sus libros. En ellos se representa a sí mismo como un tipo culto pero sencillo, comprometido con la comunidad y el medio ambiente, y poco dado a los excesos, tan comunes en la gente de las letras. Además nació en Topeka, Kansas, la ciudad que durante 24 horas, en el 2010, cambió su nombre por el de Google, con motivo del Día de los Santos Inocentes. Topeka significa tierra buena para el cultivo de patatas, mientras que google es el nombre de un número con muchos ceros. Dicho esto, se entenderá que es muy difícil nacer en un sitio así y no tener una gran fe en la poesía y en sus metáforas.

En ese sentido, pienso que Topeka es la némesis de León, si la palabra némesis es imputable a territorios. Según esta ensoñación, libre de todo rigor científico, lo natural en Topeka es ejercer la poesía, mientras que en León, la poesía es una práctica de la disidencia.

El odio a la poesía (Alpha Decay, 2017) es un ensayo tan magnífico e inteligente como breve. También es original. Mediante anécdotas, chanzas, poéticas y poemas, habla sobre los ámbitos donde actualmente opera la poesía: desde los más marginales hasta los más elevados. Una lectura ágil pero con notas al margen, sin ingenuidad, pero con amor. A Lerner no le faltan motivos para su fe. Cuenta cómo de pequeño, en su ciudad, en el centro mismo del norte de América, en el lugar donde, si el país fuera un animal, tendría su corazón, a todos los niños se les enseña, desde bien pequeños, que son poetas aunque no lo sepan. «Nuestra habilidad para escribir poemas, supone, en cierto modo, la medida de nuestra humanidad», Dice Ben. Para él, ser poeta es algo así como lanzar un hilo que comunique al individuo con la humanidad. Es una idea hermosa en la que me gustaría creer, pero no puedo. Es lo malo de los libros que nos gustan, que a veces se encuentran con nuestra propia biografía. Yo fui a un colegio concertado leonés, donde profesores siniestros nos enseñaban que todos somos delincuentes, aunque no lo sepamos. Por eso quizás, el colegio de Lener ha dado al mundo a un gran escritor mientras que el mío se ha especializado en políticos: uno no sabe lo que es peor.

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